Registrada en el Ministerio de Justicia en 1.993. Miembro de la F.E.R.E.D.E. y del C.E.A.A.

     

                    Lema para 2017:

    "...porque es tiempo de buscar a Jehová"                          (Oseas 10:12)

        (Tomado de la Iglesia "Torre Fuerte")     

                         _____________________                He aquí  que como el barro en la mano del                alfarero, así sois vosotros en mi mano" (Jer. 18:6)

¿Protestantes genuinos o simples imitadores?

 

Muchos observadores de la Iglesia, bien de dentro o de fuera de ella, consideran que el nombre Protestante aplicado a la iglesia de nuestros días ya no tiene sentido alguno. Y todo por una razón convincente: ningún creyente actual protesta, todo lo contrario, ya que muchos de ellos viven de tal manera que a veces es difícil diferenciarlos del resto de la sociedad a la cual pertenecen. Comparten, con toda normalidad, actividades culturales y sociales que identifican a los incrédulos, evidentemente muy diferenciadas de aquellas que aparecen explicitadas claramente en las Santas Escrituras. Encontramos que aspectos cultuales firmemente arraigados en iglesias de tradición protestante, tales como la alabanza y la predicación bíblica , han sido sustituidas, sin ningún tipo de rubor ni temor a Dios, por canciones extraídas del contexto social del momento, de la discografía de moda (evidentemente, lo justifican cambiando la letra por otra de línea “cristiana”, ¡faltaría menos!), pasando los hermosos himnarios al olvido más absoluto, al rincón polvoriento de la historia. Estas iglesias desconocen, posiblemente sin pretenderlo, que la ofrenda al Señor debe ser preparada solo y exclusivamente para Él: “Como este incienso que harás, no os haréis otro según su composición; te será cosa sagrada para Jehová” (Éxodo 30:37).

En cuanto a la predicación dominical, ha sido suplantada por breves discursos apoyados en la psicología y en la visión egocéntrica, relativista y liberal del humanismo: nada de autoridad de la Biblia, nada de doctrina de Dios, nada de verdadera y pura exposición exegética de la Escritura, nada de exhortación sobre el pecado. En definitiva, nada que pueda molestar o herir la sensibilidad de los creyentes de hoy, mayormente nacidos del decisionismo más desafiante. Asimismo, la predicación cristológica ha sido escondida o manipulada, predominando la figura de un Jesús bondadoso y bueno, pero despojado de su indiscutible divinidad. La condición culpable del pecador ante la demanda justa de Dios ha sido sustituida por los “comprensibles” errores propios de cualquier ser humano ¡quién no se equivoca! Según ellos, el Dios de amor es comprensible con las debilidades inherentes al carácter del hombre.

 

Ante todo esto, conviene resaltar que los hermanos que nos han precedido, los verdaderos protestantes, nunca optaron por posiciones predominantes en el contexto social, cultural o religioso de cada época; nunca se dejaron influenciar negativamente por las corrientes dominantes sino todo lo contrario, hicieron todo lo posible para que los verdaderos valores del Evangelio de Jesucristo impregnasen positivamente los medios donde ellos desarrollaban sus ministerios. Nunca se intimidaron, nunca se dejaron seducir por la atrayente oferta del mundo; nunca dudaron del llamamiento santo del Espíritu; nunca tuvieron en cuenta el precio a pagar por su servicio a Jesucristo y a su Iglesia. Estos ungidos hombres de Dios, al igual que larga lista de héroes de la fe, experimentaron “vituperios y azotes, y a más de esto prisiones y cárceles. Fueron apedreados, aserrados, puestos a prueba, muertos a filo de espada” (Hebreos 11:36-37). ¡Estos sí fueron verdaderos protestantes, valientes testigos del Evangelio, hombres “irreprensibles y sencillos, hijos de Dios sin mancha en medio de una generación maligna y perversa, en medio de la cual (resplandecieron) como luminares en el mundo; asidos de la palabra de vida” (Filip. 2:15-16).

