La verdad sobre la SegundaVenida de Jesucristo

 

Vosotros, pues, estad preparados, porque a la hora que no penséis, el Hijo del Hombre vendrá” (Lucas 12:40)

 

Introducción:

       Hace días escuché, en la página web de cierta iglesia, una opinión doctrinal impartida desde el púlpito que llegó a preocuparme en gran manera: “Mientras estamos leyendo este texto bíblico el Señor puede venir en cualquier momento “. Esto me mostró el gran desconocimiento que aún existe en ciertas iglesias evangélicas sobre una de las más trascendentes doctrinas reveladas en la Palabra de Dios: la de la Segunda Venida de nuestro Señor Jesucristo.También puede ocurrir que dicha doctrina haya sido incorrectamente enseñada o, tal vez, hermenéuticamente mal entendida, pero es consustancial con la fe cristiana que todo creyente debe estar enseñado y preparado sobre el fundamento de la Revelación Bíblica, la única fuente de vida y verdad para la Iglesia redimida de Jesucristo, y no sobre argumentos y planteamientos teológicos espúreos o especulativos que le apartan más y más de la verdadera fuente que su vida necesita: la Palabra de Dios (2ª Timoteo 3:16).

 

       Dentro del tratado bíblico sobre la Escatología, la doctrina de la Segunda Venida de nuestro Señor Jesucristo ocupa un lugar básico, fundamental e insustituible. Como bien dice el hermano José Grau (reconocido teólogo experto en Escatología Bíblica, recientemente nombrado Doctor Honoris Causa por la Facultad de Teología de Aix-en-Provence) en su profundo tratado sobre dicho tema, “creemos que sólo puede haber esperanza allí donde hay escatología; de ahí que la fe cristiana sea, sobre todo, una fe escatológica esperanzada, una mirada lanzada al futuro desde el presente, una actividad iniciada en el aquí...que se dirige hacia una meta: “Cristo como esperanza de gloria” (Colosenses 1:27).

 

      La Segunda Venida del Señor Jesucristo debe ser la más viva esperanza de todo creyente. Antes de su muerte, él dio esta gozosa promesa a los suyos: “No se turbe vuestro corazón; creéis en Dios, creed también en mí. En la casa de mi Padre muchas moradas hay; si así no fuera yo os lo hubiera dicho; voy, pues, a preparar lugar para vosotros. Y si me fuere y os preparare lugar vendré otra vez, y os tomaré a mí mismo, para que donde yo estoy, vosotros también estéis” (Juan 14:1-3).

 

      Poco después de la resurrección del Señor, cuando los apóstoles aún mantenían los ojos puestos en el cielo mientras Jesús era alzado, dos varones con vestiduras blancas se acercaron a ellos y les dijeron: “Varones galileos, ¿por qué estáis mirando al cielo? Este mismo Jesús que ha sido tomado de vosotros al cielo, así vendrá como les habéis visto ir al cielo( Hechos 1:11). A partir de esta promesa divina, esta es la constante esperanza que emana de la enseñanza apostólica. Pablo en su primer escrito a la iglesia de Tesalónica, enfatiza esta esperanza cristiana en sus cinco capítulos:

 

       “...como os convertisteis de los ídolos a Dios, para servir al Dios vivo y verdadero, y esperar de los cielos a su Hijo, al cual resucitó de los muertos, a Jesús; quien nos libra de la ira venidera (1:9-10).


       “Porque ¿cuál es nuestra esperanza o gozo, o corona, de que me gloríe? ¿No lo sois vosotros, delante de nuestro Señor Jesucristo, en su venida?” (2:19).

 

       “...para que sean afirmados vuestros corazones, irreprensibles en santidad delante de Dios nuestro Padre, en la venida de nuestro Señor Jesucristo con todos sus santos” (3:13).

 

       “Porque el Señor mismo con voz de mando, con voz de arcángel, y con trompeta de Dios, descenderá del cielo; y los muertos en Cristo resucitarán primero... (4:1).

 

        “Y el mismo Dios de paz os santifique por completo; y todo vuestro ser, espíritu, alma y cuerpo, sea guardado irreprensible para la venida de nuestro Señor Jesucristo” (5:23).


       Es de resaltar, en los escritos paulinos que aluden a la segunda venida de Jesucristo, un continuo llamamiento a la santidad y a la piedad, como se puede observar en el siguiente texto: “...enseñándonos que, renunciando a la impiedad y a los deseos mundanos, vivamos en este siglo sobria, justa y piadosamente, aguardando la esperanza bienaventurada y la manifestación gloriosa de nuestro gran Dios y Salvador Jesucristo” (Tito 2:12-13).


