Registrada en el Ministerio de Justicia en 1.993. Miembro de la F.E.R.E.D.E. y del C.E.A.A.

 

       "¿No podré yo hacer de vosotros como este alfarero,                    oh casa de Israel? dice Jehová. He aquí que como el

              barro en la mano del alfarero, así sois vosotros en

              mi mano, oh casa de Israel"  (Jeremías 18:6)

 

 

Incapacidad del hombre incrédulo para entender las Santas Escrituras

 

Muchos hombres, en cualquier área de la sociedad, y aún dentro de nuestras propias congregaciones cristianas, hablan y hablan de la Palabra de Dios con un aparente conocimiento que deslumbra aún a muchos cristianos sinceros, los cuales piensan y creen que en la vida y testimonio de estos simples estudiosos bíblicos se hace realidad aquello de lo que se ufanan sin pudor alguno. Pero, en realidad, esto no es así en la mayoría de ellos. La propia Palabra de Dios , así como ungidos siervos de Dios dirigidos por el Espíritu Santo que “todo lo escudriña” (1ª Corintios 2:10) y que guía “a toda la verdad” (Juan 16:13), advierten continuamente a la Iglesia de Cristo sobre este grave peligro que se cierne sobre las congregaciones cristianas: el considerar  que el simple e intelectual conocimiento de las Escrituras es suficiente para conocer a Dios y acercarse a  Él. Este error puede llevar al hombre a la falsa seguridad  de creer que  vive y experimenta  la revelación de Dios: nada más alejado de la realidad bíblica.

 

A tal efecto, el reconocido pastor, teólogo y escritor inglés Martyn Lloyd-Jones (1899-1981), en su interesante libro “El Sermón del Monte”, escribió lo que transcribimos a continuación: “Nunca olvidaré, a este respecto, a un hombre que siempre que lo encontraba, me dejaba con la impresión de que era un gran estudioso de la Biblia. Supongo que en un sentido lo era, pero su vida por desgracia estaba muy lejos de lo que se describe en las páginas del Nuevo Testamento. Con todo, el estudio de la Biblia era su pasatiempo favorito y esto es lo que temo. Se puede ser estudioso de la Biblia en un sentido mecánico. Así como algunos pasan horas a Shakespeare, otros lo pasan analizando la Biblia. Está muy bien analizar Escritura si se hace con carácter secundario y si se tiene cuidado de que ello no se convierta en algo exclusivo, de modo que sólo nos interesemos en un sentido objetivo e intelectual. Se trata de una Palabra única, y no se debe estudiar como cualquier otro libro. Cada vez entiendo más a aquellos padres y santos de la Iglesia de siglos pasados que decían que la Biblia sólo se debe leer de rodillas. Necesitamos que se nos recuerde esto sin cesar cuando nos acercamos a la Palabra de Dios, a saber, que es en realidad y de verdad la Palabra de Dios que nos habla directamente”.

 

Es notorio que el hombre no conoce la revelación bíblica, aunque puede ser que algunos eruditos seculares hayan profundizado en el estudio de los textos bíblicos, mayormente los concernientes al Nuevo Testamento, pero todos somos conscientes de cuán lejos se encuentran de la experiencia de la revelación de Dios en sus vidas por causa de la separación producida por el pecado. Por ello, para conocer a Dios y su plan de salvación en su Hijo Jesucristo no basta con el estudio más o menos erudito de la Biblia, porque como declara Pablo a los corintios: “Pero si nuestro evangelio está aún encubierto , entre los que se pierden está encubierto; en los cuales el dios de este siglo cegó el entendimiento de los incrédulos, para que no les resplandezca la luz del evangelio de la gloria de Cristo, el cual es la imagen de Dios” (2ª Corintios 4:3-4). Se hace necesario, pues, algo más que un estudio más o menos profundo de los textos sagrados: la intervención directa de Cristo, tal como sucedió con los propios apóstoles: “Entonces les abrió el entendimiento, para que comprendiesen las Escrituras” (Lucas 24: 45). Resulta evidente en este texto que el hombre por sí mismo, por propia iniciativa y capacidad, no puede llegar a entender la profundidad del mensaje bíblico, porque “el hombre natural no percibe las cosas que son del Espíritu de Dios, porque para él son locura, y no las puede entender, porque se han de discernir espiritualmente” ( 1ª Corintios 2:14). Sólo Dios, por medio de su Espíritu, puede iluminar el corazón humano para que pueda acceder, desde su ignorancia, a la bendita Palabra de Dios revelada.

