No es mi propósito dar una serie de argumentos aquí sobre la doctrina del anticristo. Existen, aunque pocos, buenos tratados teológicos sobre este tema en español; pero sí quiero hacer pensar un poco a los evangélicos hispanos. En mi estudio sobre el tema he podido comprobar como teólogos de las mas diversas líneas practican una misma exégesis de los pasajes claves, pero no sé por qué las conclusiones son distintas. ¿Habrá prejuicios por medio? ¿Será que no “está de moda” creer esta olvidada doctrina?

 

       Lo que más me admira y entristece a la vez es cómo una doctrina histórica, comúnmente aceptada durante siglos, por la que los hermanos en la fe dieron sus vidas, sea desterrada de los púlpitos, olvidada (cuando no “refutada”) por los teólogos y ridiculizada, sin más, por algunos pastores y creyentes. ¿Es que los argumentos de los teólogos futuristas son determinantes, incontrovertibles, infalibles? ¿Hemos de creer que unos cuantos teólogos y estudiosos modernos han refutado todos los argumentos y evidencias de los teólogos y estudiosos de nueve siglos? ¿Se han estudiado a fondo los argumentos de los que creen que el papado es el anticristo? ¿Se han estudiado, al menos, con objetividad y comprensión? Algunos pastores y creyentes me han expresado que han dejado de creer esta enseñanza porque los argumentos de W. Hendriksen o A. Hockema les convencieron. ¿Sí? Y ¿ya está? ¿No queda tiempo para una ulterior reflexión y estudio? Me temo que muchos dejan de creer esta doctrina o simplemente la ignoran, porque sencillamente no “está de moda”, al menos, no es sustentada por teólogos contemporáneos.

 

       ¿Por qué no replantearnos un serio y riguroso estudio del tema? Si esta doctrina tuvo tanta fuerza y énfasis en la Reforma y tiempos posteriores, ¿Por qué no volver a estudiarla? Si tantos y tantos hombres de Dios la creyeron en su día predicándola con vigor, ¿por qué no considerar sus razones y argumentos? Si esta doctrina dio tanta fuerza y valentía a los creyentes de todas las épocas para ser fieles al Señory para predicar las buenas nuevas, rescatando así a las gentes de las fauces y dominio del anticristo, ¿por qué no tratar , al menos, de entenderla  y estudiarla?

 

       Un sistema de interpretación de las profecías y de la realidad tan completo y razonable, además de histórico, no puede ser abandonado y olvidado sin más por aquellos que se dicen apreciadores y aun amantes de las grandes doctrinas de aquel portentoso avivamiento espiritual llamado Reforma. Yo, mientras tanto, me siento honrado de creer en mi corazón y enseñar por mi boca esta importante doctrina, junto a los grandes reformadores y hombres de Dios de todos los tiempos.



                                                       (Tomado de "Nueva Reforma", núm. 15; año 1991)

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LA IGLESIA DEL ANTICRISTO

 

       “Anticristo” es lo que “se opone o es contrario a Cristo”. La Biblia habla de muchos anticristos, por ejemplo, 1ª Juan 2:18; 4:3; 2ª Juan 7. Tales “anticristos” son aquellos que, por la razón que sea, teológica o ideológica, niegan las afirmaciones de Cristo como el Hijo de Dios encarnado y redentor del pueblo elegido de Dios.

Pero la Biblia habla de otro anticristo. Es particularmente identificado por el apóstol Pablo como “el hombre de pecado...que se sienta en el templo de Dios como Dios, haciéndose pasar por Dios” (2ª Tesalonicenses 2:3-4). Apocalipsis identifica esta misma persona bajo la forma de una “bestia” o “criatura viviente” de la que se dice:“Abrió su boca en blasfemias contra Dios...Y se le permitió hacer guerra contra los santos, y vencerlos...Y la adoraron todos los moradores de la tierra cuyos nombres no estaban escritos en el libro de la vida del Cordero” (13:5-8). Este representante supremo y final de Satanás surgirá al final de los tiempos antes del retorno visible de nuestro Señor Jesús. Como Pablo lo expone: “Entonces se manifestará aquel inicuo...” (Léase 2ª Tesalonicenses 2:8-10).

 

       A este tirano apocalíptico la Confesión de Fe de Westminster lo identifica claramente con el papa de Roma (25:6). Obviamente debe ser, por fuerza, el último de la línea de los papas, quienes por su sucesión episcopal son todos anticristos, pretendiendo cada cual, a su vez, ser la “cabeza” de ese sistema anticristiano que culminará en el “hombre de pecado”. Esta es también la creencia de Calvino conforme se evidencia en el libro IV de la Institución. Hablando del remanente de la verdad que a Dios le agradó preservar de la corrupción de Roma hasta el tiempo de la Reforma, escribe: “Así como a veces son derribados los edificios, pero quedan los cimientos y otras cosas que había en ellos, así tampoco nuestro Señor permitió que su Iglesia fuese arruinada y asolada por el Anticristo de tal manera que no quedase muestra alguna del edificio” (IV,II:11).

