Registrada en el Ministerio de Justicia en 1.993. Miembro de la F.E.R.E.D.E. y del C.E.A.A.

     

                    Lema para 2018:

    " Levántate y conquista con el poder del            Espíritu Santo" (Zacarías 4:6)

        (Tomado de la Iglesia "Torre Fuerte")     

                         _____________________                He aquí  que como el barro en la mano del                alfarero, así sois vosotros en mi mano" (Jer. 18:6)

 

 

La vocación

al ministerio cristiano
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La preparación de jóvenes para el ministerio presenta tópicos que reclaman la máxima atención. En nuestros días se esta sintiendo la necesidad de que los futuros ministros del Evangelio obtengan una formación sólida, y son muy loables los esfuerzos y la labor que en este sentido educativo vienen realizando no pocos seminarios y escuelas bíblicas.

Pero tan importante, por no decir más, como la capacitación es la vocación, sin la cual nadie debería entrar al ministerio. No habría de rehuirla nadie que de veras la sintiera; la resistencia de Jonás no fue ningún acierto. Pero jamás debiera aspirar a un lugar de responsabilidad en la obra del Señor aquel que no haya sentido un verdadero llamamiento. A un falso profeta del Antiguo Testamento (Hananías) se le dijo: Jehová no te envió, y tú has hecho confiar en mentira a este pueblo” (Jeremías 28:15-17)”y su castigo fue la muerte, por usurpador.

 

Hay una vocación falsa que conviene distinguir. En este caso el llamamiento no proviene del Señor por medio de su Santo Espíritu, sino de los atractivos humanos del ministerio. Ser pastor, por ejemplo, puede parecer a los ojos de algunos hombres una hermosa carrera con amplias posibilidades de satisfacer aspiraciones intelectuales, sociales o determinados gustos particulares (generalmente poco espirituales), una figura respetable (triste figura la del pastor que tal pensara) en la que no faltan honores, a la par que se sale de la monotomía de una vida gregaria dentro de un taller, almacén u oficina. ¡Ay de los que siguen los dictados de este falso llamamiento! ¡Ay de los pies sacrílegos que se atreven a hollar el camino sagrado del ministerio con miras carnales y humanas!

 

La verdadera vocación es producto del Espíritu Santo y el único móvil en quienes la sienten es un gran amor a Cristo y una compasión profunda por las almas perdidas. Se caracteriza por un deseo irresistible de consagrarlo todo a Cristo, un afán intenso de predicar y honrar el Evangelio con todas las energías, un sentimiento aplastante de responsabilidad que hace exclamar: "¡ay de mí si no anunciare el evangelio"(1ª Corintios 9:16). Alguien dijo con mucho tino: "No entréis en el ministerio si podéis evitarlo".

 

Este deseo que corresponde a la verdadera vocación está siempre cargado de desinterés y abnegación. No quiere decir esto que el ministro o aspirante al ministerio haya de hacer el riguroso "voto de pobreza" católico-romano; pero ha de estar dispuesto a afrontar toda clase de circunstancias con gozo y sin fluctuaciones en su lealtad.

 

También debiera examinarse a sí mismo objetivamente quien cree ser llamado por el Señor, a fin de ver si sus aptitudes están en consonancia con sus deseos. Cuando Dios quiso que algunos animales volaran les dio alas y cuando quiere que un hombre sea ministro suyo le da antes, aunque sea en potencia, de modo embrionario, la capacidad y el carácter propios para el desempeño de su obra. Por lo general, harían bien en dudar de lo real de su vocación los que no tienen certeza de su compromiso con Cristo, los que no tienen ideas muy claras sobre su llamamiento, los que carecen de decisión y de firmeza en la fe y los que por poseer un carácter deficiente ya endurecido apenas pueden ajustarse satisfactoriamente a los obligatorios requisitos que aparecen en la palabra (1ª Timoteo 3:2-7; Tito 1:5-9).

 

Al lado de un juicio personal de sí mismo hecho con toda sinceridad, sería prudente colocar el juicio de otras personas competentes en el Espíritu. También puede ser valioso el criterio de la iglesia a que pertenece el aspirante al ministerio, así como los resultados que obtenga en sus actividades cristianas. Un trabajo pequeño pero bendecido por Dios puede ser señal de aprobación para labores de mayor reponsabilidad.

