Es patente para todos la veracidad de tal afirmación, por haberse constatado en ese lugar el asentamiento de pobladores en el Mesolítico (período intermedio entre el paleolítico y el neolítico), sobre unos 10.000 años antes de Cristo. Es de justicia destacar que los primeros investigadores que efectuaron excavaciones prospectivas fueron los ingleses hacia el año 1865. En esa época, en muchos países europeos, incluida España -naturalmente-, se tenía en poca estima este tipo de trabajos arqueológicos de campo, siendo contemplados por muchos con cierto desdén e indiferencia.

 

      Más adelante, dentro de un período enmarcado en los años 1907 al 1911, una expedición formada por arqueólogos germanos y austriacos dirigidos por los prestigiosos y conocidos profesores Ernesto Sellin y Carlos Watzinger realizó un sorprendente descubrimiento que conmovió a muchas universidades de todo el mundo: las famosas murallas de Jericó. En 1930, el profesor John Garstang descubrió, con gran asombro, que la ciudad de las palmeras -nombre dado en la Biblia a Jericó (Deuteronomio 34:3)- era algo más que un simple asentamiento: los antiguos habitantes de Jericó vivieron en confortables casas, llegando a ser su población de más de 3.000 habitantes, compuesta en tiempos de su conquista por parte de Josué de distintos grupos étnicos: amorreos, fereceos, cananeos, heteos, heveos, etc. (Josué 24:11).

 

      De todos los estudios científicos realizados hasta hoy, resulta evidente que las bíblicas murallas de Jericó existieron sin lugar a dudas, fortificaciones que sufrieron un violento incendio que aún se percibe en los estudios de laboratorio llevados a cabo con exhaustiva precisión. Pero la mayor perplejidad y sorpresa la vivió el citado profesor John Garstang cuando, después de un minucioso estudio de las ruinas, pudo comprobar que las piedras del cinturón exterior de las murallas se habían deslizado hacia el exterior, hacia afuera de la ciudad, mientras que la muralla interna y las casamatas se habían derrumbado exactamente en sentido contrario, o sea, hacia adentro. La conclusión no admite discusión: Un terremoto de gran proporción, o "algo que se le parezca", había sido la causa de tal derrumbamiento. Esta inexplicable experiencia llevó a dicho arqueólogo a reconocer la validez del texto bíblico del libro de Josué (Josué 6:1-27).

 

      Para concluir, solo manifestar que nos resulta sorprendente a estas alturas, el que un arqueólogo del nivel del citado Israel Finkelstein, desautorice con sus insostenibles declaraciones públicas la autoridad científica y la brillante trayectoria investigadora de tantos y tan reconocidos profesores y arqueólogos de todo el mundo. Nosotros, después de una dilatada experiencia en similares cincunstancias, sabemos a qué y a quién obedece y sirve (Juan 8:44). 

 

     

                                                              Jesús Mª Vázquez Moreno. 

                                                              alfarerojerez@gmail.com

 

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                El canto congregacional

 Pero a medianoche, orando Pablo y Silas, cantaban himnos a Dios"  (Hechos de los apóstoles 16:25).

 

"El día de la Reforma cantamos casi siempre el gran himno "Castillo fuerte en nuestro Dios". Este es probablemente el himno más querido de la Reforma. Y solamente es uno de entre muchos. Menos conocido es el hecho de que Juan Calvino también fue autor de por lo menos un himno, que todavía se canta hoy día, aunque no aparece en todos nuestros himnarios. Tenemos que hacer notar, como introducción, un hecho  interesante: que la Reforma restauró el canto congregacional.

¿Por qué decimos "restauró"? Porque el canto congregacional es tan antiguo como la iglesia. Los salmos dan testimonio de que la iglesia del Antiguo Testamento cantaba. La Iglesia del Nuevo Testamento era también una iglesia de cantores desde su mismo principio.

 

 (. . .) Lo más importante es que la Reforma produjo gente que podía cantar. Cantar significa algo más que poner un verso en música; el canto espiritual nace del corazón. Sólo el canto gozoso --el corazón que ha experimentado el gozo de la salvación-- es apto para cantar alabanzas a Dios".  (Texto: Gordon H. Girod/ Del libro "Dios no ha muerto"/Ilustración: Interior catedral protestante de san Pedro de Ginebra).

          Cuando la misericordia lucha                                    por la justicia

El que sigue la justicia y la misericor-dia hallará la vida, la justicia y la honra”     (Proverbios 21:21)

 

"El perdón, el verdadero perdón es el fruto de una lucha entre dos justicias, entre la justicia corta de los hombres y la justicia ancha y generosa de Dios.

Con frecuencia oponemos la misericordia a la justicia, como si el perdón no hiciera más que apartar a un lado las exigencias de la justicia. Esto es una visión falsa, que hace injusta a la misericordia y cree que en la justicia no hay piedad. La realidad es más compleja, más rica y más profunda. La misericordia quiere la justicia, y lleva su preocupación por ésta más allá de lo que nosotros mismos hacemos habitualmente.

 

A los ojos del misericordioso, la más grande miseria no es sufrir la injusticia, sino ser un hombre injusto, que comete la injusticia y acaba por amarla. Por encima de los actos que se suponen injustos, el misericordioso considera a la persona capaz siempre, si no por sí misma al menos por la gracia de Dios, de volver a la justicia, y sigue amándola a pesar de sus equivocaciones. Para él, la conversión del corazón a la justicia tiene mayor precio que todos los perjuicios exteriores que haya podido sufrir, y así es su misericordia: volver las armas y los actos de la injusticia contra la misma para vencerla en el corazón de los demás y en su propio corazón."                                          (Servais Pinckaers)