       El apóstol Pedro también revela en sus dos escritos inspirados, el acontecimiento único de la venida del Señor y la significación de ese Día: “El Señor no retarda su promesa...pero el día del Señor vendrá como ladrón en la noche” (2ª Pedro 3:10). “...para que sometida a prueba vuestra fe, mucho más preciosa que el oro...sea hallada en alabanza, gloria y honra cuando sea manifestado Jesucristo” (1ª Pedro 1:7).


       Notemos, pues, que en la Primera Venida Cristo obró la Redención mediante su sufrimiento expiatorio en la cruz. En la Segunda, vendrá para ser reconocido en su gloria. En ese día, toda rodilla se doblará ante él y toda lengua confesará "...que Jesucristo es el Señor, para gloria de Dios Padre” (Filipenses 2:9-11).

 

Los grandes eventos que precederán a la Segunda Venida de Cristo

       Según las Santas Escrituras, antes de la Segunda Venida de nuestro Señor Jesucristo ocurrirán diversos e importantes eventos, aunque todavía no deben considerarse próximo a suceder. Jesús enseñó que su venida estaba cerca, pero esto no debe de entenderse como que ésta sea inminente. Si acudimos al Diccionario de la Lengua Española, éste nos dice que el término inminente apunta a inmediato, perentorio, apremiante, urgente o próximo. Todo esto no se da en la Revelación Bíblica. (Consultar los textos siguientes:Mateo 24:5-14, 21-22, 29-31; 2ª Tesalonicenses 2:2-4). Jesús nos enseña a esperar su venida atendiendo a las señales: “De la higuera aprended la parábola: Cuando ya su rama está tierna, y brotan las hojas, sabéis que el verano está cerca. Así también vosotros, cuando veáis todas estas cosas, conoced que está cerca, a las puertas” (Mateo 24:32-33).

Los eventos que enumeramos a continuación deberán preceder a la gloriosa y poderosa venida del Hijo del Hombre:


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  Solo Cristo

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                El canto congregacional

 Pero a medianoche, orando Pablo y Silas, cantaban himnos a Dios"  (Hechos de los apóstoles 16:25).

 

"El día de la Reforma cantamos casi siempre el gran himno "Castillo fuerte en nuestro Dios". Este es probablemente el himno más querido de la Reforma. Y solamente es uno de entre muchos. Menos conocido es el hecho de que Juan Calvino también fue autor de por lo menos un himno, que todavía se canta hoy día, aunque no aparece en todos nuestros himnarios. Tenemos que hacer notar, como introducción, un hecho  interesante: que la Reforma restauró el canto congregacional.

¿Por qué decimos "restauró"? Porque el canto congregacional es tan antiguo como la iglesia. Los salmos dan testimonio de que la iglesia del Antiguo Testamento cantaba. La Iglesia del Nuevo Testamento era también una iglesia de cantores desde su mismo principio.

 

 (. . .) Lo más importante es que la Reforma produjo gente que podía cantar. Cantar significa algo más que poner un verso en música; el canto espiritual nace del corazón. Sólo el canto gozoso --el corazón que ha experimentado el gozo de la salvación-- es apto para cantar alabanzas a Dios".  (Texto: Gordon H. Girod/ Del libro "Dios no ha muerto"/Ilustración: Interior catedral protestante de san Pedro de Ginebra).

          Cuando la misericordia lucha                                    por la justicia

El que sigue la justicia y la misericor-dia hallará la vida, la justicia y la honra”     (Proverbios 21:21)

 

"El perdón, el verdadero perdón es el fruto de una lucha entre dos justicias, entre la justicia corta de los hombres y la justicia ancha y generosa de Dios.

Con frecuencia oponemos la misericordia a la justicia, como si el perdón no hiciera más que apartar a un lado las exigencias de la justicia. Esto es una visión falsa, que hace injusta a la misericordia y cree que en la justicia no hay piedad. La realidad es más compleja, más rica y más profunda. La misericordia quiere la justicia, y lleva su preocupación por ésta más allá de lo que nosotros mismos hacemos habitualmente.

 

A los ojos del misericordioso, la más grande miseria no es sufrir la injusticia, sino ser un hombre injusto, que comete la injusticia y acaba por amarla. Por encima de los actos que se suponen injustos, el misericordioso considera a la persona capaz siempre, si no por sí misma al menos por la gracia de Dios, de volver a la justicia, y sigue amándola a pesar de sus equivocaciones. Para él, la conversión del corazón a la justicia tiene mayor precio que todos los perjuicios exteriores que haya podido sufrir, y así es su misericordia: volver las armas y los actos de la injusticia contra la misma para vencerla en el corazón de los demás y en su propio corazón."                                          (Servais Pinckaers)