Registrada en el Ministerio de Justicia en 1.993. Miembro de la F.E.R.E.D.E. y del C.E.A.A.

     

                    Lema para 2018:

    " Levántate y conquista con el poder del            Espíritu Santo" (Zacarías 4:6)

        (Tomado de la Iglesia "Torre Fuerte")     

                         _____________________                He aquí  que como el barro en la mano del                alfarero, así sois vosotros en mi mano" (Jer. 18:6)

El Cristo compasivo

 La caña cascada no quebrará, y el pábilo que humea no apagará” (Mateo 12:20)

 

En los textos que anteceden al que acabamos de leer, hallamos al Señor Jesús blanco de la crítica de sus enemigos, los fariseos, quienes le acusan de cometer pecado contra la ley del sábado al permitir que sus discípulos hambrientos, pasando por un sendero entre ricos campos de trigo, tomen una espiga de vez en cuando para comer su grano y, también, por curar a un pobre con una mano seca, llevado de su compasión, y hacerlo en sábado, en su propia sinagoga, delante de sus propios ojos.

Acusado por ambos “pecados”, se defiende presentando el episodio bíblico de David y los suyos entrando en el Tabernáculo y tomando los panes de la proposición, que solamente podían comer los sacerdotes para aplacar su hambre de fugitivos.

 

Después pone ante ellos el caso de un hombre que ve caída a su oveja en una fosa, para preguntarles si podrían dejarla perecer por no pecar salvándola en el día de sábado, añadiendo, al notarles parapetados en su silencio: “Pues, ¿cuánto más vale un hombre que una oveja? Así que, lícito es en los sábados hacer bien” (Mateo 12: 11-12).

Vencidos por la lógica contundente de sus palabras colmadas de bondad, ellos salen de su presencia para reunirse en concilio y pensar en “cómo se lo sacarían de delante, destruyéndole” (14). Entonces el Señor “se aparta de allí, pero seguido por muchas gentes, y sanaba a todos”

En tanto les va librando de sus dolencias, para inspirarles confianza espiritualmente, les recuerda una de las viejas profecías de Isaías, el profeta mesiánico por excelencia, parte de la cual es el texto leído.

 

Una primera lección no es la gran verdad traslúcida en el pasaje señalado en cuanto al pecado muy peligroso y muy común de la crítica, la que hiere bien profundamente, en ocasiones, las vidas con heridas que no pueden curarse y que nos acompañan hasta la muerte. Cristo protesta contra el pecado en esta ocasión, como había protestado en otras, más especialmente en su maravilloso Sermón de la Montaña, cuando dijo: “No juzguéis, para no ser juzgados. Porque con el juicio con que juzguéis seréis juzgados” (Mateo 7:1-2) , añadiendo su duro adjetivo de “hipócritas” a los que tal hagan, los que deben mirar primeramente “la viga que está en su ojo, antes de criticar la mota que veas en el ojo de tu hermano”.

 

Mirando esta metáfora en sentido general, nos enseña que el reino de Cristo es uno de dulzura y amor sin límites, señalándonos que si bien El es como un león enfrentado con sus adversarios, es también el Cordero de Dios que toma nuestro pecado, el de las almas que le reciben como a tal y rindan su voluntad de pobres pecadores a su voluntad de Salvador.   El texto inicial está formado por una doble metáfora, presentando dos objetos: Una caña cascada, probablemente una humilde flauta de pastor, abandonada por haberse estropeado al ser pisada inadvertidamente, y una lámpara de aceite, un candil del tiempo presente, cuya llamita ha muerto, acaso por accidente también, pero quedando un poquito, muy poquito, de brasa en la punta de la torcida humeante, la cual , soplando fuerte es posible que pueda volver a brillar y dar luz 

Al fin de la sencilla ilustración doble Jesús, hablando de Sí mismo, dice que El “no quebrará la caña cascada, ni apagará del todo la torcida, humeante todavía”.

                             (Autor: Jorge W. Truett /Fragmento tomado de “El cristiano español”, 1952)

 

 

¿Amamos a nuestro prójimo con el amor de Jesucristo?

 

“Y amarás al Señor tu Dios con todo tu corazón, y con toda tu alma, y con toda tu mente y con todas tus fuerzas. Este es el principal mandamiento. Y el segundo es semejante: Amarás a tu prójimo como a ti mismo. No hay otro mandamiento mayor que éstos" (Marcos 12:30-31)

 

