Johannes Kepler, un ejemplo de fe firme en la creación perfecta de Dios

 

Johannes Kepler nació el 27 de diciembre de 1571 en Weil der Stadt, una pequeña población del antiguo Sacro Romano Imperio Germánico. Hijo de un mercenario del ejército del Duque de Württemberg que siempre estaba en campaña, Johannes se crio en la posada de su madre donde impresionaba, desde muy niño, a los viajeros con sus facultades aritméticas. A pesar de su talento innato para las matemáticas, Kepler fue un niño de salud frágil que parecía expuesto a la desgracia; sin embargo, su empeño por superarse y encontrar respuestas a su ilimitada curiosidad le condujeron a los descubrimientos astronómicos más impresionantes de su época y, probablemente, de todos los tiempos (Kepler siempre concilió la Revelación bíblica y la ciencia).

Kepler empezó sus estudios en la escuela local para cursar después seminarios en Adelberg y Maulbronn y entrar, en 1589, en la universidad de Tubinga. De familia protestante, Kepler era profundamente religioso y pretendía formarse en teología para convertirse en ministro luterano, pero antes debía estudiar ética, dialéctica, retórica, griego, hebreo, astronomía y física.  Consiguió su maestría en 1591 destacando en matemáticas. En Tubinga conoció al profesor y astrónomo Michael Maestlin que le enseñó, como al resto de alumnos aventajados, el sistema heliocéntrico de Copérnico.

 

Kepler profundizaba en sus estudios universitarios con la idea de servir mejor al Señor cuando, en 1594, surgió la oportunidad de trabajar de profesor de matemáticas en la escuela de Graz. Allí Johannes continuo sus observaciones astronómicas y desarrolló su primer trabajo de interés, “Misterio del Cosmos” (Mysterium cosmographicum, Tubinga, 1596), donde expone un primer modelo matemático del Sistema Solar. Kepler tenía entonces dos ideas profundamente arraigadas, por un lado el universo, como creación divina, debía ser perfecto; por otro lado, como científico estaba convencido del sistema de Copérnico, el Sol estaba el centro.

Kepler se debatía entre estos dos extremos, el científico y el religioso, cuando consiguió esa primera respuesta matemática que resolvía ambos. Existen cinco sólidos regulares: el cubo, el tetraedro, el dodecaedro, el icosaedro y el octaedro. Para Kepler estos sólidos platónicos representaban la perfección y se dio cuenta que si en una esfera, metía dentro un cubo, y otra esfera dentro de este cubo, y luego un tetraedro dentro de la segunda esfera, y así sucesivamente, las seis esferas guardaban, entre sus radios, la misma relación que los radios de las órbitas de los seis planetas que giraban alrededor del Sol del sistema.

Una vez editado este primer trabajo Kepler obtuvo cierto prestigio, pero sus observaciones no casaban perfectamente con sus teorías y se preguntaba si estas pequeñas diferencias eran errores en la medición o en la teoría. Este carácter científico es lo más admirable del personaje que, nunca satisfecho con sus ideas, siempre buscaba contrastarlas con nuevos datos. Por otro lado, en 1600, el archiduque Fernando promulgó la expulsión de todos los protestantes y Kepler tuvo que abandonar el país. Johannes aprovechó entonces para trasladarse a Praga y trabajar para Tycho Brahe. A pesar de su riqueza, Tycho Brahe estaba obsesionado con la astronomía y había dedicado todos sus esfuerzos a resolver los misterios del universo. Tycho Brahe había reunido los mejores equipos de observación de la época pero necesitaba la ayuda matemática que sólo Kepler podía ofrecerle. Por entonces ambos personajes tenían dos teorías distintas pero una misma obsesión, la órbita de Marte. Tycho Brahe reconocía que los planetas giraban alrededor del Sol pero seguía pensando que este giraba alrededor de la Tierra. Kepler pensaba que el Sol era el centro y que todos los planetas giraban alrededor de él, incluida la Tierra. El problema para Kepler era medir la órbita de la Tierra desde nuestro propio planeta en movimiento, ya que un punto nunca se mueve respecto de sí mismo.

Kepler ideó entonces un sistema matemático para medir nuestra órbita en relación a la órbita de Marte pero necesitaba la precisión de las observaciones que Tycho Brahe guardaba celosamente en secreto. Tycho Brahe cae entonces enfermo y,  poco antes de su muerte en 1601, Kepler aprovecha para apropiarse de los datos. Johannes se ve una vez más en la encrucijada que se le presenta entre su carácter religioso y su carácter científico. Las observaciones de Tycho Brahe no casaban con el sistema heliocéntrico de Kepler que, frustrado, intenta una y otra vez encajar las órbitas planetarias en un sistema euclideo perfecto de solidos regulares y esferas. Kepler debe renunciar a su primer modelo matemático y busca desesperadamente figuras geométricas que expliquen los datos sin renunciar a la grandeza divina. Después de renunciar a los círculos probó con los óvalos y tras fracasar con estos sólo le quedaron las elipses. A pesar de explicar los datos, Kepler se preguntaba todavía por qué Dios había elegido elipses existiendo los círculos pero tuvo que ceder ante la evidencia y en 1609 publicó “Astronomia Nova” donde exponía ya sus dos primeras “leyes del movimiento de los planetas”:

-La órbita de los planetas es una elipse con el Sol en uno de sus focos.

-Los planetas se mueven más rápido cuanto más cerca están del Sol, de tal manera que el radio vector, recta que une el centro del Sol con el planeta, barre áreas iguales en tiempos iguales.

