¿FUE EL ÉXODO DE

 

ISRAEL UNA SIMPLE LEYENDA?

 

(Refutaciones a un artículo periodístico)

 

Para muchos agnósticos e incrédulos parece ser que la respuesta es positiva, incuestionable. Entre todas ellas, destaca la del profesor y arqueólogo Israel Finkelstein, de la Facultad de Arqueología de la Universidad de Tel-Aviv, en el estado de Israel, autor de este polémico trabajo periodístico. Y, la verdad, es que no nos resultan sorprendentes estas afirmaciones que comentamos, ya que desde hace algún tiempo se están originando fuertes y controvertidos movimientos antibíblicos en el seno cultural del pueblo hebreo, no siendo extraños los contínuos y apasionados enfrentamientos entre eruditos, pensadores y educadores en torno a los fundamentos bíblicos e históricos del pueblo israelita.

      Conscientes de la gravedad y trascendencia de estas declaraciones vertidas con el único propósito de desmontar la verdadera historia del pueblo de la Palabra, borrando toda raíz mesiánica a su paso, procedemos a refutar, reposada pero firmemente, lo expresado en este tendencioso artículo. Y lo vamos a hacer utilizando pruebas que este científico conoce: las proporcionadas por la propia arqueología y por el arduo y serio trabajo de compañeros en tan valiosa ciencia. Es evidente, que si no cree el relato bíblico aparecido en los textos sagrados, donde el que habla no es un hombre falible y limitado, sino el mismo Dios, al menos esperamos que crea a la propia erudición y ciencia que con tanta vehemencia utiliza.

      En primer lugar, conviene señalar que no es verdad que el pueblo de Israel no hubiera estado en el delta del Nilo en el tiempo que la Biblia determina (Éxodo 1:1-11). La mayoría de los científicos y expertos en esta materia tienen conocimiento de la existencia de una valiosa inscripción del faraón Mernepta, donde se menciona la ubicación de los hijos de Israel en la tierra de Canaán (después de un largo y difícil éxodo). Este antiquísimo documento data del año 1.200 a.C. aproximadamente. En una larga y detallada lista narrando sus acciones épicas, este mismo faraón hace esculpir la siguiente leyenda que contradice la verdad bíblica e histórica: “Israel ha sido aniquilado sin dejar sucesor”. Todos sabemos que la realidad fue otra, pero el testimonio de esta inscripción avala la narración bíblica de la salida poderosa del pueblo de Israel (Éxodo 14). Una vez más, se confirma la Palabra de Dios en relación a que todas las cosas nos ayudan a bien (Romanos 8:28). Y, en este caso, también la más burda mentira.

 

      La destrucción de un considerable número de ciudades cananeas durante el siglo XIII a.C., habla fehacientemente de una dura y progresiva conquista de dichos lugares por parte del pueblo israelita. El profesor Gluek no duda en atribuir al pueblo hebreo la mencionada invasión. Otro científico de gran credibilidad y reconocimiento, Montet, al excavar la ciudad egipcia de Ramesés, en el delta del Nilo, no duda en identificarla con Tanis construída, según él, por los esclavos hebreos en tiempos del faraón Ramsés II (años 1304-1238 a.C.). Cerámica hallada en esos lugares acredita dicha presencia.

Una evidencia realmente impresionante sobre la campaña encabezada por Josué se encuentra en Betel, donde en un estrato arqueológico de casi metro y medio de espesor, aparece tierra negra llena de ceniza, ladrillos quemados y escombros carbonizados. Otro caso muy similar se puede encontrar en la también bíblica Hazor, donde las huellas del incendio no admiten dudas, confirmándose una vez más el relato del éxodo y la posterior conquista de la tierra cananea (Josué 11:10-13).