Daniel y san Pablo predijeron que el Anticristo se sentaría en el templo de Dios (Daniel 9:27; 2ª Tesalonicenses 2:4), y nosotros decimos que el papa es el capitán general de este reino maldito...,que todo está tan revuelto que parece más una imagen de Babilonia que de la santa ciudad de Dios” (IV, II:12). “¿Será vicario de Cristo el que, persiguiendo con sus frenéticas empresas al Evangelio, claramente se da a conocer como el Anticristo?”...Concedamos que Roma haya sido en el pasado madre de todas las iglesias. Pero desde que comenzó a ser la sede del Anticristo, ha dejado de ser lo que era antes” (IV, VII:24).

      

       En referencia directa y categórica a la enseñanza paulina en 2ª Tesalonicenses 2, Calvino escribe: “Paréceles a algunos que somos amigos de maldecir y muy atrevidos al llamar Anticristo al romano pontífice. Más los que dicen esto no comprenden que acusan a san Pablo de desvergonzado, pues nosotros hablamos de acuerdo a lo que él dice” (IV, VII:25). A continuación, Calvino expone su interpretación del texto paulino y concluye: “Por tanto, como consta que el pontífice romano se ha apropiado desvergonzadamente de lo que es propio y exclusivo de Dios y de Cristo, no hay duda de que él es el capitán de un reino impío y abominable" (IV; VII:25).

 

       Si Calvino estaba en lo cierto o no tocante a su interpretación de las Escrituras, es algo que puede cuestionarse por algunos. Lo que no se puede poner en duda es que tanto él como los redactores de la Confesión de Fe de Westminster creyeron que el papa era el Anticristo y que iglesia de Roma era la sinagoga de Satanás”.

 

(Este es un extracto de un artículo aparecido en la revista Evangelical Voice (Voz Evangélica), traducido por A. Ropero)

 

 

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                El canto congregacional

 Pero a medianoche, orando Pablo y Silas, cantaban himnos a Dios"  (Hechos de los apóstoles 16:25).

 

"El día de la Reforma cantamos casi siempre el gran himno "Castillo fuerte en nuestro Dios". Este es probablemente el himno más querido de la Reforma. Y solamente es uno de entre muchos. Menos conocido es el hecho de que Juan Calvino también fue autor de por lo menos un himno, que todavía se canta hoy día, aunque no aparece en todos nuestros himnarios. Tenemos que hacer notar, como introducción, un hecho  interesante: que la Reforma restauró el canto congregacional.

¿Por qué decimos "restauró"? Porque el canto congregacional es tan antiguo como la iglesia. Los salmos dan testimonio de que la iglesia del Antiguo Testamento cantaba. La Iglesia del Nuevo Testamento era también una iglesia de cantores desde su mismo principio.

 

 (. . .) Lo más importante es que la Reforma produjo gente que podía cantar. Cantar significa algo más que poner un verso en música; el canto espiritual nace del corazón. Sólo el canto gozoso --el corazón que ha experimentado el gozo de la salvación-- es apto para cantar alabanzas a Dios".  (Texto: Gordon H. Girod/ Del libro "Dios no ha muerto"/Ilustración: Interior catedral protestante de san Pedro de Ginebra).

          Cuando la misericordia lucha                                    por la justicia

El que sigue la justicia y la misericor-dia hallará la vida, la justicia y la honra”     (Proverbios 21:21)

 

"El perdón, el verdadero perdón es el fruto de una lucha entre dos justicias, entre la justicia corta de los hombres y la justicia ancha y generosa de Dios.

Con frecuencia oponemos la misericordia a la justicia, como si el perdón no hiciera más que apartar a un lado las exigencias de la justicia. Esto es una visión falsa, que hace injusta a la misericordia y cree que en la justicia no hay piedad. La realidad es más compleja, más rica y más profunda. La misericordia quiere la justicia, y lleva su preocupación por ésta más allá de lo que nosotros mismos hacemos habitualmente.

 

A los ojos del misericordioso, la más grande miseria no es sufrir la injusticia, sino ser un hombre injusto, que comete la injusticia y acaba por amarla. Por encima de los actos que se suponen injustos, el misericordioso considera a la persona capaz siempre, si no por sí misma al menos por la gracia de Dios, de volver a la justicia, y sigue amándola a pesar de sus equivocaciones. Para él, la conversión del corazón a la justicia tiene mayor precio que todos los perjuicios exteriores que haya podido sufrir, y así es su misericordia: volver las armas y los actos de la injusticia contra la misma para vencerla en el corazón de los demás y en su propio corazón."                                          (Servais Pinckaers)