Más que un símbolo


Y mientras comían, tomó Jesús el pan, y bendijo, y lo partió, y dio a sus discípulos, y dijo: Tomad, comed; esto es mi cuerpo. Y tomando la copa...les dijo: Bebed de ella todos; porque esto es mi sangre (Mateo 26:26-27).




 

La presencia de Cristo en la Eucaristía

       El 11 de octubre de 1551 el concilio de Trento en la sesión XIII habló de cómo Cristo estaría presente en la Eucaristía, definiéndolo de la siguiente manera: “Cristo está verdadera, real y substancialmente presente en la Eucaristía y quien niegue esto, sea maldito”. “Quien negare la maravillosa y singular conversión de toda la substancia de pan en el cuerpoy de toda la substancia de vino en la sangre, permaneciendo los accidentes de pan y vino, a cuya conversión la iglesia católica acertadamente llama transubstanciación, sea maldito” (canon 2).

 

¿Está alumbrada esta doctrina por la luz de la Biblia?

       1. Lo primero que hemos de tener en cuenta para interpretar cada uno de los textos, es la Biblia. De otra manera se le hace agravio al Autor de la Biblia, el Espíritu Santo. Así, pues, debemos interpretar las palabras de Jesús en el sentido que Él mismo ha querido darles. Leemos: “Todo esto habló Jesús por parábolas a la gente, y sin parábolas no les hablaba; para que se cumpliese lo dicho por el profeta, cuando dijo: Abriré en parábolas mi boca” (Mateo 13:34-35). También sucedió con frecuencia que Jesús explicó lo que significaba una parábola, por ejemplo: “Oíd, pues, vosotros la parábola del sembrador” (Mateo 13:18-23). Esto mismo hizo cuando habló del pan de la vida: “Las palabras que yo os he hablado son espíritu y son vida” (Juan 6:63). Entonces haríamos agravio al Señor si aceptásemos las palabras sobre el comer su carne y beber su sangre en sentido literal: a) porque Él nos habla en parábolas; b) porque Él mismo nos da aquí la explicación de sus palabras, que debemos aceptar en sentido espiritual. Incluso él mismo rechaza el sentido literal, cuando dice: “El espíritu es el que da vida; la carne para nada aprovecha” (Juan 6:63). Además, Jesús nos da también una explicación de lo que Él quiere decir con esta comparación. En Juan 6:47 Jesús dice: “El que cree en mí, tiene vida eterna”; y en el verso 54 dice: “El que come mi carne y bebe mi sangre, tiene vida eterna”. Creer en Él y comer su carne, y beber su sangre en ambos casos donan la vida eterna. Es evidente que Jesús nos quiere aclarar con el verso 47 al 54, como nos lo resume en el verso 63: “El espíritu es el que da vida; la carne para nada aprovecha”.

 

       2. Jesús ha dicho con claridad que Él no ha venido para abrogar lo más mínimo de la ley, sino para cumplirla (Mateo 5:17). Pues bien, en el Antiguo Testamento estaba totalmente prohibido beber la sangre. Quien hiciese eso, debía ser muerto (Levítico 17:10-14). Entonces Jesús les había incitado a una acción que según la ley de Moisés tiene como castigo la muerte. Los apóstoles y los ancianos, en la reunión celebrada en Jerusalén sobre los que inquietaban a los convertidos de entre los gentiles, decidieron no imponerles la ley de Moisés, pero sí que se abstuviesen de sangre...etc. (Hechos 15:29).Esto sería incomprensible si a los cristianos de entre los gentiles, como de entre los judíos, literalmente se les pidiese beber la sangre de Cristo. Los judíos han comprendido con facilidad la intención de Jesús. Habían comprendido que Jesús, de esta manera, quiso dejar muy claro, que “creer en Él” significa una total entrega a Él y una total dependencia de Él. Como nosotros no podemos vivir sin comer ni beber, así tampoco podemos tener vida eterna si no le aceptamos a Él por fe; pues Él nos dice: “Yo soy el pan de vida” (Juan 6:48).

