Registrada en el Ministerio de Justicia en 1.993. Miembro de la F.E.R.E.D.E. y del C.E.A.A.

       

          "¿NO PODRÉ YO HACER DE VOSOTROS COMO ESTE                        ALFARERO, OH CASA DE ISRAEL? DICE JEHOVÁ.

       HE AQUÍ QUE COMO EL BARRO EN LA MANO DEL                          ALFARERO, ASÍ SOIS VOSOTROS EN MI MANO"

                                   (Jeremías 18:6)

 El día 24 de septiembre se cumplen 460 años de la muerte de María de Bohórquez. Ocurrió en Sevilla a manos de la cruel y sanguinaria Inquisición. Sólo contaba con 21 años de edad.

María de Bohórquez, hija del jurado Pero García de Xerez y Bohórquez, fue llevada a la hoguera junto a María Coronel, María de Virués, Francisca López, María de Cornejo, Isabel Baena, Catalina González y María González, hermana de la anterior. María de Bohórquez fue una fiel discípula de Jesucristo, del cual dio testimonio hasta el mismo momento de su muerte. En las lúgubres mazmorras de la Inquisición donde estuvo presa, aún antes de su ejecución, fue visitada una y otra vez por diferentes monjes que la aconsejaron que se retractase de su fe evangélica, cosa que ella siempre rebatió con firmes y sólidos argumentos bíblicos.

 

En aquel caluroso domingo de septiembre, un precioso puñado de mujeres fieles al Evangelio de Jesucristo entregaron sus vidas en defensa de su fe en el Amado. Sevilla vivió este dramático acontecimiento como un día especial de fiesta popular, pero la verdadera fiesta se daba en el Cielo, donde las huestes celestiales que rodeaban el Trono de Dios acogían con gozo las almas de estas ejemplares y valientes mártires, tal como dice la Palabra de Dios: “Estimada es a los ojos de Jehová la muerte de sus santos” (Salmo 116:15).

 

Muchos años después, al ser informado por los medios de comunicación de las altas temperaturas que se experimentan en Sevilla en este mes de septiembre, y al leer en cierta revista cristiana un bien documentado artículo sobre el tema de la Inquisición sevillana, mi mente viajó a la ciudad hispalense. Allí me vi paseando por la popular plaza de San Francisco, lugar donde se celebró el cruel Auto de Fe que condenó a muerte a este grupo de santas mujeres. Contemplando la hermosa fachada plateresca del palacio municipal pude ver, con poco disimulado estupor, en un apartado rincón de dicha edificación, una cruz de piedra que recordaba estos sanguinarios espectáculos organizados por los discípulos de “Babilonia la Grande, la madre de las rameras y de las abominaciones de la tierra(Apoc.17).

 

Sentado en un banco de la plaza, a pesar del sofocante calor que pretendía abrasarme, mi corazón se desbordó en gozosa gratitud ante el Señor por el poderoso testimonio vivido en este mismo lugar en aquel aciago siglo XVI. ¡Cuánto necesitamos ahora de estas poderosas muestras de fe! Con emoción contenida, no pude evitar el situarme en aquel día de autos. En esta irregular espacio se agolpaba un expectante gentío venido de barrios alejados de la ciudad con el sólo deseo de disfrutar con tan dantesto e inhumano espectáculo. Gritaban ruidosamente pidiendo alborozados la muerte en la hoguera para estas “peligrosas herejes luteranas”. El padre de mentira, Satanás, había hecho correr esta falacia entre el ignorante populacho que creía ver en todo esto una manifestación de la justicia divina a través del “santo” Oficio.

 

Ante los ojos de Dios, Sevilla sigue siendo un lugar donde está entronizada la idolatría; donde el Evangelio de Jesucristo está suplantado por un culto pagano cimentado en las herejías más tenebrosas y fanáticas. Basta pasear por sus calles para poder confirmarlo. La antigua entrada a la ciudad desde el sur, la Puerta de Jerez, está presidida por una escultura sedente dedicada a la diosa Ceres, ante cuya protección se han refugiado los sevillanos desde tiempos pretéritos. La verdad, es que nada ha cambiado, ni aún el asfixiante calor que envuelve a una ciudad que camina sin remedio hacia un terrible horno de fuego y azufre que ha de devorarla cuando llegue el inevitable juicio de Dios sobre sus habitantes. Pero aún hay esperanza para ella, como lo hay para el más vil de los pecadores. Así lo declara la Palabra de Dios: “Arrepentíos y convertíos para que sean borrados vuestros pecados; para que vengan de la presencia del Señor tiempos de refrigerio” (Hechos 3:19). Sevilla necesita el refrigerio de Dios. Sevilla necesita volverse arrepentida a Dios. Sevilla necesita el gratificante frescor que solo puede venir de Aquel que dijo: “El que bebiere del agua que yo le daré; no tendrá sed jamás; sino que el agua que yo le daré será en él una fuente de agua que salte para vida eterna” (Juan 4:14). ¡Esta maravillosa experiencia espiritual es la que sostuvo a estas ocho mujeres en tan terrible trance. El Señor estaba en medio del fuego fortaleciéndolas!                                                                                                                                   Jesús Mª Vázquez Moreno)

 

 

 

Padeciendo por Cristo

 

Bienaventurados los que ahora lloráis, porque reiréis (Lucas 6:21)

 

No hay nada más enfrentado y alejado entre sí que los principios de Jesús y los del mundo. Pretender armonizarlos es imposible: sería como conciliar el fuego con el agua; la luz con las tinieblas o Cristo con Belial. Que el mundo acepte que son dichosos aquellos que lloran o padecen persecución injustamente es una tremenda muestra de insensatez, porque el mundo basa toda su felicidad en la abundancia y en la alegría fácil, nunca en las lágrimas nacidas del sufrimiento y la injusticia. Cristo promete a los suyos: “Bienaventurados los que ahora lloráis, porque reiréis” (Lucas 6:21).

