EL DESIERTO EN LA BIBLIA

Por Florentino Díez

Revista Tierra Santa, marzo-abril 1978.

     El desierto ha sido un tema largamente explotado como recurso literario y artístico, con ocasión del que se ha buscado con mucha frecuencia el ambiente adecuado para reproducir situaciones humanas de carácter dramático, reales en el orden histórico y aún espirituales o, simplemente, imaginarias. Nos atreveríamos a calificar a A. de Saint Exupery como uno de los autores modernos que mejor ha captado el misterio dramático del desierto, proyectado hacia una liberación, todo ello concebido dentro de una unidad poética de profundo valor simbólico. Si hemos citado a este autor es porque creemos que su pensamiento en este punto tiene muchos rasgos en común con el planteamiento bíblico.

Concepto bíblico de desierto

     El desierto fue igualmente una fuente de inspiración constante para los autores sagrados, tema particularmente querido de los profetas. Para describirlo utilizan varios términos, cada uno con un matiz específico, pero que en ningún caso traducen el concepto general que nosotros tenemos de desierto.

El término más común de los empleados por la Biblia es, en hebreo, midbar, que en su origen significa "conducir" "apacentar" (el ganado). Se utiliza para describir una región solitaria, pero no totalmente estéril o desprovista de vegetación y agua, pues se trata de una región de pastoreo, como nos lo indica Jeremías: "Por los montes levantaré lloro y lamentación, y llanto por los pastizales del desierto (midbar); porque fueron desolados hasta no quedar quien pase, ni oirse bramido de ganado..." (Jeremías  9:10 y 17,6).

El término castellano más adecuado para traducir este vocablo hebreo sería "estepa". Quizás el texto bíblico que más nos acerca a nuestro concepto tradicional de desierto sea el Deuteronomio 8:15: "... desierto grande y espantoso, lleno de serpientes ardientes y de escorpiones, y de sed, donde no había agua".

     El desierto bíblico cuenta, además, con una fauna significativa. Son citados, concretamente el león, el chacal, el onagro, el pelícano, el avestruz, serpientes y escorpiones... Y si en buena parte del año ofrece un aspecto reseco y poco acogedor, no faltan fuentes y pozos de agua repartidos por toda su geografía, para alivio de personas y animales. "La halló el Angel de Jehová (a Agar) junto a una fuente de agua en el desierto (midbar), junto a la fuente que está en el camino de Shur" (Génesis 16:7 y 37:22).

 

     Cuando el lenguaje bíblico quiere describir una zona árida y estéril emplea la palabra arâbâh que tiene un particular acento poético y se emplea con frecuencia como oposición a tierra fértil. El profeta Isaías, describiendo la desolación de Palestina después de la conquista asiria, escribe: "Se enlutó, enfermó la tierra; el Libano se avergonzó, y fue cortado; Sarón se ha vuelto como estepa (arâbâh)" (Isaías 33:9).

El Sarón ha sido siempre la llanura costera fértil por antonomasia en la Biblia, mientras que la palabra arâbâh ha pasado a designar, como nombre propio, la zona reseca situada al sur del mar Muerto.

Pero este texto es la excepción a la regla. El habitante de Palestina, sin embargo, está acostumbrado a una doble imagen de sus desiertos cambiantes sin que pierdan por ello su identidad. En la corta estación que sigue a las lluvias torrenciales del invierno, el desierto se viste de pasajero, pero encantador, ropaje. Es completamente el reverso de la imagen del estío. Los arbustos reverdecen y una alfombra de tímida hierba verde salpicada de infinitas florecillas de colores variados e intensos hace sonreír al desierto. Y los autores sagrados, abiertos siempre a ver en todo la obra salvadora de Dios, aprovechan esta nueva imagen del desierto como símbolo de esperanza: "Animales del campo, no temáis, porque los pastos del desierto reverdecerán, porque los árboles llevarán su fruto" (Joel  2:22). "Se visten de manadas los llanos, y los valles se cubren de grano; dan voces de júbilo, y aun cantan" (Salmo 65:13).

