Registrada en el Ministerio de Justicia en 1.993. Miembro de la F.E.R.E.D.E. y del C.E.A.A.

 

       "¿No podré yo hacer de vosotros como este alfarero,                    oh casa de Israel? dice Jehová. He aquí que como el

              barro en la mano del alfarero, así sois vosotros en

              mi mano, oh casa de Israel"  (Jeremías 18:6)

 

 

La transformación

de la MENTE

 

Renovaos en el espíritu de vuestra mente” (Efesios 4:23)

 

La mente humana esquiva el sufrir o cualquier cosa que pueda traer el desprestigio. Pero Cristo actualmente buscó éstos cuando acarrearían bendición a otros. Aceptó el morir como criminal en una cruz de agonía, la quintaesencia del sufrimiento y de la vergüenza. “Empero de un bautismo me es necesario ser bautizado”, dijo, “ y ¡cómo me angustio hasta que sea cumplido!” (Lucas 12:50). “El vaso que el Padre me ha dado, ¿no lo tengo de beber?” (Juan 18:11).

 

La mente de Cristo se opone tan esencialmente a la mente humana que su manifestación implica nada menos que una transformación completa. ¿Hasta dónde le llevó a Él esa mente? A la cruz. Si la tenemos nosotros, ¿hasta dónde nos llevará? Así, inevitablemente, a la cruz, pues nada menos que la cruz de Cristo tiene suficiente poder para obrar esta transformación tan radical.

 

Mucho del cristianismo de hoy carece de cruz. Cesó la ofensa de la cruz. Ya no turba profundamente nuestra manera de vivir. Como los griegos de los días de nuestro Señor, las contraseñas de nuestra filosofía son la cultura propia y el placer propio. La mente de Cristo lleva a la ofrenda y el sacrificio de sí mismo, nota que muy a menudo hace falta en la armonía de nuestra vida. Cuando Jesús se hizo “obediente hasta la muerte, y muerte de cruz”, parecía que esto fuera el fin prematuro de su vida. Pero en vez de esto, realmente vino a ser germinación. El grano de trigo que cayó en la tierra sobre el Calvario, germinó –volvió a vivir-- en tres mil vidas en el día de Pentecostés y en millones sin número durante los siglos después.

 

No hay otra ley para llevar frutos espirituales. Tenemos que estar listos para morir definitivamente a las cosas que parecen a la mente mundana indispensables. Tan sólo conforme consentimos en morir habremos de revivir en otros. El tomar la cruz cada día y seguir a nuestro Maestro en humillación y sacrificio de nosotros mismos, puede que no parezca perspectiva que atrae, pero cuando nos atrevemos a hacerlo hallaremos, como lo hizo Samuel Rutherford (1600-1661, pastor, teólogo y escritor escocés presbiteriano reformado), que la cruz será para nosotros tan pesada como son las alas para el ave.

 

¿Cómo obtendremos la mente de Cristo? ¿Podemos crearla desde dentro ¿Es un proceso de imitación? ¿Quién pudiera imitar el carácter de Cristo, grande, majestuoso, puro como el cristal? . . . ¿No se sugiere el secreto de la exhortación, “Haya, pues, en vosotros este sentir que hubo también en Cristo Jesús”? Es la obra de Otro. ¿No es la obra suprema del Espíritu Santo la de reproducir en el entregado creyente la disposición interior de Cristo? ¿Qué es el fruto del Espíritu (Gál. 5:22,23) si no es la mente de Cristo? Según voluntariamente consentimos en la crucifixión de la mente mundana, y de propósito nos rendimos a las influencias santificadoras del Espíritu Santo, Él llevará a cabo el milagro. Se transformarán nuestras mentes cada día más por la renovación del Espíritu Santo.”

                                                                  (De “Clínica espiritual”, de J. Oswald Sanders)

 

 

 

Incapacidad del hombre incrédulo para entender las Santas Escrituras

 

Muchos hombres, en cualquier área de la sociedad, y aún dentro de nuestras propias congregaciones cristianas, hablan y hablan de la Palabra de Dios con un aparente conocimiento que deslumbra aún a muchos cristianos sinceros, los cuales piensan y creen que en la vida y testimonio de estos simples estudiosos bíblicos se hace realidad aquello de lo que se ufanan sin pudor alguno. Pero, en realidad, esto no es así en la mayoría de ellos. La propia Palabra de Dios , así como ungidos siervos de Dios dirigidos por el Espíritu Santo que “todo lo escudriña” (1ª Corintios 2:10) y que guía “a toda la verdad” (Juan 16:13), advierten continuamente a la Iglesia de Cristo sobre este grave peligro que se cierne sobre las congregaciones cristianas: el considerar  que el simple e intelectual conocimiento de las Escrituras es suficiente para conocer a Dios y acercarse a  Él. Este error puede llevar al hombre a la falsa seguridad  de creer que  vive y experimenta  la revelación de Dios: nada más alejado de la realidad bíblica.

