Guido de Bres, luz de Cristo en Bélgica y mártir de la Palabra.

 

Guido de Bres nació en la ciudad de Mons, en el sur de Bélgica, en el año 1522. Su padre era de oficio pintor de cerámica y su madre era una fiel católica-romana. Con la difusión de las ideas de la Reforma, la familia quedó dividida, pues sólo los dos hijos menores (Cristóbal y Guido) y la única hija (Mailette) rompieron con la iglesia papista. No se sabe con precisión acerca de la conversión de Guido, salvo que esta se tuvo que producir antes de cumplir 25 años, fruto principalmente de su lectura personal de la Biblia.

 

En 1548, Guido toma la decisión de dejar su familia, para refugiarse en Inglaterra, donde estudiaría principalmente con el reformador de Estrasburgo, Martín Bucer. Después de cuatro años, en 1552, regresó a su país, para servir como predicador itinerante entre las iglesias clandestinas belgas. Pero la persecución que siguió a la llegada al poder de Felipe II le obligó a nuevamente huir, en 1556, primeramente a Frankfurt y al final a Ginebra, donde estaría por tres años estudiando junto a Juan Calvino y Teodoro de Beza. En 1559, volvió a Bélgica, esta vez para ser pastor de la iglesia clandestina de la ciudad de Doornik, conocida en la clandestinidad como la “iglesia de la palma”. Durante su primer año de ministerio, Guido de Bres se casaría con una creyente de la congregación, Catalina Ramon, con la que tendría cinco hijos. Allí también comenzaría a redactar una Confesión de Fe para las iglesias reformadas en Bélgica.

 

La situación para la “iglesia de la palma” se iba a complicar después de una manifestación pública que organizó uno de sus miembros, en la noche del 29 al 30 de septiembre de 1561, cuando centenares de protestantes marcharon cantando salmos por las calles de la ciudad. Poco después, en la noche del 2 de noviembre de 1562, fue tirado por encima del muro del castillo de Doornik un paquete, que contenía la Confesión de fe reformada escrita por Guido de Bres, así como una carta dirigida al rey Felipe II. Posteriormente, su casa sería registrada y su efigie quemada, pero él mismo pudo escapar a Francia. Allí, por unos años, pastorearía distintas congregaciones reformadas.

 

En el año 1566, De Bres, dejando a su familia en Francia, aceptó el llamamiento para pastorear la “iglesia del águila”, en la ciudad belga de Valenciennes, cerca de la frontera francesa, junto con el pastor Pérégrin la Grange. Bajo el ministerio de ambos, la mayor parte de la ciudad fue ganada para la Reforma, pero mientras, los cultos seguían siendo al aire libre. En esta situación, un grupo de nueve pastores protestantes no pudo obtener de la gobernadora Margarita de Parma la autorización para usar algunos de los templos católicos ya existentes, como tampoco para celebrar la Santa Cena. La población protestante de Valenciennes tomó, entonces, los templos, y en respuesta, las tropas de Felipe II sitiaron la ciudad.

Después de meses de asedio, Guido de Bres, junto con otros tres protestantes, pudo escaparse por entre las murallas de la ciudad, pero pocos días después, sería reconocido y apresado. Primeramente estuvo detenido en Doornik y finalmente fue conducido a una prisión de Valenciennes llamada Brunain, y colocado en un infame calabozo conocido como “la cueva negra”. La única luz de ese agujero era una pequeña ventana en el techo, por donde caían las defecaciones de los prisioneros del piso superior. Allí, encadenado y torturado, De Bres escribió un tratado sobre la Santa Cena, de 233 páginas, así como distintas cartas, a su madre, a su esposa, o a la “iglesia del águila”, en la que pedía a su antigua congregación que cuidara de su mujer y sus cinco hijos.

 

Finalmente, el 31 de mayo de 1567, Guido de Bres fue colgado en la plaza del mercado de Valenciennes.

 

Carta de Guido de Bres a su esposa antes de morir

 

“Que la gracia y la misericordia de nuestro buen Dios y Padre Celestial y el amor de su Hijo, nuestro Señor Jesucristo, sea con tu espíritu, mi bienamada.

 

Catalina Ramon, mi querida y bienamada esposa y hermana en nuestro Señor Jesucristo, tu angustia y tu dolor perturban un poco mi gozo y la alegría de mi corazón. Te escribo esta carta, tanto para tu consolación como para la mía; especialmente para la tuya, puesto que siempre me has amado con ardiente afecto y que ahora le ha placido al Señor que seamos separados el uno del otro. Siento tu amargura por esta separación todavía más que la mía. Te ruego de todo corazón que no te dejes turbar en exceso, temiendo que Dios no sea ofendido por ello. Sabes bien que cuando te casaste conmigo, tomaste un marido mortal, que no sabía si iba a vivir un simple minuto más, y sin embargo le ha placido a nuestro buen Dios dejarnos vivir juntos durante cerca de siete años y darnos cinco hijos. Si el Señor hubiera querido dejarnos vivir más tiempo juntos, bien hubiera tenido los medios para hacerlo. Pero no fue tal su voluntad; por consiguiente, que se haga según su buena voluntad y que esta razón te pueda satisfacer.