A todo esto debe añadirse una gran dosis de oración y una viva confianza en la providencia divina por parte del que se siente llamado. El ministerio no es una ocupación laboral más con la que mantenemos nuestra vida y familia (en el ministerio no hay jubilación, ni desempleo, ni paro: "...de gracia recibisteis, dad de gracia" (Mateo 10:8). El ministro del Señor, más que nadie, debe poner en práctica aquel precioso texto bíblico: "Encomienda a Jehová , y confía en él; y él hará" (Salmo 37:5). Todos los pasos, después de la vocación, deben ser guiados por la sabiduría certera de Dios y no por la impaciencia y la torpeza propias de los hombres.

 

Sirvan estas consideraciones de estímulo a cuantos realmente sienten la vocación celestial, y de valladar a los demás que intenten medrar a costa del Evangelio de Jesucristo.

A continuación exponemos unas ungidas y sabias palabras del experimentado siervo de Dios Carlos H. Spurgeon:

      "Cuando pienso en los males sin cuento que pueden resultar de un error en cuanto a nuestra vocación al pastorado cristiano, me siento abrumado por el temor de que alguno de nosotros se muestre remiso en el exámen de sus respectivas credenciales; y preferiría que nos halláramos en grande duda y nos examináramos muy a menudo, a que nos constituyéramos en estorbo de esa profesión...Es lo mismo profesar cristianismo sin conversión, que ser pastor sin vocación. En ambos casos se adopta un nombre, y nada más".

                                            (Revista "El Cristiano español" 1952)

 

 

SOLI DEO GLORIA

Todas las actividades del creyente, todos su pensamientos, todos sus deseos, deben tener como fin común la gloria de Dios.  El cristiano no obra por el mero obrar, ni habla por el mero hablar, existe una meta bien definida hacia la cual debe desplegar todo su ser: la gloria de Dios. "Si pues coméis, o bebéis, o hacéis otra cosa, hacedlo todo a gloria de Dios", es la exhortación del  Apóstol. El Catecismo Mayor de Westminster, extracto y esencia de la verdad revelada, empieza con esta pregunta:  "¿Cuál es el más alto e importante fin del hombre?" A la que responde: "El fin más alto e importante del hombre es glorificar a Dios y gozar de Él para siempre". Esta fue la meta hacia la cual los héroes de la fe cristiana desplegaron su existencia. Por eso triunfaron, por eso fueron grandes.

 

Vivimos en un tiempo crítico. El hombre ha perdido el norte de su vida. No tiene ideal hacia el cual pueda desplegar sus actividades, ni meta hacia la cual pueda dirigir sus esfuerzos. El materialismo de nuestro tiempo es la filosofía de una humanidad derrotada; de una humanidad ciega por el pecado e incapacitada para descubrir el fin glorioso para el cual Dios creó al hombre. ¡Levántate, cristiano! Alumbra al mundo con la luz del Evangelio, y proclama al hombre el fin glorioso para el cual tú vives.

 

La pureza de nuestra vida, la sinceridad de nuestra profesión cristiana y la ortodoxia de nuestro credo doctrinal, quedarán bien patentes a la luz de esta pregunta reveladora: “¿Busco yo la gloria de Dios?”. Es en verdad alarmante, una vez la hemos contestado,descubrir en nosotros otras metas, otros motivos, otros ideales. Lo que en realidad buscamos es más bien nuestra gloria, la gloria de la criatura, y desechamos, por consiguiente, la gloria del Creador, “el cual es bendito por los siglos”. ¡Qué pobres somos, y qué miserables! De las cosas de esta vida hacemos ídolos, y a ellas volcamos nuestra adoración. ¡Cristiano, cristiano! Despierta a la realidad de tu llamamiento, y al culto y obediencia de Aquel que te ha llamado. Comprende, ya de una vez, que por sí mismas, las cosas de esta vida no son fines, sino medios que tú debes usar y subordinar es esta tu búsqueda suprema: la gloria de Dios.. . .

 

El verdadero objetivo de la predicación es la gloria de Dios. Todo lo demás, ya sea la predicación de edificación, como la de evangelización, debe subordinarse a esta meta, Ni aún la salvación del pecador constituye, de por sí, el fin último de la predicación. El fiel siervo de Dios agoniza por la salvación del pecador, no sólo porque ama su alma y desea su bienestar espiritual, sino también porque está persuadido que con la conversión del pecador Cristo obtiene nuevos trofeos, y el nombre de Dios se llena de gloria.

                                ( Dr. David Estrada Herrero/Tomado de la revista “TU REINO”)

  

 13 noviembre/ 400 Aniversario del Sínodo de DORDRECHT,donde se aprobaron los 5 puntos del "calvinismo".