 

       3. Los teólogos católicos ponen como argumento que está escrito: “Esto es mi cuerpo”. Afirman que la palabra “es” no se debe de entender simbólicamente, sino literalmente. Pero Cristo también ha dicho: Yo soy el camino; Yo soy la vid; Yo soy la puerta”. Sin embargo, porque Cristo ha empleado la palabra“soy”, no se ha convertido en una puerta, en una vid o en un camino. Jesús también ha dicho: “Esta copa es el nuevo pacto en mi sangre, que por vosotros se derrama” (Lucas 22:20). ¿Ha hablado Jesús aquí literalmente y esta copa se ha convertido en un Nuevo Pacto? Y si se responde: No, pues la palabra “es” se ha se ha de entender en un sentido simbólico, ¿por qué no, entonces, igualmente,  las palabras:”Esto es mi cuerpo”?

       4. La teoría de la distinción entre la substancia y los accidentes en las cosas materiales proviene del filósofo griego Aristóteles. ¿Se puede pensar realmente que la intención de Jesús fue que recurriésemos a un filósofo gentil para interpretar sus afirmaciones? Jesús prometió que el Espíritu guiaría a sus discípulos a la verdad plena (Juan 16:13). ¿Puede pasársenos por la mente que el Espíritu Santo necesitara de la filosofía de Aristóteles, para que los cristianos fuesen capaces de entender lo que Jesús realmente quiso decir? Jesús dio gracias al Padre, porque “escondiste estas cosas de los sabios y de los entendidos, y las revelaste a los niños” (Mateo 11:25). Pero esto no sería cierto si nosotros tuviésemos que estudiar la filosofía de Aristóteles, para poder entender lo que Él nos dice.

 

       5. Jesús dice: “Esta copa es el nuevo pacto en mi sangre, que por vosotros se derrama” (Lucas 22:20). Aquí se habla de un Nuevo Pacto en contraposición con el Antiguo. La pregunta es: ¿Cómo se cerró el Pacto Antiguo? Eso lo leemos en Éxodo 24. Moisés escribió todas las palabras de Jehová. Y edificó un altar y doce columnas, según las doce tribus de Israel. Y envió jóvenes que ofreciesen becerros como holocaustos y sacrificios de paz al Señor. “Y Moisés tomó la mitad de la sangre, y la puso en tazones, y esparció la otra mitad de la sangre sobre el altar” (vers. 6). Esto nos recuerda a Jesús cuando habla del Nuevo Pacto en su sangre que “por vosotros” es derramada. Después Moisés tomó la otra parte de la sangre y roció sobre el pueblo, diciendo: “He aquí la sangre del pacto que Jehová ha hecho con vosotros sobre todas estas cosas” (vers. 8). ¿Cuál es la diferencia entre el Antiguo y el Nuevo Pacto? La razón de la diferencia nos la da la carta a los Hebreos: “La sangre de los toros y de los machos cabríos no pueden quitar los pecados” (vers. 10:4); “pero estando ya presente Cristo...,y no por la sangre de machos cabríos y becerros, sino por su propia sangre..., por eso es mediador de un Nuevo Pacto” (vers. 9:11-15). “La sangre de Jesucristo su Hijo nos limpia de todo pecado” (1ª Juan 1:7).

 

       La Santa Cena es una atención de Jesús con su amada, la Iglesia. Ésta verá en esas señales su amor. Ese pan y ese vino no son “cosas” para ella. Son algo de su amado. “Este es mi cuerpo que por vosotros es dado” (Lucas 22:19), así ha dicho. Cuando en la celebración de la Santa Cena se repiten las palabras: “Este es mi cuerpo que por vosotros es dado”, entonces ella ve en ese pan y en ese vino a Jesús mismo en su afecto y su gran amor, así como su entrega por ella. Estas señales irradian el amor de Él hacia ella.                                                                                 

                                                                             H.J.  Hegger

                                                                             "En la Calle Recta" nº 164

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      EL PREOCUPANTE DETERIORO 

        DEL MINISTERIO PASTORAL

"Palabra fiel: Si alguno anhela obispado, buena obra desea. Pero es necesario que el obispo sea irreprensible, marido de una sola mujer, sobrio, prudente, decoroso, hospedador, apto para enseñar.; no dado al vino, no pendenciero, no codicioso de ganancias deshonestas, sino amable, apacible, no avaro; que gobierne bien su casa, que tenga a sus hijos en sujeción con toda honestidad (pues el que no sabe gobernar su propia casa, ¿cómo cuidará de la iglesia de Dios?; no un neófito, no sea que envaneciéndose caiga en la condenación del diablo. También es necesario que tenga buen testimonio de los de afuera, para que no caiga en descrédito y en lazo del diablo."   (1ª Timoteo 3:1-7).