 

Por otra parte, considera que no he caído en manos de mis enemigos por casualidad, sino por la providencia de mi Dios, quien conduce y gobierna todas las cosas, tanto grandes y como pequeñas, tal como Cristo nos lo dice: “No temáis, vuestros cabellos están todos contados. ¿Se venden dos pajarillos por un cuarto? Ninguno de ellos cae a tierra sin la voluntad de vuestro Padre celestial. No temáis. Vosotros valéis más que muchos pajarillos”. ¿Hay algo que estimemos menos que un cabello? Sin embargo, he aquí la boca de la sabiduría divina que dice que Dios mantiene el registro del número de mis cabellos. Entonces, ¿cómo el mal y la adversidad me pueden alcanzar sin que Dios lo haya ordenado en su providencia? No podría ser de otra manera, a menos que Dios ya no sea Dios. Es por eso que el profeta dice que no hay desgracia en la ciudad sin que el Señor sea el autor de ella.

 

Vemos que todos los santos que nos han precedido han sido consolados por esta doctrina en todas sus aflicciones y tribulaciones. José, que fue vendido por sus hermanos para ser llevado a Egipto, dijo: “Vosotros habéis hecho una mala acción, pero Dios la ha transformado para vuestro bien; Dios me envió delante de vosotros a Egipto para vuestro bien” (Gen. 50). David hizo lo mismo con Simei, quien lo maldijo. Job también, al igual que todos los demás.

 

Por ello, los evangelistas, cuando tratan con tanto cuidado acerca del sufrimiento y la muerte de nuestro Señor Jesucristo, añaden: “Y esto se hizo, a fin que se cumpliera lo que estaba escrito sobre él”. Lo mismo debe decirse de todos los miembros de Cristo.

 

Es bien cierto que la razón humana lucha contra esta doctrina y la resiste tanto como puede. Yo mismo he hecho la experiencia de ello. Cuando me arrestaron, me dije a mí mismo: “Hicimos mal de viajar tantos juntos. Hemos sido delatados por tal o cual; no nos debimos parar en ningún lugar”. En todas estas cavilaciones, me quedé ahí, totalmente hundido por mis pensamientos, hasta que me levante mi espíritu al cielo meditando en la providencia de Dios. Entonces, mi corazón empezó a sentir un descanso maravilloso. Empecé, entonces, a decir: “Dios mío, tú me hiciste nacer en el tiempo y a la hora que habías ordenado. Durante toda mi vida, me has guardado y preservado en medio de tremendos peligros y me has librado de todos ellos. Si ha llegado la hora para mí de pasar de esta vida a ti, que sea hecha tu buena voluntad; yo no puedo escaparme de tus manos. E incluso, si pudiera, no querría hacerlo, de tanto que mi felicidad es el conformarme a tu voluntad”. Todas estas consideraciones han llenado y llenan todavía mi corazón con un gran gozo y lo guardan en paz.

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"Hermanos, anhelo que todos podamos ser "aptos para enseñar". La iglesia nunca tiene demasía de aquellos cuyos labios "alimentan a muchos". Debe ser ambición nuestra "ser buenos mayordomos de la multiforme gracia de Dios". Todos conocemos ciertos ministros capacitados que son expositores de la Palabra e instructores de los creyentes. Siempre os lleváis algo cuando vais a oírles. Se ocupan de cosas de gran precio; su mercadería es de oro de Ophir. Ciertos pasajes de la Escritura son citados y reciben nueva luz; y ciertas especialidades de la experiencia cristiana son descritas y explicadas. Salimos de estas predicaciones con la sensación de que hemos estado en una buena escuela. Hermanos, deseo que cada uno de nosotros ejerza un ministerio así de edificante. ¡Ojalá tengamos la experiencia, la iluminación y la laboriosidad necesarias para una vocación tan elevada! ¡Cuánto necesitamos más sermones ricos en instrucción! Hermanos, mirad muchos de los sermones modernos. ¡Qué fuego, qué furia! ¡Cuántos destellos y cuánta velocidad! ¿Qué es todo esto? ¿Cuál es el propósito de tal exhibición? Solemos encontrarnos con sermones que son caleidoscopios, de una belleza maravillosa; pero, ¿qué contienen? . . .

Es preciso alimentar al rebaño de Dios. Debemos ocuparnos de verdades eternas, y hacer presa en el corazón y en la conciencia. Debemos, de modo efectivo, vivir para educar una raza de santos, en quienes  el Señor Jesús se reflejará como en mil espejos."

                               (Carlos H. Spurgeon)

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Llegó a decir el teólogo Dionisio Borobio: "Una de las palabras más desfiguradas por el uso hoy en día, es la palabra "testimonio". Dar testimonio con la propia vida es la consigna de los que toman la vida en serio. Dar testimonio del Evangelio es haber tomado en serio su doctrina. Mas la vida de muchos cristianos es una continua oposición entre lo que dicen creer y lo que de verdad dicen sus obras. Y sobre todo si ser cristiano es. .  . esta especie de "egoísmo" espiritual en que se ha encerrado las más de las veces una piedad rutinaria en que todo gira alrededor de nuestra propia conveniencia."  (D. B.)

   ORACIÓN DE GRATITUD  (Efes.1:3-10)

"Bendito sea el Dios y Padre de nuestro Señor Jesucristo, que nos bendijo con toda bendición espiritual en los lugares celestiales en Cristo, según nos escogió en él antes de la fundación del mundo, para que fuésemos santos y sin mancha delante de él, en amor habiéndonos predestinados para ser adoptados hijos suyos por medio de Jesucristo, según el puro afecto de su voluntad, para alabanza de la gloria de su gracia, con la cual nos hizo aceptos en el Amado, en quien tenemos redención por su sangre, el perdón de pecados según las riquezas de su gracia, que hizo sobreabundar para con nosotros en toda sabiduría e inteligencia, dándonos a conocer el misterio de su voluntad, según su beneplácito, el cual se había propuesto en sí mismo, de reunir todas las cosas en Cristo, en la dispensación del cumplimiento de los tiempos, así las que están en los cielos, como las que están en la tierra."