JUAN CALVINO había fallecido 55 años antes, en 1564)

https://reformadoreformandome.files.wordpress.com/2007/10

"Mirad, pues, con diligencia cómo andéis, no como necios sino como sabios, aprovechando bien el tiempo, porque los días son malos. Por tanto, no seáis insensatos, sino entendidos de cuál sea la voluntad del Señor " (Efesios 5:15-17)

 

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  Solo la Gracia

  Solo Cristo

  Solo la Escritura

  Solo a Dios gloria 

El Catecismo reformado de Heidelberg (s. XVI)

En estos últimos tiempos, estamos viviendo circunstancias muy preocupantes en nuestras iglesias reformadas con relación a los funda-mentos doctrinales que las rigen. Consideramos, pues, como una imperante necesidad el volver de nuevo a las valiosas confesiones de fe de nuestros antiguos hermanos de la Reforma;  tratados de fe que han sido arrinconados en mucha iglesias históricas por sucedáneos que en nada reflejan la pureza bíblica que sustentó la vida espiritual y el íntegro testimo-nio de muchos hombres y mujeres que honraron el nombre del Señor Jesucristo, a pesar de vivir en medio de graves dificultades y peligros.

 

Con el fin de estimular la vuelta a la lectura y meditación de dichos tratados de fe, incluimos la primera pregunta del Catecismo de Heidelberg (1563):

¿Cuál es tu único consuelo tanto en la vida como en la muerte?

 

Que yo, con cuerpo y alma, tanto en la vida como en la muerte (Rom. 14:8) , no me pertenezco a mí mismo (1 Co. 6:19), sino a mi fiel Salvador Jesucristo (1 Co. 3:23; Tit.2:14) , que me libró de todo el poder del diablo (Heb. 2:14; 1Juan 3:8; Jn. 8:34-36), satisfaciendo enteramente con su preciosa sangre por todos mis pecados (1 P. 1:18-19; 1J.1:7; 2:2-12), y me guarda de tal manera (Jn. 6:39; 10:28; 2 Ts. 3:3; 1  P. 1:5) que sin la voluntad de mi Padre celestial ni un sólo cabello de mi cabeza puede caer (Mt.10:30; Lc. 21:18), antes es necesario que todas las cosas sirvan para  mi salvación (Ro. 3:28).

Por eso también me asegura, por su Espíritu Santo, la vida eterna y me hace pronto y aparejado para vivir en adelante su santa voluntad (Ro. 8:14; 1 Jn. 3:3)".

      Llamados a ser consoladores

"Por tanto, si hay alguna consolación en Cristo, si algún consuelo de amor, si alguna comunión del Espíritu, si algún afecto entrañable, si alguna miseri-cordia, completad mi gozo, sintiendo lo mismo, teniendo el mismo amor, unánimes, sintiendo una misma cosa"                                          (Filipenses 3:1-2)

        Estando sentado en la sala de espera de una clínica privada dedicada a la rehabilitación física de personas con problemas de movilidad, pude constatar algo que impresionó mi corazón en gran manera: los enfermos que allí esperaban su turno, así como los que iban saliendo de las salas de consulta y rehabilitación, se trataban con una ternura y comprensión que llegó a conmover mi corazón. Aquel lugar, aquella situación especial, era como una isla en medio de la cruel indiferencia y frialdad de una sociedad atrofiada en sus sentimientos más primarios. 

Sin gran dificultad, llegué a deducir que aquellas personas estaban dañadas físicamente, pero las propias dificultades físicas, el sufrimiento y el dolor, habían ablandado sus corazones, siendo solidarios con sus compañeros de infortunio, mientras las que estaban fuera del simple cristal de la puerta de entrada a la clínica arrastraban una existencia cauterizada por el egoísmo y la más acentuada dureza de corazón. 

        Hermanos amados,¡cuánto necesita-

mos meditar sobre nuestra actitud y comportamiento hacia los demás hombres que están hechos a la misma imagen y semejanza de Dios como nosotros! 

"Vestíos, como escogidos de Dios, santos y amados, de entrañable misericordia, de benignidad, de humildad, de mansedumbre, de paciencia" (Colosenses 3:12)

¡Que no tengamos que pasar los hijos de Dios por  circunstancias tan amargas y dolorosas como son los daños físicos y la enfermedad,  para que lleguemos  a aprender lo que la Palabra de Dios nos insta y muestra un día tras otro!

( Rodrigo de Sotomayor/ Ilustración: Pierre Subleyras)