Al meditar reposadamente en el Espíritu en este texto tan importante para la vida cristiana, es necesario que consideremos una respuesta sincera sobre si verdaderamente amamos a nuestro prójimo. Si ocurre que nuestro amor al prójimo no responde a la medida establecida para amar a Dios, es evidente que no le amamos a Él. En tal sentido, la virtud espiritual de aquel que es incapaz de amar a su prójimo es nula, tal como declara la propia Palabra: “Si alguno dice: Yo amo a Dios, y aborrece a su hermano, es mentiroso. Pues el que no ama a su hermano a quien ha visto, ¿cómo puede amar a Dios a quien no ha visto? Y nosotros tenemos este mandamiento de él: El que ama a Dios, ame también a su hermano” (1ª Juan 4:20-21). Esta doctrina la recibió Juan de labios del amado Maestro y de su testimonio vivo y cotidiano ante los hombres. Al mismo tiempo, es un mandamiento básico e incuestionable que está llamado a obedecer todo seguidor de Jesucristo: “Un mandamiento nuevo os doy: Que os améis unos a otros; como yo os he amado, que también os améis unos a otros. En esto conocerán todos que sois mis discípulos, si tuviereis amor los unos con los otros” (Juan 13:34-35). La señal, pues, de ser un verdadero discípulo de Jesús no radica en las muchas palabras ni en el mucho conocimiento vano, sino en mostrar hacia nuestro prójimo el amor recibido abundantemente de Él. Esta es la mayor y más fiable prueba que identifica a un genuino hijo de Dios.

 

Ante esto, es conveniente considerar que el mandamiento que nos ha sido dado de amar al prójimo es semejante al de amar a Dios. No podemos establecer diferencia entre el uno y el otro: para Dios no existe , y nosotros no debemos establecerla. Este doble precepto es para el cristiano como el fundamento inamovible, firme, sobre el que se ha de edificar su vida cristiana. Si alguno de estos dos pilares se tambalea, cae a tierra irremisiblemente su profesión cristiana. Confesar que se ama a Dios y aborrecer a los hermanos es, aparte de una grosera mentira, edificar sobre arena insegura a los ojos de Dios.

 

Todos estamos llamados, y confrontados por el Señor, mediante su mandamiento, a amar a nuestros hermanos y a nuestros prójimos. Conviene tener en cuenta que la falta de amor es un serio pecado que daña gravemente al que lo comete y a quienes son víctimas de él. No olvidemos que el Señor nos amó primero siendo nosotros pecadores (Romanos 5:8; 1ª Juan 4:10). El que ama con el amor de Dios no escoge a su prójimo con el fin de amarlo, sino que ama sin hacer acepción de personas. Un alma inflamada de amor de Dios ama a todos sin distinción, mostrándose sensible a las miserias y flaquezas de los demás. Es misericordioso y compasivo con todos, y se hace cargo como el buen samaritano de sus males y sufrimientos. Lejos de endurecer su corazón por la actitud malvada y egoísta de algunos, se muestra paciente y comprensivo, aflorando incontenible el caudal de su amor en Cristo.

 

El apóstol Pablo, consciente de la trascendencia de la fuerza poderosa del amor, recomienda una y otra vez a las iglesias amarse con el amor de Cristo, único vínculo perfecto que es capaz de fundir a la Iglesia en una comunión santa: “Y sobre todas estas cosas vestíos de amor, que es el vínculo perfecto” (Colosenses 3:14)

¿Estamos dispuestos a hacer realidad en nuestra vidas esta Palabra de Dios ? El Señor espera nuestra respuesta al mayor de sus mandamientos.

      (Texto: Jesús Mª Vázquez Moreno/Ilustración: Fragmento obra de Teófilo Patini)

 

  

La verdadera esperanza que

el hombre necesita

 

Alma mía, en Dios solamente reposa, porque de él es mi esperanza” (Salmo 62:5)

 

Todos somos conscientes de que a nuestro alrededor hay una manifiesta carencia de algo que el hombre sólo puede encontrar en Jesucristo: la verdadera esperanza que afirma el corazón del ser humano. Es evidente, que el hombre de nuestros días se siente invadido por una creciente y preocupante inseguridad que no puede ser paliada por nada que la sociedad le pueda ofrecer. El hombre del siglo XXI, heredero de un desafiante y soberbio ateísmo es, en cambio, un ser dominado por la falta de una firmeza y seguridad que nada ni nadie en este mundo le puede ofrecer.

 

La ciencia, los avances tecnológicos, el progreso social y económico no ofrece -–aunque a muchos así les parezca— esperanza alguna al inseguro y vulnerable hombre de nuestros días. Y todo es debido a que esta sociedad materialista ha venido construyendo, utópicamente, una inestable “torre de babel” que no llega a ningún cielo imaginario. Una vez más, el padre de mentira ha conseguido su malvado propósito, sumiendo a mayores y jóvenes en un insuperable temor que les hace depender de él consciente o inconscientemente.