                                                 (Texto: Jesús Mª Vázquez Moreno/Ilustración: obra de Rembrand)

 

La seguridad personal 

de que uno se encuentra entre los elegidos por Dios

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"Todo creyente verdadero puede y debe saber que él es uno de los predesti-nados a la vida eterna. Como la fe en Cristo, la cual es don de Dios, es el medio de salvación y es conferida sólo a los elegidos, la persona que sabe que posee esta fe puede estar segura de que se encuentra entre los elegidos. La mera presencia de fe, no importa cuán débil sea, siempre y cuando sea una fe verdadera, es prueba de salvación: “Y creyeron todos ( y sólo ellos) los que estaban ordenados para vida eterna” (Hechos 13:48). La fe es un milagro de la gracia en aquellos que ya han sido salvados –una garantía espiritual de que su salvación fue “consumada” en la cruz y confirmada en la mañana de la resurrección. Los salvos saben que el amor de Dios ha sido derramado en sus corazones, y que sus pecados han sido perdonados.

 

En el Progreso del Peregrino se nos dice que cuando los pecados de Cristiano fueron perdonados, una pesada carga cayó de sus hombros y él experimentó gran alivio. Toda persona convertida debe saber que es uno de los elegidos, ya que el Espíritu Santo renueva sólo a aquellos que son escogidos por el Padre y redimidos por el Hijo. “Es necedad pensar que uno que sinceramente ama a Jesucristo y confía en Jesucristo como su Salvador y amorosamente le obedece como Señor, pueda carecer de la elección de Dios. Es, más bien, por ser uno de los elegidos de Dios que él puede ejercer la fe en Cristo para la salvación de su alma e imitar a Cristo en la conducta diaria . . .Es imposible que un creyente en Cristo no sea elegido de Dios, porque es sólo por la elección de Dios que uno cree en Cristo . . . No necesitamos, no debemos, buscar en ningún otro lugar una prueba de nuestra elección. Si creemos en Cristo y le obedecemos, entonces somos sus hijos elegidos” (Dr. Warfield).

 

Nosotros sabemos que hemos pasado de muerte a vida, en que amamos a los hermanos. El que no ama a su hermano, permanece en muerte” (1 Juan 3:14))"Todo aquel que es nacido de Dios, no practica el pecado, porque la simiente de Dios permanece en él; y no puede pecar, porque es nacido de Dios"  (1 Juan 3:9)Es decir, el pecar va en contra de los principios internos del creyente. Cuando él reflexiona profunda y sobriamente sobre el pecado, ello le es repulsivo y lo odia. Del mismo modo que un buen ciudadano no hace nada que vaya a obrar en detrimento de su nación, así el creyente verdadero no hace nada que vaya a resultar en perjuicio del reino de Dios. En la práctica, nadie en este mundo vive una vida perfectamente libre de pecado; no obstante, ésta es la meta ideal que todo creyente busca alcanzar.

 

Sigue diciendo el Dr. Warfield, “Pedro nos exhorta en 2 Pedro 1:10  a que procuremos “hacer firme nuestra vocación y elección”, siendo diligentes en buenas obras. Él no dice que mediante buenas obras podremos obtener de Dios un decreto de elección a favor nuestro. Lo que nos enseña es que cultivando el germen de la vida espiritual recibida de Dios hasta su pleno florecimiento --”ocupándonos” en nuestra salvación, no sin Cristo sino en Cristo, por supuesto—podremos alcanzar la seguridad de la elección que profesamos. . . Las buenas obras, por tanto, son señal y prueba de la elección, y cuando son tomadas en el sentido pleno en que Pedro las considera aquí, con las únicas señales y pruebas de la elección. Nunca podremos saber que somos elegidos de Dios a vida eterna excepto al manifestar en nuestras vidas los frutos de la elección –fe y virtud, conocimiento y dominio propio, paciencia y piedad, amor fraternal . . . Es inútil buscar la seguridad de la elección aparte de una vida santa. Dios escogió a su pueblo antes de la fundación del mundo precisamente para que fuesen santos. La santidad, por ser el producto necesario, es por tanto la señal inequívoca de la elección”.

