5.La Biblia enseña, y los cristianos a través de todas las edades de la Iglesia lo han creído, que el Padre, el Hijo y el Espíritu Santo no son Dioses distintos, sino que son personas distintas dentro de la Deidad trina y una formando un sólo Dios. Por todo el Nuevo Testamento el Hijo y el Espíritu Santo, al igual que el Padre, son identificados individualmente como Dios, y cada uno funciona como Dios : El Hijo (Marcos 2:5-12; Juan 20:28; Filipenses 2:10-11; el Espíritu Santo (Hechos 5:3-4; 2ª Corintios 3:17-18; 13:14), pero al mismo tiempo la Biblia enseña que hay solamente un Dios (véase punto número 1)

 

En contraste, el mormonismo enseña que el Padre, el Hijo y el Espíritu Santo “constituyen tres personajes distintos y tres dioses” (Enseñanzas del Profeta José Smith, 460. También Artículos de fe, 45).   

 

8. La Biblia enseña, los cristianos a través de todas las edades de la Iglesia lo han creído, que el propósito principal de la expiación de Jesucristo es proveer la solución al problema del pecado, que origina la muerte a cada hombre. Tomando el pecado de los redimidos -pasado, presente y futuro- en su cuerpo en la cruz (1ª Pedro 2:24). Cristo, como el Cordero de Dios sin mancha, cumplió cabalmente con las demandas de la justicia divina en cuanto a nuestros pecados. De esta manera, podemos ser perdonados y restaurados a la comunión con Dios (2ª Corintios 5:21).

 

En contraste, el mormonismo enseña que por la expiación de Jesucristo “todos los hombres son redimidos de la muerte física y de la tumba...” (Doctrinas de Salvación, 1:118; Artículos de fe, 92). De esta manera, la muerte de Jesús solamente garantiza que todo hombre resucitará; algunos para exaltación y otros para condenación.

6. La Biblia enseña, los cristianos a través de todas las edades de la Iglesia lo han creído, que la caída de Adán fue un gran mal, y que por medio de dicha caída, el pecado entró al mundo, poniendo a todo hombre bajo la condenación y la muerte. Aunque todos los hombres nacen con una naturaleza pecaminosa, serán juzgados individualmente por los pecados que cometan (Ezequiel 18:1-20; Romanos 5:12-21).

 

En contraste , el mormonismo enseña que “la Caída fue un paso necesario para el plan de vida y causa de grandes bendiciones para toda la humanidad” (Principios del Evangelio, 31. También Doctrinas de Salvación, 1:108; Libro del Mormón, 2 Nefi 2:25).

 

7. La Biblia enseña, y los cristianos a través de todas las edades de la Iglesia lo han creído. Que somos salvos solamente por gracia, y esto es completamente aparte de cualquier obra del hombre (Efesios 2:8-9). La ley moral fue dada para que el hombre se diese cuenta de su incapacidad total para satisfacer las demandas de un Dios justo (Romanos 3:20; 5:20 7:7-8; Gálatas 3:19). La Ley ceremonial (los sacrificios) fue dada como símbolo de la provisión del Cordero de Dios que quita el pecado del mundo (Juan 1:29; Hebreos 9:11-14; 10:1-14). No podemos contribuir en nada a nuestra salvación, porque aparte de Cristo, estamos espiritualmente “muertos en nuestros delitos y pecados” (Efesios 2:1, 5). Un resultado de la salvación es que Dios nos da un corazón nuevo que desea obedecer sus leyes. La salvación no es por las buenas obras, sino que la fe produce buenas obras. (Sin la evidencia de una vida cambiada, un testimonio de fe en Jesucristo es puesto en duda; el ser salvo sólo por la gracia de Dios no significa que podamos vivir como queramos (Rom.6).

