Las leyes deDios  

están vigentes

 

Porque de cierto os digo que hasta que pasen el cielo y la tierra, ni una jota ni una tilde pasará de la ley, hasta que todo se haya cumplido” (Mateo 5:18)

 

Hasta hace exactamente treinta años, el adulterio en España estaba penado de acuerdo al artículo 49 del Código Penal. Cometer adulterio era un grave delito que acarreaba consecuencias penales importantes a los que osaban desafiar las leyes en vigor. Pero, en los Pactos de la Moncloa de 1977, durante la presidencia de Adolfo Suárez, se abordaron con carácter de urgencia varias reformas penales, entre ellas la despenalización del adulterio y el amancebamiento, derogación penal que se sigue aplicando hasta nuestros días.

Resultó sorprendente en aquellos momentos que en un país considerado paradigma del catolicismo más ortodoxo en todo el mundo occidental, y por iniciativa de gobernantes fielmente ligados a las instituciones católicas, se llegase a tomar decisiones tan drásticas en materia de moral, aboliendo leyes que habían formado parte de la cultura tradicional y religiosa de nuestro país; hasta ese momento abanderado de la defensa de la moralidad y sanas costumbres de la familia.

 

Pero lo que escapa a muchos ciudadanos españoles, bien por ignorancia o por menosprecio, es la firme realidad de que las Leyes Divinas siguen vigentes para todos los hombres sin excepción; no pudiendo ser abolidas o dejadas sin vigor por medio de iniciativas legislativas humanas.Bien que lo aseguró el mismo Jesús en el Sermón del Monte:“Porque de cierto os digo que hasta que pasen el cielo y la tierra, ni una jota ni una tilde pasará de la ley, hasta que todo se haya cumplido” (Mateo 5:18). Estas firmes palabras del Gran Legislador, nos aseguran la preservación de las normas divinas hasta el último día del hombre sobre la tierra. Entretanto, ninguna criatura -por mucho poder que pretenda ostentar o asumir- podrá dejar sin efecto cualquiera de los preceptos promulgados por el Creador y Sustentador de todo lo creado. Una cosa es la temporal, imperfecta e injusta legislación de los hombres (Isaías 10:1), y otra la eterna, santa e inamovible normativa de Dios, que por ser inerrable no necesita ser modificada ni renovada por los entes legislativos; la cual sirve y servirá para juzgar las acciones de los hombres de todos los tiempos, porque “Dios traerá toda obra a juicio, juntamente con toda cosa encubierta, sea buena o mala” (Eclesiastés 12:14). La propia Palabra, por boca del rey David, así lo declara: “Jehová permanecerá para siempre; ha dispuesto su trono para juicio. El juzgará al mundo con justicia, y a los pueblos con rectitud”(Salmo 9:8).

 

Los hombres de todos los pueblos, a través de la extensa historia humana, han aprobado y decretado multitud de leyes de toda índole, justas e injustas. En la mayoría de los casos se han enfrentado, enclaro desafío y rebeldía, a los perfectos y santos estatutos de Dios. De igual manera, los jueces han aplicado esta legislación sin cuestionar la injusticia de las mismas. Esto está ocurriendo en nuestros días una vez tras otra. Muchos hombres y mujeres están sufriendo por causa de la estoica aplicación de unas leyes emanadas de un poder legislativo proveniente de una sociedad atea y humanista, dominada por la inmoralidad más degradante e impía, tal como lo describe el profeta Isaías: “¡Ay de los que a lo malo dicen bueno, y a lo bueno malo; que hacen de la luz tinieblas, y de las tinieblas luz; que ponen lo amargo por dulce, y lo dulce por amargo” (Isaías 5:20). Estas actuaciones pueden ser legales, pero nunca justas y/o morales a los ojos de Dios.

 

En este viciado contexto, es difícil hacer entender la voluntad de Dios frente a una situación flagrante de adulterio. No obstante, la Palabra de Dios declara, de forma reiterada y fehaciente, la culpabilidad del pecado de adulterio frente a la siempre vigente Ley de Dios: “¿No sabéis que los injustos no heredarán el reino de Dios? No erréis; ni los fornicarios, ni los idólatras, ni los adúlteros, ni los afeminados, ni los que se echan con varones” (1ª Corintios 6:9). Evidentemente, nosotros sabemos que todos estos infractores de la ley de Dios no serán condenados por medio de la justicia humana, pero también sabemos, con toda certeza bíblica, que no quedarán impunes ante el justo juicio de Dios: “Honroso sea en todos el matrimonio, y el lecho sin mancilla; pero a los fornicarios y a los adúlteros los juzgará Dios” (Hebreos 13:4).