En nuestra España de hoy todavía podemos encontrar ciertos núcleos de genuinos protestantes, dignos herederos de aquellos que no estimaron sus vidas con tal de agradar a aquel que los tomó por soldados; hombres que se sienten orgullosos de llamarse cristianos, y por añadidura protestantes. ¡Estos sí son llamados a portar con honra la bandera del protestantismo reformado en nuestro país, siendo merecedores de ostentar tan reputado título. A los burdos imitadores se les descubre fácilmente su mentira: basta con enfrentarlos a la Palabra de Dios!

                                                                                                 (Jesús Mª Vázquez Moreno)

 

 

La doctrina bíblica de la inhabilidad del hombre sin Dios

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En la mayor parte de nuestro contexto evangélico actual prevalece una falsa interpretación de la doctrina bíblica de la inhabilidad total del hombre para escoger la salvación.

Esta tendenciosa posición está dañando gravemente los fundamentos bíblicos de la enseñanza soteriológica de la Iglesia. La defensa de la libre capacidad humana para decidir su futuro espiritual es incompatible con la condición de muerte espiritual en la que se encuentra todo ser humano, según la Biblia. Conviene señalar, que este erróneo concepto no procede de tiempos recientes, sino que ya era sustentado por el hereje Pelagio en el pasado (siglos IV y V d.C.) , siendo más adelante Jacobo Arminio (siglo XVI), el principal defensor y propulsor de tan dañina herejía que les alinea con el engaño de Satanás: “Entonces la serpiente dijo a la mujer: No moriréis” (Génesis 3:4). Frente a esta espúrea posición, encontramos que el apóstol Pablo, Agustín de Hipona y el propio Juan Calvino, -aparte de muchos y prestigiosos teólogos más cercanos a nosotros como Carlos H. Spurgeon o Martyn Lloyd-Jones- defienden la firme declaración bíblica que establece, sin lugar a dudas, que toda la humanidad pecó en Adán, siéndole imputada la consecuencia de la caída: “...mas del árbol de la ciencia del bien y del mal no comerás; porque el día que de él comieres, ciertamente morirás(Génesis 2:17). Pablo, en su carta a los Romanos hace una declaración indubitable: “Porque la paga del pecado es muerte, mas la dádiva de Dios es vida eterna en Cristo Jesús Señor nuestro” (Romanos 6:23). De igual manera, Efesios asevera tan trascendente posición bíblica: “Y él os dio vida a vosotros, cuando estabais muertos  en vuestros delitos y pecados” (Efesios 2:1).

 

Por consiguiente, la naturaleza caída del hombre, su muerte espiritual, le incapacita para poder ver y entender las cosas de Dios. Su corazón está cerrado ante la oferta de amor proveniente de Dios, siendo su voluntad esclava del pecado y su entendimiento dominado por las tinieblas del maligno, andando “conforme al príncipe de la potestad del aire” (Efesios 2:2-3). Para Dios, en boca de Pablo, “el hombre natural no percibe las cosas que son del Espíritu de Dios, porque para él son locura, y no las puede entender, porque se han de discernir espiritualmente” (1ª Corintios 2:14). Evidentemente, el hombre en su estado natural no puede escoger lo espiritual, sino aquello que conforma su inevitable condición: lo carnal contrario a la naturaleza de Dios, ya que su mente y su corazón están pervertidos por el pecado. Su naturaleza no regenerada le mantiene inexorablemente alejado de Dios. El hombre, en ese estado, es inhábil para poder encontrar la salvación de su alma, ya que ésta es solo por gracia, tal como declara la Palabra: “Por gracia sois salvos por medio de la fe; y esto no de vosotros, pues es don de Dios; no por obras, para que nadie se gloríe” (Efesios 2:8-9).