 

Una vez publicadas estas dos primeras leyes los problemas personales acecharon a Kepler que perdió a su primera mujer, Barbara Müller, y a tres de sus cinco hijos con ella, su madre fue acusada de brujería, y la persecución a los protestantes era cada vez mayor. Kepler abandonó Praga para instalarse en Linz donde se casó por segunda vez y donde realizaba trabajos de predicción astronómica con fines más económicos que científicos. Sólo fue en 1619 cuando publicó “La Armonía del Mundo” que contiene la Tercera Ley de Kepler: “El cuadrado de los períodos de revolución de dos planetas es proporcional a los cubos de sus distancias medias al Sol”. Once años después, en 1630 en Baviera, muere Johannes Kepler a la edad de 59 años.

En materia de astronomía los avances de Kepler son impresionantes. Sus tres leyes describen el movimiento de los planetas con una exactitud increíble para una época donde todavía no estaban extendidas las ideas heliocéntricas de Copérnico y donde el universo se consideraba un lleno, nadie podía imaginarse todavía un sistema sostenido por fuerzas invisibles. Pero sin duda la mayor lección de Kepler es la de apostar por la observación en un mundo donde conocimiento y creencia seguían unidos. Sus avances explicaron la estructura del universo pero su curiosidad y su empeño cambiaron para siempre la estructura de nuestro pensamiento.

 

 

(Nuestra gratitud a "Tierra de Nadie", estudio de arquitectura, por su colaboración con este sitio web)

http://tierradenadiearquitectura.com/?p=896

 

(Resulta altamente significativo para la Iglesia de Jesucristo el descubrimiento realizado por Johannes Kepler sobre el verdadero año del nacimiento de Jesús: 4 años antes de lo establecido. De esta manera, se desbarata el equivocado inicio de la Era Cristiana, debido a un error de cálculo del monje católico Dionisio "el exiguo", en el siglo VI).

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  Solo a Dios gloria 

 Después de caminar ardua  y dolorosa-mente por los caminos pedregosos de la vida, experimentando adversas pruebas  no deseadas  en este impío teatro del mundo, mi alma sólo ansiaba  la paz suave, dulce, consoladora de mi Señor. ¡No más miedos, no más viajes hacia la aflicción inacabada, no más días sin sol!

Al final del camino,junto a aguas de reposo, me esperaba una amorosa y firme promesa del que ama mi alma: "Bien, buen siervo y fiel; sobre poco has sido fiel, sobre mucho te pondré; entra en el gozo de tu señor" (Mat.25:21).  (R. de S.)

El Catecismo reformado de Heidelberg (s. XVI)

En estos últimos tiempos, estamos viviendo circunstancias muy preocupantes en nuestras iglesias reformadas con relación a los funda-mentos doctrinales que las rigen. Consideramos, pues, como una imperante necesidad el volver de nuevo a las valiosas confesiones de fe de nuestros antiguos hermanos de la Reforma;  tratados de fe que han sido arrinconados en mucha iglesias históricas por sucedáneos que en nada reflejan la pureza bíblica que sustentó la vida espiritual y el íntegro testimo-nio de muchos hombres y mujeres que honraron el nombre del Señor Jesucristo, a pesar de vivir en medio de graves dificultades y peligros.

 

Con el fin de estimular la vuelta a la lectura y meditación de dichos tratados de fe, incluimos la primera pregunta del Catecismo de Heidelberg (1563):

¿Cuál es tu único consuelo tanto en la vida como en la muerte?

 

Que yo, con cuerpo y alma, tanto en la vida como en la muerte (Rom. 14:8) , no me pertenezco a mí mismo (1 Co. 6:19), sino a mi fiel Salvador Jesucristo (1 Co. 3:23; Tit.2:14) , que me libró de todo el poder del diablo (Heb. 2:14; 1Juan 3:8; Jn. 8:34-36), satisfaciendo enteramente con su preciosa sangre por todos mis pecados (1 P. 1:18-19; 1J.1:7; 2:2-12), y me guarda de tal manera (Jn. 6:39; 10:28; 2 Ts. 3:3; 1  P. 1:5) que sin la voluntad de mi Padre celestial ni un sólo cabello de mi cabeza puede caer (Mt.10:30; Lc. 21:18), antes es necesario que todas las cosas sirvan para  mi salvación (Ro. 3:28).

Por eso también me asegura, por su Espíritu Santo, la vida eterna y me hace pronto y aparejado para vivir en adelante su santa voluntad (Ro. 8:14; 1 Jn. 3:3)".

    ¡Cuán pocos son los que aman la          cruz de Cristo!

"Jesucristo tiene ahora muchos amadores de su reino celestial, mas muy poquitos que lleven su cruz. Tiene muchos que deseen la consolación, y muy pocos que quieran la tribulación. Muchos compañeros para la mesa, y pocos para la abstinencia: todos quieren gozar con Cristo, mas muy pocos quieren sufrir algo por Él. Muchos siguen a Jesús hasta partir el pan, mas pocos a beber el cáliz de la pasión. Muchos honran sus milagros, mas pocos siguen el vituperio de la cruz. Muchos aman a Jesús cuando no hay adversidades: muchos le alaban y bendicen en el tiempo que reciben de él consolaciones: mas si Jesús se escondiese y los dejase un poco, luego se quejarían, o desesperarían.

Mas los que aman a Jesús por él mismo y no por su propia consolación, bendícenlo en la tribulación y angustia tan bien como en la consolación, siempre lo alabarían y harían gracias."  (Texto literal de Tomás de Kempis )