     Si hablan de un paraje solitario por donde no pase nadie, los autores sagrados emplean la palabra "Yesîmôn". Recuérdese el texto de Isaías sobre la restauración del Pueblo de Dios, tras el destierro babilónico, figura del pueblo mesiánico: "He aquí que yo hago cosa nueva ... Otra vez abriré camino en el desierto, y ríos en la soledad " (Isaías 43:19).

 

     La aplicación de la justicia de Dios sobre su pueblo, cuando éste ha pecado contra Jehová o contra los enemigos de su pueblo, da ocasión a los autores sagrados para comparar los efectos de la destrucción que preconizan a una tierra desolada; lo poblado será reducido a escombros, a desierto y ruinas. Expresan este concepto con la palabra horbâh, que se utiliza todavía hoy en árabe para designar algún edificio histórico en ruinas (Hirbet).

"Y te convertiré en soledad y en oprobio entre las naciones que están alrededor de ti"  (Ezequiel 5:14), e Isaías: "Reconstruidas serán, y sus ruinas reedificaré"(horbâh refiriéndose a Jerusalén) (Isaías 44: 26).

 

 

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                    EL GRANO Y LA PAJA 

"Por medio del profeta Jeremías Dios se queja de los falsos profetas que vivían contando sueños y predicando visiones: "El profeta que tuviere un sueño, cuente el sueño; y aquel a quien fuere mu palabra, cuente mi palabra verdadera. ¿Qué tiene que ver la paja con el trigo? dice Jehová. ¿No es mi palabra como fuego, dice Jehová, y como martillo que quebranta la piedra?" (Jer. 23:28-29).

 

La enseñanza es que sólo el trigo fecunda la tierra y lleva fruto, no así la paja. Es la Palabra de Dios la que trae vida, no los sueños y las visiones de los hombres. Cuando el hombre comenzó a desobedecer en Génesis 3, el caos regresó. Y cuando Dios quiere corregir el caos lo hace mediante su palabra. El predicador en la iglesia local debe recordar que él es un mediador entre Dios y la iglesia del Señor y que debe ser fiel en traer la palabra de Dios. Como embajador no tiene permiso para cambiar el mensaje . Y toda pregunta de la gente en la iglesia tiene que hallar respuesta en la Biblia. Sobre todo sin olvidar que Cristo ha de ser exaltado, que la voz de Dios ha de ser oída, su gloria vista y su voluntad obedecida"

                             (Miguel Nuñez)

      La oración íntima con Dios

"Si no nos deleitamos en la comunión con Él, no le honramos como el supremo bien. A los amigos les gusta estar en mutua compañía y, ciertamente, "estar cerca de Dios es (nuestro) bien", para conservar la relación entre Él y nosotros. Él ha establecido sus ordenanzas, la Palabra y la oración, que son, como si se dijera, un diálogo y un intercambio de discursos entre Dios y la criatura. En la Palabra, Él habla con nosotros, y en la oración nosotros hablamos con Él.  Él comunica su mente  en la Palabra, y nosotros pedimos su gracia en la oración. En la oración, hacemos la petición, y en la Palabra tenemos la respuesta de Dios. Pues bien, cuando los hombres descuidan la oración privada o pública, o las oportunidades de oír, son culpables de impiedad. Hasta ese punto rompen la comunión con Dios --especialmente si descuidan la oración--, que es un deber en todas las ocasiones: un dulce solaz que el alma disfruta con Dios en privado, un deber que corresponde al sacrificio diario. Por tanto, la negligencia en la oración se convierte en una variedad de ateísmo (Salmo 14:3-4). . .Nuestro consuelo y paz dependen mucho del acceso frecuente a Dios. Dios no es honrado como el supremo bien: a los paganos se les describe  como "los linajes que no invocan tu nombre" (Jer. 10:25) .  En muchos lugares, desde un fin de semana al otro, no hay oración ni adoración en la familia; y así, la casa, que debe ser una iglesia, se convierte en una pocilga."

                             (Thomas MANTON)