 

En contraste, el mormonismo enseña que todo hombre recibirá la salvación, cosa que ellos definen como “la unión inseparable del cuerpo y del espíritu que viene como resultado de la expiación y resurrección del Salvador” (Principios del Evangelio, 346-347). Pero, para obtener suma salvación, lo que ellos llaman exaltación, que es “morar en la presencia de Dios” (Doctrinas de Salvación 2:12), la persona “debe perseverar fielmente en guardar todos los mandamientos del Señor” (Principios del Evangelio,285). Las obras, según ellos, son requisitos para poder morar en la presencia de Dios (Tercer Artículo de Fe; Doctrinas de Salvación, 2:5).

 

8. La Biblia enseña, los cristianos a través de todas las edades de la Iglesia lo han creído, que el propósito principal de la expiación de Jesucristo es proveer la solución al problema del pecado, que origina la muerte a cada hombre. Tomando el pecado de los redimidos -pasado, presente y futuro- en su cuerpo en la cruz (1ª Pedro 2:24). Cristo, como el Cordero de Dios sin mancha, cumplió cabalmente con las demandas de la justicia divina en cuanto a nuestros pecados. De esta manera, podemos ser perdonados y restaurados a la comunión con Dios (2ª Corintios 5:21).

 

En contraste, el mormonismo enseña que por la expiación de Jesucristo “todos los hombres son redimidos de la muerte física y de la tumba...” (Doctrinas de Salvación, 1:118; Artículos de fe, 92). De esta manera, la muerte de Jesús solamente garantiza que todo hombre resucitará; algunos para exaltación y otros para condenación.

 

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                El canto congregacional

 Pero a medianoche, orando Pablo y Silas, cantaban himnos a Dios"  (Hechos de los apóstoles 16:25).

 

"El día de la Reforma cantamos casi siempre el gran himno "Castillo fuerte en nuestro Dios". Este es probablemente el himno más querido de la Reforma. Y solamente es uno de entre muchos. Menos conocido es el hecho de que Juan Calvino también fue autor de por lo menos un himno, que todavía se canta hoy día, aunque no aparece en todos nuestros himnarios. Tenemos que hacer notar, como introducción, un hecho  interesante: que la Reforma restauró el canto congregacional.

¿Por qué decimos "restauró"? Porque el canto congregacional es tan antiguo como la iglesia. Los salmos dan testimonio de que la iglesia del Antiguo Testamento cantaba. La Iglesia del Nuevo Testamento era también una iglesia de cantores desde su mismo principio.

 

 (. . .) Lo más importante es que la Reforma produjo gente que podía cantar. Cantar significa algo más que poner un verso en música; el canto espiritual nace del corazón. Sólo el canto gozoso --el corazón que ha experimentado el gozo de la salvación-- es apto para cantar alabanzas a Dios".  (Texto: Gordon H. Girod/ Del libro "Dios no ha muerto"/Ilustración: Interior catedral protestante de san Pedro de Ginebra).

          Cuando la misericordia lucha                                    por la justicia

El que sigue la justicia y la misericor-dia hallará la vida, la justicia y la honra”     (Proverbios 21:21)

 

"El perdón, el verdadero perdón es el fruto de una lucha entre dos justicias, entre la justicia corta de los hombres y la justicia ancha y generosa de Dios.

Con frecuencia oponemos la misericordia a la justicia, como si el perdón no hiciera más que apartar a un lado las exigencias de la justicia. Esto es una visión falsa, que hace injusta a la misericordia y cree que en la justicia no hay piedad. La realidad es más compleja, más rica y más profunda. La misericordia quiere la justicia, y lleva su preocupación por ésta más allá de lo que nosotros mismos hacemos habitualmente.

 

A los ojos del misericordioso, la más grande miseria no es sufrir la injusticia, sino ser un hombre injusto, que comete la injusticia y acaba por amarla. Por encima de los actos que se suponen injustos, el misericordioso considera a la persona capaz siempre, si no por sí misma al menos por la gracia de Dios, de volver a la justicia, y sigue amándola a pesar de sus equivocaciones. Para él, la conversión del corazón a la justicia tiene mayor precio que todos los perjuicios exteriores que haya podido sufrir, y así es su misericordia: volver las armas y los actos de la injusticia contra la misma para vencerla en el corazón de los demás y en su propio corazón."                                          (Servais Pinckaers)