Jonathan Edwards

   

"Instrumento de Dios para el avivamiento" 

  

     Jonathan Edwards nació en el seno de una familia cristiana en 1703, en la colonia norteamericana de Connecticut (Nueva Inglaterra, más tarde Estados Unidos). Su padre, Timothy, era pastor congregacionalista. Al ser el único varón, el joven Jonathan parecía destinado a seguir los pasos de su padre en el ministerio. La sociedad de Nueva Inglaterra era nominalmente e institucionalmente protestante ya que sus orígenes se remontaban al siglo XVII, cuando los “padres peregrinos” (puritanos descontentos con la Iglesia de Inglaterra) cruzaron el Atlántico para establecerse en una tierra donde poder instaurar una teocracia basada en la Palabra de Dios. En una sociedad como esta, la figura del pastor era muy respetada y el ministerio era, por tanto, algo deseable desde un punto de vista humano, además de espiritual.

     Siendo sólo un adolescente, fue encaminando sus estudios hacia la teología. En 1718 ingresó en la recientemente fundada universidad de Yale. Al igual que la conocida universidad de Harvard (Boston), Yale era un lugar de formación para pastores y hombres de leyes (legisladores, gobernadores, abogados, etc.). Aunque Edwards iba asumiendo la vocación del ministerio, mantuvo durante toda su vida un insaciable interés por las ciencias naturales, la historia y otras áreas del saber. La formación recibida en Yale abarcaba estos conocimientos además de las letras (filosofía, literatura clásica, griego y hebreo, y teología bíblica). Aunque podrían destacarse muchas cosas del intelecto y capacidades de Edwards, lo más importante en su vida fue que Dios quiso usarle como instrumento para la conversión de muchos y para la defensa de la verdad. 

     Conversión

     Aunque Jonathan Edwards estuvo influido desde que nació por la predicación de la Palabra de Dios, los devocionales familiares, y cultos de domingo y entre semana, más tarde explicaría que su interés por la religión durante su niñez había estado impregnado de sentimientos de autosuficiencia y justicia propia. En su adolescencia padeció una grave enfermedad que le acercó a la muerte y, como él mismo dijo, Dios le “sacudió sobre el hoyo del infierno”. Edwards no estaba ahora tan seguro de que fuese cristiano realmente. Por este tiempo y de manera gradual, fue entendiendo que sólo la gracia soberana de Dios podía salvarle y no sus obras o esfuerzos. Durante sus años de estudiante había cuestionado las doctrinas de la gracia, y muy particularmente la enseñanza bíblica de que Dios salva a quien quiere “según el puro afecto de su voluntad” y es totalmente libre en su elección. Sin saber cómo, Edwards aceptó que Dios era perfectamente justo al obrar de esta manera, y no sólo eso, sino que era una razón más para adorarle y deleitarse en Él.

     La experiencia espiritual verdadera, como explicaría más adelante en sus sermones y escritos, no consiste en estar seguro de que uno es salvo y deleitarse en que es amado por Dios; más bien, el creyente se fija en Dios mismo y aprecia que es perfecto en todos sus atributos y hermoso y majestuoso en sí mismo. Un espíritu de adoración consiste en desprenderse de uno mismo y acercarse contrito y humillado ante la presencia de un Dios santo. La santidad de Dios era para Jonathan Edwards lo que hacía deseable conocerle y estar en Su presencia por toda la eternidad. La vida de este joven había cambiado con esta visión renovada de la divinidad y con una nueva determinación de vivir para Su gloria. 

     Avivamientos

     Después de un breve período como ayudante de pastor, finalmente Edwards se estableció como pastor en Northampton (Massachusetts). Era un pueblo pequeño (unos 1.200 habitantes) pero conocido por su fervor religioso, aunque los que eran formalmente miembros de la iglesia y tomaban la santa cena eran menos del 50% de la población. Su abuelo materno, que fue pastor de esta iglesia hasta su muerte en 1729, había sido un gran predicador y había visto varios avivamientos durante su ministerio. Durante los años 1734-35, siendo Edwards pastor, hubo un avivamiento espiritual en Northampton y otros pueblos cercanos. Más de 300 personas se convirtieron al Señor en unos seis meses en Northampton tan solo. Edwards describiría más tarde este avivamiento como un “derramamiento del Espíritu de Dios” y un tiempo de “conversiones sorprendentes”. Leyendo los sermones que Edwards predicó durante este período, podemos constatar que este “avivamiento” no fue un mero entusiasmo pasajero o un desvarío emocional (como afirmaban los críticos), sino que estuvo motivado por la predicación del verdadero evangelio y por la comprensión por parte de la gente de que el arrepentimiento era urgente, el infierno era real y que Cristo era el único camino de salvación. Cada sermón estaba encaminado a que la gente se aferrase al sacrificio de Cristo para perdón de los pecados y para ser justificados ante Dios. Edwards exhortaba a los creyentes desde el púlpito a que viviesen una vida en santidad para la gloria de Dios, en total dependencia de Él.