 

El ministerio pastoral es, sin duda alguna, el cargo más honroso  que el Señor ha podido conceder a aquellos que Él ha elegido y adoptado como hijos amados por medio de la obra redentora de su Hijo Jesucristo.

Pero, a su vez, el pastor está obligado por la propia Palabra de Dios, y por su compromiso delante de Aquel que lo eligió y llamó de entre muchos hermanos para  tan privilegiado trabajo en la Iglesia del Cordero de Dios,  a cumplir -responsable y fielmente- las ordenanzas y obligaciones inherentes a su cargo. Pero debe hacerlo con un corazón humilde, dispuesto y  abnegado; mostrando el mismo amor y solicitud hacia las almas que Jesucristo, el Príncipe de los pastores; el perfecto y único modelo para su vida y ministerio.

 

Ante la proliferación de comportamientos ministeriales que están produciendo gran dolor y sufrimiento a las ovejas del Señor, , conviene hacernos la siguiente doble pregunta: ¿Tienen estos hombres realmente el llamamiento de Dios para ministrar? ¿Están capacitados para asumir las demandas de Dios y de la Iglesia?

Consideramos que muchos de estos llamados pastores deberían meditar en las Escrituras, con oración y ayuno,  si sus vidas se ajustan a las condiciones exigidas por el Señor de la grey. En caso contrario, deberían abandonar aquello para lo que no están llamados ni capacitados. ¡Sería beneficioso  para sus vidas espirituales y para las de los propios creyentes!                                                      (J.Mª V.M.)

      ¿Evangélicos o protestantes?

Un hermano muy querido, de aquellos que  aún están comprometidos, gracias al Señor, con la línea conservadora del Evangelio, no de aquellos que han sido arrastrados por las novedosas influencias neoliberales que dominan a la iglesia actual, me informó de cierta reunión  en la que se trataron asuntos muy diversos.

Uno de ellos, de suma importancia para la marcha de las congregaciones de esa ciudad, fue la aprobación de un documen-to muy trabajado por los responsables del mismo. En él se denominaba a la iglesia de dos maneras distintas: iglesia evangélica o iglesia protestante.

Un cierto participante de esa reunión, al tener conocimiento de que se empleaba la palabra "protestante" mostró su discon-formidad con su uso, argumentando que "somos evangélicos", no protestantes, ya que "eso quedó atrás y no tiene nada que ver con nosotros".

Resulta muy extraño, a todas luces, que escaso tiempo después de que "toda" la iglesia evangélica haya celebrado con enorme resonancia  el V Centenario de la Reforma Protestante, donde todas las corrientes evangélicas de nuestro país han participado entusiásticamente en todas las reuniones y ponencias, empiecen ahora a cuestionar su identidad protestante.

 

Por ello, no resulta difícil suponer que todo ha sido un aprovechamiento interesado de una efemérides honrosa que para los verdaderos protestantes ha significado un sentido y justo recuerdo hacia aquellos valientes y fieles hermanos  que nos han precedido. ¿Qué podrían pensar los integrantes de esta larga lista de héroes de la fe de estas actitudes reticentes hacia ellos, hombres íntegros, consagrados,  que se consideraron honrados por ser llamados cristianos protestantes aún a costa de sus propias vidas? Corresponde a cada cual dar una respuesta sincera a esta pregunta. La nuestra no admite dudas:  ¡Nos sentimos muy honrados de ser protestantes!

"El creyente cuya doctrina es poco firme, será poco firme en todos los aspectos de su vida" (Martyn Lloyd-Jones)