 

Toplady ha dicho al respecto: “Una persona que experimenta el poder de la vida espiritual sabe tan ciertamente si sobre él brilla la luz de la gracia divina o si anda en tinieblas como el viajero sabe si está viajando bajo un sol refulgente o bajo la lluvia”. . . Pablo exhortó a los corintios: “Examinaos a vosotros mismos si estáis en la fe; probaos a vosotros mismos” 2 Corintios 13:5).

                                                                                                                              (Loraine Boettner) 


                                                                

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"Toda la Escritura es inspirada por Dios, y útil para enseñar, para redargüir, para corregir, para instruir en justicia" (2ª Timoteo 3:16)

   Solo la Fe

  Solo la Gracia

  Solo Cristo

  Solo la Escritura

  Solo a Dios gloria 

            MAYORDOMOS DE CRISTO

El que es mayor de vosotros, sea vuestro siervo. Porque el que se enaltece será humillado, y el que se humilla será enaltecido” (Mat.23:11-12)

Nuestro servicio es glorioso, porque es el servicio de Cristo: nos sentimos honrados al permitírsenos servir a Aquél cuyos zapatos no somos dignos de desatar.

Se nos dice también que somos mayordomos. ¿Qué es el mayordomo? Esa es nuestra función. ¿Qué se requiere del mayordomo? Éste es nuestro deber. No estamos hablando ahora de nadie de los que están fuera, sino de vosotros, hermanos, y de mí mismo; por lo tanto, hagamos una aplicación personal de todo lo que se dice.

  

Primeramente, un mayordomo es tan sólo un siervo. Quizá no siempre se acuerda; y es cosa lamentable que el siervo empiece a pensar que es el amo. Es una lástima que los siervos, cuando son honrados por su amo, sean tan propensos a tener ínfulas. ¡Qué ridículo puede llegar a ser el mayordomo! No me estoy refiriendo a los mayordomos y lacayos, sino a nosotros mismos. Si nos engrandecemos a nosotros mismos, llegaremos a ser despreciables; y no engrandeceremos ni a nuestra función ni al Señor. Somos siervos de Cristo, y no señores sobre su heredad. Los ministros son para las iglesias, y no las iglesias para los ministros. Trabajando entre las iglesias, no podemos osar considerarlas como fincas a explotar en beneficio propio, ni jardines para cultivar según nuestro propio gusto . . . Como mayordomos, somos tan sólo siervos de categoría; ¡ojalá que el Señor mantenga en nosotros un espíritu de cordial obediencia!”     

                          (Charles H. Spurgeon)

   LA FELICIDAD POR LA MISERICORDIA

"Bienaventurados los misericordiosos, porque ellos alcanzarán misericordia"                                            (Mateo 5:7).

La misericordia  ejercida y activa en nuestro corazón, en nuestros pensamientos y en nuestros actos, se ha convertido en una bienaventuranza. Es como un hilillo de agua fresca que brota de la misericordia de Dios y que nos hace ya participar de la felicidad misma de Dios. Nos enseña, mucho mejor que los libros, que la verdadera felicidad no consiste en tomar y en poseer, en juzgar y en tener razón, en imponer la justicia a nuestro modo, sino más bien en dejarnos tomar y asir por Dios, en someternos a su juicio y a su justicia generosa, en aprender de Él la práctica cotidiana de la misericordia. Ahí es donde tendremos la experiencia de que hay más alegría en dar que en recibir, pues la misericordia nos invadirá junto con la alegría que ella misma nos proporciona, en la medida en que nosotros la hayamos dado. No hay camino más seguro hacia la felicidad que todos deseamos. "

                      (SERVAIS PINCKAERS)