 

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"Toda la Escritura es inspirada por Dios, y útil para enseñar, para redargüir, para corregir, para instruir en justicia" (2ª Timoteo 3:16)

   Solo la Fe

  Solo la Gracia

  Solo Cristo

  Solo la Escritura

  Solo a Dios gloria 

Inutilidad de las obras para la salvación

(El trágico engaño de la religión romana)

"Todos nosotros somos como suciedad, y todas nuestras justicias como trapo de inmundicia" (Isaías 64:6).

 

La historia refiere de un general romano que después de haber prestado grandes servicios a la república, fue acusado de un delito capital. Confiado en sus méritos, se presentó muy animoso y  tranquilo  ante el Senado; y  mostrando a los jueces las gloriosas y múltiples heridas que había recibido en defensa de la patria, exclamó:  ¿Es posible que servicios tan eminentes, que acciones tan valientes, que heridas tan honrosas queden borradas por un solo delito?

 

Muchos religiosos sinceros, a semejanza de aquel general romano, se han presentado, se presentan y se presentarán muy confiados ante el tribunal de Dios; apoyados en una larga lista de buenas obras y de acciones religiosas y morales que consideran válidas para obtener la anhelada salvación de sus almas.  ¡Cuánta desesperación, cuánto dolor, cuántas lágrimas al comprobar que se encuentran ante la justicia de Dios con las manos vacías¡  Esa es la trágica consecuencia del pecado en la vida del hombre caído. Entonces muchos hombres se preguntarán inútilmente: ¿Es posible que tanto bien quede olvidado por causa de algunos pecados y transgresiones? Sí, porque según la voluntad de Dios las obras no significan nada en cuanto a la salvación: solo la fe en la perfecta obra expiatoria de Cristo tiene validez para la reden-ción del pecador sin esperanza. Bien que lo expresa el apóstol Pablo:"Por gracia sois salvos, por medio de la fe; y esto no de vosotros, pues es don de Dios" (Efesios 2:8). 

El mismo Jesús abre el camino a la vida eterna a través de su Palabra: "De cierto, de cierto os digo: El que oye mi palabra, y cree al que me envió, tiene vida eterna; y no vendrá a condenación, mas ha pasado de muerte a vida" (Juan 5:24).

Él nos dejó palabras de esperanza frente al dolor y desesperación de Marta : "Yo soy la resurrección y la vida; el que cree en mí, aunque esté muerto, vivirá" (Juan 11:25).

(J.Mª V.M./Inspirado en un texto de 1862)

     La presencia de Dios debe ordenar                      nuestra manera de vivir 

Al alma a la que Dios se manifiesta y le da el deleite de su presencia, está obligada a demostrar fidelidad a Él. No debe involucrarse en ningún negocio que no corresponda a la vocación recibida  o a una necesidad obvia. Debe desempeñar sus negocios sin preocuparte en cuanto a la continuación de los mismos, con la intención solamente de cumplir la voluntad de Dios, voluntad que obra tanto en un aparente mal como en un bien.

 

Debe ocuparse más en Dios que en las criaturas, y creer que no hay ejercicio , más importante y excelente que el de guardar la unión con el Dios presente. A Él debe la complacencia. Agradar al hombre lleva a la distracción y nos aleja de Dios.

 

El alma que está en Dios debe sujetarse al orden y a la providencia, y aceptar con voluntad la pobreza, la miseria, el abandono y el sufrimiento de toda índole. Tampoco debe buscar carnalmente la liberación de ello, sino más bien gozarse de que la propia presunción sufra una quiebra. Como Pablo debe gloriarse en las debilidades (2ª Corintios 12:9-10).

          (Johann v. Bernières-Louvigni)