 

El dios de este siglo quiere hacer creer al hombre, y lo consigue, que es motivo de prestigio y reconocimiento  el ser admitido y aceptado en todos los ámbitos sociales. Esta es una burda y cruel trampa de Satanás, de aquel que quiso engañar a Jesucristo astutamente: Otra vez le llevó el diablo a un monte muy alto, y le mostró todos los reinos del mundo y la gloria de ellos, y le dijo: Todo esto te daré, si postrado me adorares” (Mateo 4:8-9). La respuesta de Jesús desbarató la trampa del enemigo. Dios está por encima de todo reino, de toda grandeza y de toda gloria humana, y sólo Él debe ser adorado (vers.10).

 

Muchos creyentes sufren por el rechazo y el desprecio de los demás, pero su sufrimiento no es por causa del testimonio de su fe en Cristo, sino por no ser aceptados y queridos por esta sociedad impía. Esto lo reprueba Jesucristo, quien dice: “Bienaventurados seréis cuando los hombres os aborrezcan, y cuando os aparten de sí, y os vituperen, y desechen vuestro nombre como malo, por causa del Hijo del Hombre” (Lucas 6:22).

 

Nosotros, amados en el Señor, seremos bienaventurados y dichosos cuando estemos alejados de la gloria del mundo, de la gloria de los hombres impíos (Juan 12:43); cuando seamos “vituperados por el nombre de Cristo. . .porque el glorioso Espíritu de Dios reposa sobre vosotros” (1ª Pedro 4:14). “Gozaos y alegraos, porque vuestro galardón es grande en los cielos” (Mateo 5:12). Si es así en tu vida, hermano, dale gracias al Señor por haber sido escogido para tan gran privilegio.

                                             (Jesús Mª Vázquez Moreno)                          

"Digo, pues, por la gracia que me es dada, a cada cual que está entre vosotros, que no tenga más alto concepto de sí que el que debe tener, sino que piense de sí con cordura, conforme a la medida de fe que Dios repartió a cada uno" (Romanos 12:3)

 

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              La verdadera humildad 

Ser humilde es tenerse a sí mismo en poca estima. Es ser modesto, sencillo, estar dispuesto a pasar desapercibido. La humildad se retira de la vista pública, no busca la publicidad y los lugares altos, ni le importan las posiciones prominentes. La humildad es por naturaleza retraída. Nunca se exalta así misma en los ojos de los otros, ni siquiera en los propios. La modestia es una de sus características predominantes.

 

La humildad carece totalmente de orgullo, y se encuentra a la mayor distancia de cosas como la vanidad o el engreimiento. No hay autoadulación en la humildad. Más bien tiene la disposición para alabar a otros. "En cuanto a honra, prefiriéndoos los unos a los otros". No tiende a exaltarse a sí misma. La humildad no gusta de los asientos principales, ni aspira a los lugares más importantes. Está dispuesta  a ocupar los asientos más bajos, y prefiere los lugares donde pasará inadvertida.

La humildad no tiene los ojos puestos sobre sí misma, sino sobre Dios y sobre los otros. Es pobre de espíritu, mansa en su conducta, de corazón sufrido. "Con toda humildad y mansedumbre, soportándoos con paciencia los unos a los otros en amor" (Efesios 4:2).

 

(. . .) Dios da mucho valor al corazón humilde. Es bueno vestirse de humildad como si fuera un manto. "Dios resiste a los soberbios, y da gracia a los humildes." Lo que acerca a Dios el alma del que ora, es su corazón humilde.Lo que da alas a la oración, es una mente mansa. Lo que pronto da acceso al trono de la gracia, es el saberse incapaz de nada. El orgullo, la vanagloria y el amor propio cierran completamente la puerta de la oración.

                                (E.M. BOUNDS)             

                 EL SUPREMO VALOR DE

                 LA PALABRA DE CRISTO

"Cada palabra pronunciada por el Señor Jesús esta repleta de profunda enseñanza para los cristianos. Es la voz del Pastor supremo. El es la Cabeza de la Iglesia dirigiéndose a todos su miembros, el Rey de reyes hablando a sus súbditos, el Señor de la casa hablando a sus siervos, el Capitán de nuestra salvación hablando a sus soldados. Por encima de todo, es la voz de Aquel que dijo: "Yo no he hablado por mi propia cuenta; el Padre que me envió,él  me dio mandamiento de lo que he de decir, y de lo que he de hablar" (Juan 12:49). El corazón de todo creyente debiera arder en su interior cuando oye las palabras de su Señor, debiera decir: "¡La voz de mi amado!"

(Cantares 2:8)  (Del libro "Advertencias a las iglesias", de Juan Carlos RYLE (Editorial Peregrino), título que recomendamos .