Registrada en el Ministerio de Justicia en 1.993. Miembro de la F.E.R.E.D.E. y del C.E.A.A.

       

          "¿NO PODRÉ YO HACER DE VOSOTROS COMO ESTE                        ALFARERO, OH CASA DE ISRAEL? DICE JEHOVÁ.

       HE AQUÍ QUE COMO EL BARRO EN LA MANO DEL                          ALFARERO, ASÍ SOIS VOSOTROS EN MI MANO"

                                   (Jeremías 18:6)

 

 

Necesitamos una

nueva reforma

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Solemos buscar las causas de la crisis que atraviesa el movimiento evangélico español en la indiferencia, la secularización y el materialismo crecientes de nuestra sociedad. Aunque no podemos despreciar la incidencia de estos hechos contemporáneos en la vida de nuestras congregaciones, la verdadera causa, sin embargo, es la degradación de la fe. La razón de la esclerosis que padecemos no es, seguramente, tanto la vejez como el hecho de que el Espíritu no sopla ya con la fuerza de antaño; tal vez porque no acudimos con la actitud adecuada allí donde verdaderamente sopla el Espíritu: en su Palabra.

 

Es una necesidad urgente la renovación espiritual de las iglesias en España. Necesitamos una nueva reforma, un avivamiento y una reafirmación de nuestra identidad propia. Mas para todo ello se requiere que, primeramente, examinemos a la luz de la Biblia lo que todavía representa para nosotros –-como influencias negativas-- el falso pietismo que viene a reemplazar la verdadera piedad y consagración; el subjetivismo extremo que sustituye a la lealtad a la sola Escritura y la confianza en el solo Cristo por la fe en las propias experiencias; el dispensacionalismo cuya hermenéutica fantasiosa, escapista y caprichosa neutraliza grandes porciones de la Escritura por medio de las cuales Dios quiere hablarnos, escamoteándole a la iglesia algunos de sus impulsos más creadores y significativos; y el legalismo que conduce inevitablemente al fariseísmo ético y a la esterilidad moral más absoluta. Examinemos todo esto a la luz de la Biblia con humildad y con espíritu de arrepentimiento.

 

Convendría, asimismo, sobreponerse a una tentación lógica pero peligrosa: tratar de reproducir el pasado en cantidad y ruidosamente. Aunque supuestamente renovadora para algunos hermanos, esta opción es falsa por impotente. Revela una sorprendente falta de imaginación y de discernimiento de la situación actual, así como de sus causas principales. De hecho, representa una evasiva de la problemática real y conlleva la restauración sin más, de los modelos anteriores y la continuación de un idéntico talante; modelos y talante que nos han llevado al punto en que estamos de perplejidad e impotencia. Significa la recreación enmascarada del pasado inmediato con nostalgia excesiva y obsesiva, cuando precisamente lo que necesitan las iglesias evangélicas en España es huir de este pasado inmediato de mediocridad y superficialidad.

 

El criterio de la renovación tiene que ser la vuelta a los orígenes de nuestra fe: el regreso a la Sagrada Escritura, sin mediatizaciones de ninguna clase. Esto supondría cuestionar todas nuestras “tradiciones”, humanizar –y aun evangelizar—cierta “pastoral legalista” que está todavía vigente en muchas congregaciones, colocar todas las actividades de nuestras asambleas bajo el juicio de la Palabra de Dios, y estar dispuestos al examen de convivencia, al arrepentimiento y la revisión de vida. Tareas fatigosas y dolorosas a las que, por el momento, no parecen querer apuntarse muchos. No hay que ser pesimistas. El Señor sigue en su trono, lo que supone fe en la victoria final de Jesucristo. Tal vez la crisis actual tiene sentido y una intención providenciales en los planes de Dios con respecto a la historia de su pueblo aquí en España. Todavía es posible creer en la posibilidad de una reforma y una renovación en profundidad, anhelando un potente avivamiento como resultado de todo ello. A pesar de todo y a pesar de nosotros mismos y de nuestras desorientadas iglesias. (Daniel 9:4-6).

  (Texto: José Grau/Ilustración: Púlpito monasterio san Isidoro del Campo, Santiponce)

 

 

 El cristiano y su lucha espiritual de cada día

 

Porque no tenemos lucha contra sangre y carne, sino contra principados, contra potestades, contra los gobernadores de las tinieblas de este siglo” (Efesios 6:12)

 

Nuestra lucha, como antorchas en medio de las tinieblas de este mundo, no es contra los hombres que nos rodean. Ellos están compuestos de sangre y carne como nosotros y, por consiguiente, no tienen ni tendrán ningún poder decisivo sobre nuestra alma. Su aparente fuerza y astucia tiene un área de acción muy limitada, y no debe resultarnos difícil protegernos de ellos. Los enemigos espirituales contra los que tenemos que combatir durante toda nuestra peregrinación aquí en la tierra son mucho más terribles y dañinos. Por su astucia no los percibimos hasta que no experimentamos sus malvados ataques, evidenciados por las graves heridas recibidas, al igual que ocurre con las peores enfermedades que azotan al ser humano,como está ocurriendo en nuestros días con el aterrador virus Covid-19. Estos enemigos contra los que luchamos en el nombre de Cristo son los principados, potestades y gobernadores de las tinieblas de este siglo y las huestes espirituales de maldad en las regiones celestes (vers. 12). El propio texto indica la mejor protección como soldados de Jesucristo: “Vestíos de toda la armadura de Dios, para que podáis estar firmes contra las acechanzas del diablo” (vers. 11). Todo discípulo de Cristo ya ha sido advertido por su Maestro del peligro que le acechará mientras, obediente y mansamente, realiza la obra para la cual fue escogido y redimido : “Id; he aquí yo os envío como corderos en medio de lobos” (Lucas 19:3).

