¿Cuáles son las características de un buen sermón?

 

 

Por SUGEL MICHELÉN

Martyn LLoyd-Jones

Supongo que muchos estarán de acuerdo conmigo en que la buena predicación no es precisamente lo que distingue al evangelicalismo moderno. Domingo tras domingo miles de personas acuden a las iglesias a participar del culto de adoración, donde la predicación de la Escritura debe ocupar el lugar central; pero lamentablemente muchas regresan a sus casas sin haber sido debidamente alimentados. En muchos casos, porque la predicación ha dejado de ocupar el lugar central del culto, en muchos otros porque la predicación en sí ha sido deficiente. Es ese último aspecto el que quiero tocar en esta entrada: ¿Cuáles son las características que hacen que un sermón sea un sermón, y más aun, un buen sermón?

En primer lugar, su contenido es el mensaje de la Palabra de Dios.

      Un sermón, por encima de todas las cosas, es una exposición fiel del mensaje contenido en el texto o pasaje de las Escrituras que está siendo expuesto. Recuerden, amados hermanos, cuál es nuestra identidad. Nosotros somos embajadores y heraldos del Dios de los cielos, y la función del heraldo no es otra que la de transmitir con fidelidad la mente de su Rey.

      Es por eso que en el mundo antiguo se requerían dos cosas para ser un buen heraldo: la primera, obviamente, era tener buena voz; la segunda, un carácter confiable. El rey debía estar seguro de que podía confiar en esa persona como un transmisor fiel del mensaje que se le había encomendado (comp. 1Corintios 4:1-2). Esa es la encomienda de Pablo a Timoteo: “Predica la Palabra” (1Timoteo 4:2).

     Ahora bien, cuando hablamos de predicar la Palabra lo que queremos decir no es simplemente que debemos abstenernos de predicar de otro libro que no sea la Biblia. No se trata únicamente de que el ministro verdadero no predica el contenido del Talmud, o del Libro del Mormón, o de los escritos de Elena G. de White. Se supone que ningún ministro del evangelio hará tal cosa.

      Pero lo que queremos enfatizar es que el ministro del evangelio debe estar seguro de que en verdad está entregando el mensaje de la Biblia; no porque cita un texto aquí y otro allá que parecen apoyar sus ideas, sino porque a través de un estudio diligente, y una exégesis cuidadosa de las Escrituras este hombre se ha esforzado en desentrañar el verdadero significado del texto, pasaje o tema bíblico que está exponiendo (y todo eso, obviamente, en dependencia del Espíritu de Dios).

En segundo lugar, un sermón se distingue porque posee unidad. 

     La unidad es una característica esencial del sermón. El predicador no es un comentario bíblico ambulante. Es el portavoz de un mensaje. Y esta distinción es de suprema importancia. Algunos entienden que predicar es lo mismo que comentar un pasaje de las Escrituras, explicando lo que significa el vers. 1, y luego el 2, y el 3, y así sucesivamente. Pero eso no es un sermón, eso es un comentario bíblico hablado.

     Un sermón es un mensaje, un mensaje que extraemos de las Escrituras a través de un trabajo exegético concienzudo y que transmitimos a través de la predicación. Ese mensaje tiene sus partes, sus divisiones, variedad en las ideas; pero todas sus partes, divisiones e ideas conforman un todo. Y es a ese “todo” que llamamos el sermón.

      Por eso alguien ha dicho que el sermón debe ser como una bala y no como una munición. La munición se abre en muchos fragmentos, mientras que el sermón va dirigido hacia un objetivo en particular. Cuando un sermón carece de unidad es posible que algunas frases sueltas tengan cierto efecto en la mente de algunos, pero el sermón como tal probablemente no será muy eficaz.

En tercer lugar, un buen sermón debe poseer orden. 

      El orden de una exposición es muy importante para que pueda ser entendida y recordada por aquellos que nos escuchan. Nuestro Dios es un Dios de orden, y Él nos hizo de tal manera que captamos mejor las cosas cuando son presentadas en una forma ordenada y secuencial.