 

A tal efecto, el reconocido pastor, teólogo y escritor inglés Martyn Lloyd-Jones (1899-1981), en su interesante libro “El Sermón del Monte”, escribió lo que transcribimos a continuación: “Nunca olvidaré, a este respecto, a un hombre que siempre que lo encontraba, me dejaba con la impresión de que era un gran estudioso de la Biblia. Supongo que en un sentido lo era, pero su vida por desgracia estaba muy lejos de lo que se describe en las páginas del Nuevo Testamento. Con todo, el estudio de la Biblia era su pasatiempo favorito y esto es lo que temo. Se puede ser estudioso de la Biblia en un sentido mecánico. Así como algunos pasan horas a Shakespeare, otros lo pasan analizando la Biblia. Está muy bien analizar Escritura si se hace con carácter secundario y si se tiene cuidado de que ello no se convierta en algo exclusivo, de modo que sólo nos interesemos en un sentido objetivo e intelectual. Se trata de una Palabra única, y no se debe estudiar como cualquier otro libro. Cada vez entiendo más a aquellos padres y santos de la Iglesia de siglos pasados que decían que la Biblia sólo se debe leer de rodillas. Necesitamos que se nos recuerde esto sin cesar cuando nos acercamos a la Palabra de Dios, a saber, que es en realidad y de verdad la Palabra de Dios que nos habla directamente”.

 

Es notorio que el hombre no conoce la revelación bíblica, aunque puede ser que algunos eruditos seculares hayan profundizado en el estudio de los textos bíblicos, mayormente los concernientes al Nuevo Testamento, pero todos somos conscientes de cuán lejos se encuentran de la experiencia de la revelación de Dios en sus vidas por causa de la separación producida por el pecado. Por ello, para conocer a Dios y su plan de salvación en su Hijo Jesucristo no basta con el estudio más o menos erudito de la Biblia, porque como declara Pablo a los corintios: “Pero si nuestro evangelio está aún encubierto , entre los que se pierden está encubierto; en los cuales el dios de este siglo cegó el entendimiento de los incrédulos, para que no les resplandezca la luz del evangelio de la gloria de Cristo, el cual es la imagen de Dios” (2ª Corintios 4:3-4). Se hace necesario, pues, algo más que un estudio más o menos profundo de los textos sagrados: la intervención directa de Cristo, tal como sucedió con los propios apóstoles: “Entonces les abrió el entendimiento, para que comprendiesen las Escrituras” (Lucas 24: 45). Resulta evidente en este texto que el hombre por sí mismo, por propia iniciativa y capacidad, no puede llegar a entender la profundidad del mensaje bíblico, porque “el hombre natural no percibe las cosas que son del Espíritu de Dios, porque para él son locura, y no las puede entender, porque se han de discernir espiritualmente” ( 1ª Corintios 2:14). Sólo Dios, por medio de su Espíritu, puede iluminar el corazón humano para que pueda acceder, desde su ignorancia, a la bendita Palabra de Dios revelada.

                                                 (Texto: Jesús Mª Vázquez Moreno/Ilustración: obra de Rembrand)


                                                                

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   Solo la Fe

  Solo la Gracia

  Solo Cristo

  Solo la Escritura

  Solo a Dios gloria 

           PAGAR EL PRECIO 

Para llegar a ser un vaso de honor delante de Dios es necesario purificarse del vaso de deshonor. Que todo aquel que se llama por el nombre del Señor se separe de la impiedad. Si un hombre se purifica será un vaso de honor. Como vaso de honor, puede seguir la justicia, la fe, el honor, la paz con aquellos que invocan al Señor de puro corazón. Los que sacaron sus espadas y estaban decididos en sus corazones a ponerse del lado de Dios, y mataron a sus propios hermanos fueron los únicos calificados para ser levitas (v. Éx. 32:25-29).  Hay que pagar un precio para mantener el círculo de la unidad.

No nos imaginemos que la unidad puede ser obtenida teniendo más amor y más tolerancia. No hay posibilidad de ello, porque la base de la unidad es el abandonar el pecado. Todo lo que peca contra la unidad de los cristianos tiene que ser expulsado. Los cristianos, hoy, no son uno, pero no porque su amor sea inadecuado, sino porque sus pecados no son plenamente tratados.. No hay falta de paciencia y afecto humanos hoy, pero ¿de qué sirven?

Dios ha abierto los ojos de algunos hoy para que vean el cuerpo y el alcance de la iglesia. Una vez han sido cautivados por la unidad de todos los cristianos y se ha desatendido de los lazos de los afectos humanos, están libres, de modo natural, para salir adelante y seguir al Señor.  

                                     (WATCHMAN NEE)    

                    OBEDECER A DIOS                   

¡Cuánta injusticia y cuántos pecados y ofensas han sido cometidos contra el cuerpo de Cristo! Permíteme que te diga, si una persona es fiel y obediente al Señor, puede ser uno con todos los que aman al Señor. Pero si desea mantener otra clase de unidad, será contaminada por la misma clase de pecado y de injusticia que tienen los otros. . .

 

Si todos los hermanos y hermanas se levantaran para juzgar el pecado, la comunión entre los cristianos sería una. Si todos obedecieran a Dios, verían lo que es la unidad del cuerpo. La carne, las sectas y las divisiones de modo natural serían expulsadas, y los hijos de Dios serían uno. . .Si alguno desea buscar la unidad con los hijos de Dios, tiene que juzgar el pecado con todos los hijos de Dios. Si algunos juzgan el pecado y otros no, ¿puede haber unidad?  Pero es justo juzgar el pecado.

El que juzga el pecado es uno con  todos lo que juzgan el pecado".                                                                        (WATCHMAN NEE)