 

También tenemos que combatir contra los deseos de la carne, contra el mover de nuestra propia concupiscencia y contra las inclinaciones de nuestra mente carnal. Nosotros, en gran medida, somos nuestro más temible enemigo debido, sobre todo, a que nuestros sentidos nos engañan, siendo víctimas de nuestros propios “deseos carnales que batallan contra el alma” (1ª Pedro 2:11). Debemos aprender, siguiendo el consejo de Dios, a desconfiar del corazón, que es engañoso y perverso (Jeremías 17:9). De ahí que David suplique a Dios: “No dejes que se incline mi corazón a cosa mala, a hacer obras impías con los que hacen iniquidad; y no coma yo de sus deleites” (Salmo 141:4). ¡Cuán amarga y desgraciada experiencia tuvo que vivir este varón de Dios por descuidar la guardia sobre su propio corazón! ¡Tantas batallas ganadas sobre los filisteos para guardar celosamente la viña del Señor. . .y la suya no guardó! (Cantares 1:6).

 

Amado hermano, es notorio que muchos creyentes viven asustados y cohibidos por lo que el diablo y sus huestes espirituales de maldad les podrían hacer a ellos y a su entorno más cercano. Pero esto no es sino fruto del trabajo engañoso de Satanás, sabedor de que el miedo hace más vulnerable al cristiano que desconoce el poder recibido de Dios. Ahora es el momento para que examines tu vida espiritual y compruebes si vas vestido “de toda la armadura de Dios” para que puedas “estar firme contra las asechanzas del diablo” (Efesios 6:11-18). Recuerda que “las armas de nuestra milicia no son carnales, sino poderosas en Dios para la destrucción de fortalezas” (2ª Corintios 10:4)                                                                (Jesús Mª Vázquez Moreno)


                                                                

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   Solo la Fe

  Solo la Gracia

  Solo Cristo

  Solo la Escritura

  Solo a Dios gloria 

                El canto congregacional

 Pero a medianoche, orando Pablo y Silas, cantaban himnos a Dios"  (Hechos de los apóstoles 16:25).

 

"El día de la Reforma cantamos casi siempre el gran himno "Castillo fuerte en nuestro Dios". Este es probablemente el himno más querido de la Reforma. Y solamente es uno de entre muchos. Menos conocido es el hecho de que Juan Calvino también fue autor de por lo menos un himno, que todavía se canta hoy día, aunque no aparece en todos nuestros himnarios. Tenemos que hacer notar, como introducción, un hecho  interesante: que la Reforma restauró el canto congregacional.

¿Por qué decimos "restauró"? Porque el canto congregacional es tan antiguo como la iglesia. Los salmos dan testimonio de que la iglesia del Antiguo Testamento cantaba. La Iglesia del Nuevo Testamento era también una iglesia de cantores desde su mismo principio.

 

 (. . .) Lo más importante es que la Reforma produjo gente que podía cantar. Cantar significa algo más que poner un verso en música; el canto espiritual nace del corazón. Sólo el canto gozoso --el corazón que ha experimentado el gozo de la salvación-- es apto para cantar alabanzas a Dios".  (Texto: Gordon H. Girod/ Del libro "Dios no ha muerto"/Ilustración: Interior catedral protestante de san Pedro de Ginebra).

          Cuando la misericordia lucha                                    por la justicia

El que sigue la justicia y la misericor-dia hallará la vida, la justicia y la honra”     (Proverbios 21:21)

 

"El perdón, el verdadero perdón es el fruto de una lucha entre dos justicias, entre la justicia corta de los hombres y la justicia ancha y generosa de Dios.

Con frecuencia oponemos la misericordia a la justicia, como si el perdón no hiciera más que apartar a un lado las exigencias de la justicia. Esto es una visión falsa, que hace injusta a la misericordia y cree que en la justicia no hay piedad. La realidad es más compleja, más rica y más profunda. La misericordia quiere la justicia, y lleva su preocupación por ésta más allá de lo que nosotros mismos hacemos habitualmente.

 

A los ojos del misericordioso, la más grande miseria no es sufrir la injusticia, sino ser un hombre injusto, que comete la injusticia y acaba por amarla. Por encima de los actos que se suponen injustos, el misericordioso considera a la persona capaz siempre, si no por sí misma al menos por la gracia de Dios, de volver a la justicia, y sigue amándola a pesar de sus equivocaciones. Para él, la conversión del corazón a la justicia tiene mayor precio que todos los perjuicios exteriores que haya podido sufrir, y así es su misericordia: volver las armas y los actos de la injusticia contra la misma para vencerla en el corazón de los demás y en su propio corazón."                                          (Servais Pinckaers)