 

Amado hermano, posiblemente en estos momentos estés sufriendo por causa de un obstinado pecado de adulterio por parte de la persona que compartía tu vida,  o, tal vez, estés a la espera de una sentencia incierta que te hará sufrir mucho más de lo que estás padeciendo ahora; pero el Señor, Juez Justo, tiene para ti palabras de ánimo y fortaleza frente al pecado e injusticia de los hombres:“Encomienda a Jehová tu camino, y confía en él; y él hará. Exhibirá tu justicia como la luz, y tu derecho como el mediodía”. “Porque hay un final dichoso para el hombre de paz. mas los transgresores serán todos a una destruidos.” (Salmo 37: 5-6, 17)También debes saber que frente al desafío del impío rebelde el Señor tiene y tendrá la última palabra: "¡Ay de vosotros,  los que ahora reís! porque lamentaréis y lloraréis" (Lucas 6:25).

                                    (Texto: Jesús Mª Vázquez Moreno/Ilustración: Obra de Amadeo Modigliani)

 

 

 

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      LA VERDADERA UNIDAD EXISTE

"...solícitos en guardar la UNIDAD DEL ESPÍRITU en el vínculo de la paz" (Efesios 4:3)

 

La verdadera unidad existe. La cuestión

es: ¿Quién puede producir esa unidad? Y la respuesta es que sólo el Espíritu Santo puede producir tal unidad. Eso fue lo que ocurrió en Pentecostés. Como resultado del bautismo con el Espíritu Santo, no solo predicaron aquellos cristianos primitivos codo con codo un mismo mensaje de salvación, sino que además "se añadieron aquel día como tres mil almas" (Hechos 2:41). Y podemos asegurar que  aquellas almas eran verdaderas "piedras vivas" y no meros elementos decorativos en una estructura vacía. En otras palabras, para alcanzar la meta de la unidad entre cristianos . . . es imprescindible la vigorosa acción del Espíritu Santo produciendo un verdadero temor de Dios y un intenso anhelo por su gloria. Un mero sentimiento intelectual a una determinada ortodoxia no es suficiente. Ya tenemos demasiado cadáveres eclesiásticos constituidos por ese material, demasiados valles de huesos secos. Solo el soplo del Espíritu puede formar un cuerpo vivo y vitalizador.

 

Querido hermano, si anhelas ver al pueblo de Dios unido alrededor de un proyecto, una visión o una causa común, no te dejes engañar por el espejismo de Babel ni te conformes con la bendición de Adulam. Elévate a Pentecostés, busca que el Espíritu sople sobre los huesos secos, que su fuego consuma toda la escoria de nuestros apaños, maniobras y estrategias. Imbúyete del espíritu del Maestro, quien dijo: "No recibo gloria de los hombres" (Juan 5:41), y de su siervo Pablo, quien dejó claro que no buscaba "gloria de los hombres, ni de vosotros ni de otros" (1ª Tesalonicenses 2:6).    (D. C. M.)

El Evangelio de la gracia soberana de Dios  (Carlos Haddon Spurgeon)

 

Habiéndose  observado, con evidente preocupación, cuán grande es el rechazo generalizado de muchos hacia la doctrina de la gracia soberana de Dios, incluimos estas breves líneas del reconocido siervo de Dios  C.H.Spurgeon sobre tan transcen-dente  tema:

"Si algo es aborrecido enconadamente es el verdadero Evangelio de la gracia de Dios, especialmente si esa odiosa palabra "soberanía" se menciona al mismo tiempo. Atrévanse a decir: "Tendré misericordia del que yo tenga misericordia, y me compadeceré del que yo me compa-dezca" (Romanos 9:15), y habrá furiosos críticos que les insultarán descomedida-mente. El religioso moderno no sólo aborrece la doctrina de la gracia soberana, sino que despotrica y se enfurece con su sola mención. Preferiría que blasfemára-mos antes que predicáramos la elección por el Padre, la expiación por el Hijo o la regeneración por el Espíritu. Si quieren ver a alguien excitado hasta que lo satánico prevalezca claramente, dejen que algunos de los nuevos teólogos les oigan predicar un sermón sobre la libre gracia.

 

Un evangelio que sea según los hombres será bienvenido por los hombres, pero hace falta una operación divina en el corazón y la mente para que alguien esté dispuesto a recibir en lo más profundo de su alma este inaceptable Evangelio de Dios. 

Mis queridos hermanos, no traten de hacerlo agradable a las mentes carnales. No oculten el tropiezo de la cruz, no sea que la hagan vana. Los ángulos y las esquinas del Evangelio son su fuerza: recortarlos significa quitarles su poder.

La moderación no es el aumento de la fuerza sino su muerte. ¡Claro!, habrán notado que aun entre las sectas sus puntos distintivos son los cuernos de su poder; y cuando éstos quedan prácticamente omitidos, la secta decae. Aprendan, pues, que si quitan a Cristo del cristianismo, el cristianismo está muerto. Si quitan la gracia del Evangelio, el Evangelio desaparece. Si a la gente no le gusta la doctrina de la gracia, denle tanto más de la  misma".            (C. H. S./1890)