      Y, en cuanto a otra de las erróneas afirmaciones de este investigador , su negativa a reconocer la célebre caída de las murallas de Jericó, así como la propia existencia de ellas, manifestamos desde aquí que sentimos defraudarle, así como a todos aquellos que hayan podido dar crédito a todo lo vertido en este artículo aparecido en un diario que, últimamente, viene distinguiendose en todo su contenido por el uso frecuente de un tono sensacionalista carente de todo rigor serio y documentado. ¡¡Como ocurre cada vez que una noticia o declaración va dirigida contra la infalibilidad e inerrancia de las Santas Escrituras o cuestiona alguno de los aspectos fundamentales de nuestra fe cristiana!! No, no nos sorprende a estas alturas este tipo de periodismo partidista , complaciente y superficial. Estamos acostumbrados a ello. Son demasiados los años de alineación con el frente común del oscurantismo y la intolerancia. De ellos ya habló la Palabra de Dios: “ ...no seamos niños fluctuantes, llevados por doquiera de todo viento de doctrina, por estratagema de hombres que para engañar emplean con astucia las artimañas del error” (Efesios 4:14). Más adelante, la Escritura nos sigue advirtiendo que “ya está en acción el misterio de la iniquidad” (2ª Tesalonicenses 2:7).

      Pero, una vez más, -y lo decimos con evidente gozo y satisfacción-, la Biblia tiene razón. Y la tiene, sobre todo y por encima de todos, porque Dios, su autor, es perfecto, omnisciente y verdadero, y no porque sus indiscutibles afirmaciones hayan sido reconocidas como ciertas por sus más críticos y contumaces detractores, entre los que se han contado prestigiosos investigadores de todo el mundo y de todas las épocas cuyo testimonio favorable, evidentemente, no busca ni necesita. Es el caso de la entusiasta y documentada arqueóloga inglesa Kathleen Mary Kenion que en 1953, después de trabajar arduamente en los yacimientos y ruinas de la ciudad y murallas de Jericó, declaró con firme convicción: “Jericó puede vanagloriarse de ser la ciudad más antigua del mundo”.

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      El amor del Espíritu Santo     "Estamos acostumbrados a hablar del amor del Padre y de la gracia de Jesucristo y de la comunión del Espíritu Santo. Pero también nos es permitido y podemos hablar tranquilamente del amor del Espíritu Santo  y de la gracia del Espíritu. ¡Cuán grande debe ser ese amor y esa gracia! Porque Él, el Santo, quiere vivir con y obrar en criaturas  pecadoras, débiles y defectuosas, que únicamente han ganado y merecido la ira y la maldición de Dios.

¡Cuánta paciencia ha de tener el Espíritu Santo con nosotros! Por nues-tra parte nos oponemos constante-mente a su acción, nos inclinamos a entristecerle, a resistirle  y a apagarle. Por naturaleza preferimos vivir según la carne que según el Espíritu, y según nuestra propia  corrupción somos más "bestiales" que "espirituales".   

¡Cuánto debemos avergonzarnos del desamor que mostramos frente al amor del Espíritu! ¡Y cuán agradecidos debemos estar que el Espíritu Santo se nos ha dado con su soberano poder para vencer nuestra debilidad y flaqueza!                     (Dr. H.J.Jager)

       Actitud frente a Dios en oración 

  "Acerquémonos, pues, confiadamente al trono de la gracia, para alcanzar misericordia y hallar gracia para el oportuno socorro"  (Hebreos 4:16)

La humildad en la oración no excluye la confianza. En nuestra vida de oración, la humildad y la confianza no constituyen una contradicción. La primera la obtenemos mirando al yo, y la segunda, se obtiene mirando a Cristo.

Se precisa de confianza para compare-cer ante el trono de un rey, un símbolo de su poder y majestad. Pero, ¡cuánta más confianza se precisa para comparecer ante el trono del Rey de reyes! ¿Quién se atreve a acercarse allí donde aun los ángeles cubren sus rostros, como vio Isaías en una visión y exclamó: "¡Ay de mí! que soy muerto; porque (soy) hombre inmundo de labios" (Isaías 6:5). No nos estamos refiriendo a la confianza del fariseo que entraba en el Templo de Dios sin vacilación. Esta es una falsa confianza. Nos estamos dirigiendo a aquellos que han visto su propia vileza delante de la santidad de Dios y que, mirando a sus vidas diarias, se preguntan: "¿No se estará cansando Dios de mí?"

(Tomado de "Orad sin cesar", de FRANS BAKKER; libro que recomendamos)