      Si yo comienzo a contar (1, 2, 3, 4) todos esperan que yo siga con el 5, no con el 16. O si digo “a, b, c” nadie espera que salte a la “r”. Dios nos hizo así; nos dio una mente que capta mejor las cosas cuando son presentadas en un orden lógico. Si queremos informar el entendimiento de nuestros oyentes debemos presentar el material bíblico en un orden lógico. Traer delante de la congregación un montón de pensamientos desordenados sobre un mismo asunto, por más buenos que sean, no le hará mucho bien al auditorio. El efecto que puede producir un ejército, no es el mismo que produce una turba.

      Debemos dividir nuestros sermones en encabezados que sean fácilmente recordados, y arreglar nuestro material de tal manera que nuestras ideas y argumentos sigan uno al otro en una forma natural y fluida. Dice Lloyd-Jones al respecto: “Debe haber progresión en el pensamiento… cada uno de (los) puntos (del sermón) no es independiente, ni tampoco del mismo valor que los demás. Cada uno es parte del todo y en cada uno debes avanzar y llevar el asunto más allá. No estás simplemente diciendo la misma cosa un número de veces, estás apuntando hacia una conclusión” (La Predicación y los predicadores ; pg. 77).

     Tomen la carta de Pablo a los Romanos, por ejemplo. Allí el apóstol Pablo desglosa el contenido del evangelio, y podemos ver en su presentación que él va siguiendo un orden (y lo mismo vemos en el resto de las cartas del NT).

 

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              La verdadera humildad 

Ser humilde es tenerse a sí mismo en poca estima. Es ser modesto, sencillo, estar dispuesto a pasar desapercibido. La humildad se retira de la vista pública, no busca la publicidad y los lugares altos, ni le importan las posiciones prominentes. La humildad es por naturaleza retraída. Nunca se exalta así misma en los ojos de los otros, ni siquiera en los propios. La modestia es una de sus características predominantes.

 

La humildad carece totalmente de orgullo, y se encuentra a la mayor distancia de cosas como la vanidad o el engreimiento. No hay autoadulación en la humildad. Más bien tiene la disposición para alabar a otros. "En cuanto a honra, prefiriéndoos los unos a los otros". No tiende a exaltarse a sí misma. La humildad no gusta de los asientos principales, ni aspira a los lugares más importantes. Está dispuesta  a ocupar los asientos más bajos, y prefiere los lugares donde pasará inadvertida.

La humildad no tiene los ojos puestos sobre sí misma, sino sobre Dios y sobre los otros. Es pobre de espíritu, mansa en su conducta, de corazón sufrido. "Con toda humildad y mansedumbre, soportándoos con paciencia los unos a los otros en amor" (Efesios 4:2).

 

(. . .) Dios da mucho valor al corazón humilde. Es bueno vestirse de humildad como si fuera un manto. "Dios resiste a los soberbios, y da gracia a los humildes." Lo que acerca a Dios el alma del que ora, es su corazón humilde.Lo que da alas a la oración, es una mente mansa. Lo que pronto da acceso al trono de la gracia, es el saberse incapaz de nada. El orgullo, la vanagloria y el amor propio cierran completamente la puerta de la oración.

                                (E.M. BOUNDS)             

                 EL SUPREMO VALOR DE

                 LA PALABRA DE CRISTO

"Cada palabra pronunciada por el Señor Jesús esta repleta de profunda enseñanza para los cristianos. Es la voz del Pastor supremo. El es la Cabeza de la Iglesia dirigiéndose a todos su miembros, el Rey de reyes hablando a sus súbditos, el Señor de la casa hablando a sus siervos, el Capitán de nuestra salvación hablando a sus soldados. Por encima de todo, es la voz de Aquel que dijo: "Yo no he hablado por mi propia cuenta; el Padre que me envió,él  me dio mandamiento de lo que he de decir, y de lo que he de hablar" (Juan 12:49). El corazón de todo creyente debiera arder en su interior cuando oye las palabras de su Señor, debiera decir: "¡La voz de mi amado!"

(Cantares 2:8)  (Del libro "Advertencias a las iglesias", de Juan Carlos RYLE (Editorial Peregrino), título que recomendamos .