 

La Palabra de Dios nos dice, una y otra vez, que la única y verdadera esperanza de la humanidad no está cimentada en acontecimientos humanos, sino en Dios y sus benditas y firmes promesas. Nosotros, como hijos de Dios, estamos llamados a vivir nuestra nueva vida en Cristo en una gozosa y permanente esperanza, “porque fiel es el que prometió” (Hebreos 10:23). Por ello, amados hermanos, Cristo es, y debe ser siempre, nuestra esperanza de gloria (Colosenses 1:27). Vivir sin esperanza es vivir de espaldas a Dios. No olvidemos que el Señor “nos hizo renacer para una esperanza viva” (1ª Pedro 1:3).   Ante estas consoladoras palabras , "Mantengamos firme, sin fluctuar, la profesión de nuestra esperanza, porque fiel es el que prometió" (Hebreos 10:23).                                                                                                                                                               (Jesús Mª Vázquez Moreno)

"Los jóvenes tienen que dejar las niñerías, los juegos y la diversión en la Iglesia, y aprender doctrina y tomarle seriedad a la Biblia" (Paul Washer)

 

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      LA VERDADERA UNIDAD EXISTE

"...solícitos en guardar la UNIDAD DEL ESPÍRITU en el vínculo de la paz" (Efesios 4:3)

 

La verdadera unidad existe. La cuestión

es: ¿Quién puede producir esa unidad? Y la respuesta es que sólo el Espíritu Santo puede producir tal unidad. Eso fue lo que ocurrió en Pentecostés. Como resultado del bautismo con el Espíritu Santo, no solo predicaron aquellos cristianos primitivos codo con codo un mismo mensaje de salvación, sino que además "se añadieron aquel día como tres mil almas" (Hechos 2:41). Y podemos asegurar que  aquellas almas eran verdaderas "piedras vivas" y no meros elementos decorativos en una estructura vacía. En otras palabras, para alcanzar la meta de la unidad entre cristianos . . . es imprescindible la vigorosa acción del Espíritu Santo produciendo un verdadero temor de Dios y un intenso anhelo por su gloria. Un mero sentimiento intelectual a una determinada ortodoxia no es suficiente. Ya tenemos demasiado cadáveres eclesiásticos constituidos por ese material, demasiados valles de huesos secos. Solo el soplo del Espíritu puede formar un cuerpo vivo y vitalizador.

 

Querido hermano, si anhelas ver al pueblo de Dios unido alrededor de un proyecto, una visión o una causa común, no te dejes engañar por el espejismo de Babel ni te conformes con la bendición de Adulam. Elévate a Pentecostés, busca que el Espíritu sople sobre los huesos secos, que su fuego consuma toda la escoria de nuestros apaños, maniobras y estrategias. Imbúyete del espíritu del Maestro, quien dijo: "No recibo gloria de los hombres" (Juan 5:41), y de su siervo Pablo, quien dejó claro que no buscaba "gloria de los hombres, ni de vosotros ni de otros" (1ª Tesalonicenses 2:6).    (D. C. M.)

               La verdadera santidad  

"Existen un  sinfín de baratijas para sustituir la verdadera santidad, muchas carreteras de segundo orden por las cuales andar practicando una mera profesión cristiana, y es fácil seguir por alguno de estos caminos, perdiendo así toda la esencia del Cristianismo Neotestamenta-rio. En mis tiempos de estudiante sentía hambre de conocer esta verdad, y escudriñé fervientemente las Escrituras para hallar el corazón de las enseñanzas neotestamentarias. Finalicé mi búsqueda con la firme convicción de que el Espíritu Santo puede producir en nuestros días cristianos  iguales a Cristo. No robots religiosos, ni controversistas doctrinales.

 

No máquinas evangélicas, sino hombres que sean como Cristo Jesús fue. Y ésta es la esencia de esta oración: que podamos ser iguales a El. Todo su contenido no es más que una relación de los atributos de Cristo. El fue el Hombre desestimado, el Hombre despreciado, el Hombre que más ingratitudes recibió de aquellos a quienes beneficiaba.

 

Jesús jamás aceptó honor alguno, po el que los hombres tanto suspiran. El fue en verdad el Hombre totalmente rechazado, hasta que por fin fue ejecutado. Esta oración está, además, en completa armonía con muchos pasajes de la Escritura. Sin lugar a dudas, su autor era un hombre de Dios.

La obra que Dios desea de manera suprema que se realice en nuestros corazones es inculcarnos la semejanza a Cristo. Y esto precisa muchos años de madurez, en comunión con El. No existen atajos en este tipo de crecimiento espiritual. No hay ninguna organización, ningún tipo de actividad que pueda sustituirlo. Precisamos experimentar, en nuestra vida diaria, una hambre y sed insaciables de que la naturaleza de Cristo en nosotros. Es preciso que nos mantengamos vigilantes, comprometidos en nuestra lucha espiritual, para que podamos mantenernos en contacto con la realidad cristiana en nuestras vidas. No podemos alternar nuestra lucha.

 

 

 

 

 

 

 

(C. H. S./1890)