 

Una antigua confesión de fe expresa tal verdad de forma indiscutible: “La justificación es un acto libre de la gracia divina, en virtud de la cual Dios perdona todos nuestros pecados, y nos acepta como justos mediante la justicia de Cristo imputada a nosotros y recibida por fe”. Entendemos, pues, que solo Dios, por su soberana gracia y poder, puede dar la vida que el hombre necesita: “Porque como el Padre levanta a los muertos, y les da vida, así también el Hijo a los que quiere da vida” (Juan 5:21). Toda habilidad humana, todo "libre" albedrío, se derrumba impotente ante la dramática situación del hombre sin vida, sin Dios: solo Él tiene poder y autoridad para impartir la vida, derramando fe en el corazón insensible a la luz divina. Él declaró solemnemente: “El ladrón no viene sino para hurtar y matar y destruir; yo he venido para que tengan vida, y para que la tengan en abundancia" (Juan 10:10).

(Texto: Jesús Mª Vázquez Moreno/Ilustración: "Resurrección de Lázaro", de Vincent van Gogh)

"Amados, ahora somos hijos de Dios, y aún no se ha manifestado lo que hemos de ser; pero sabemos que cuando él se manifieste, seremos semejantes a él, porque le veremos tal como él es" (1ª Juan 3:2)

 

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   Solo la Fe

  Solo la Gracia

  Solo Cristo

  Solo la Escritura

  Solo a Dios gloria 

         Las tribulaciones del cristiano

"El sufrimiento, en cualquiera de sus formas, enfermedad, pérdida de bienes, muerte de seres queridos, adversida-des, desengaños, etc., siempre es aprovechado por el diablo para hacer su obra. Como hemos mencionado antes, la aflicción es terreno abonado para la duda. Y cuando el adversario no consigue sembrar la duda trata de hundir al creyente en el abatimiento y la desespera-ción, reduciéndolo así a la impotencia espiritual.

 

¿Por qué permite Dios el sufrimiento de sus hijos? ( . . .) En algunos casos  Dios permite que suframos a causa de nuestros pecados. No es que en tal caso el sufrimiento tenga  como objeto expiar la culpa, pues esto lo hizo Cristo por todos nuestros pecados.  Se trata de un castigo con carácter disciplinario a fin de corregirnos y santificarnos. Es magistral la enseñanza que a este respecto encontramos en Hebreos 12:7-13 donde se comenta un antiguo proverbio: "Hijo mío, no menosprecies el castigo del Señor ni desmayes cuando eres de El reprendido, porque el Señor al que ama castiga y azota a cualquiera que recibe por hijo" (Heb. 12:5,6; Prov. 3:11,12) ."                                (José M. Martínez)           

     El ineludible juicio final de Dios

Existe un día grande del que muy a menudo se habla en la Escritura: es el día del juicio, el día en que Dios juzgará lo oculto de los corazones de los hombres por el Señor Jesucristo.

 

Toda alma no cristiana no podrá mante-nerse en el día del juicio. Los impíos no permanecerán en el día del juicio. Actualmente, los pecadores son muy atrevidos y desvergonzados; su cuello se mantiene erguido como si su nervio fuese de hierro, y su frente parece de duro metal.

 

La mayoría de ellos no se avergüenzan cuando son sorprendidos en pecado. Hablando entre nosotros, ¿no es extraordinaria la osadía con que los pecadores participan muchas veces de los actos religiosos, con hipocresía, como si realmente sintiesen lo que no sienten? ¡Con qué desfachatez y sarcasmo juran  a veces y hacen sus votos! ¡Con cuánta osadía algunos impíos se acercan a la mesa del Señor! Ah, pero ello durará solo muy poco tiempo.  Cuando aparecerá el Señor Jesús, el Santo Jesús en toda su gloria, entonces los pecadores, de rostro endurecido por la desvergüenza, serán humillados. . .

Muchos impíos se consuelan ahora pensando que su pecado no es conocido, que ningún ojo humano les ha visto; pero en aquel día los más secretos e íntimos pecados de cada uno serán sacados y llevados a la luz. . .

 

¡Cómo debierais temblar y caer cubiertos de vergüenza, oh hombres impíos que os introducís hipócrita-mente en las congregaciones!

                       (Roberto M. McCheyne)