Registrada en el Ministerio de Justicia en 1.993. Miembro de la F.E.R.E.D.E. y del C.E.A.A.

       

          "¿NO PODRÉ YO HACER DE VOSOTROS COMO ESTE                        ALFARERO, OH CASA DE ISRAEL? DICE JEHOVÁ.

       HE AQUÍ QUE COMO EL BARRO EN LA MANO DEL                          ALFARERO, ASÍ SOIS VOSOTROS EN MI MANO"

                                   (Jeremías 18:6)

Materialismo y necedad del hombre de ayer y de hoy

"La heredad de un hombre había producido mucho. Y él pensaba dentro de sí, diciendo: ¿Qué haré, porque no tengo donde guardar mis frutos? Y dijo: Esto haré, derribaré mis graneros, y los edificaré mayores, y allí guardaré mis frutos y mis bienes; y diré a mi alma: Alma, muchos bienes tienes guardados para muchos años; repósate, come,bebe, regocíjate. Pero Dios le dijo: Necio, esta noche vienen a pedirte tu alma; y lo que has provisto, ¿de quién será? Así es el que hace para sí tesoro, y no es rico para con Dios"  (Lucas 12:16-21)

 

El hombre de nuestros días --como el de siempre-- sólo vive, desgraciadamente, con el insolidario propósito de construir "graneros", imaginarios unos y reales otros, tal como muestra esta parábola del rico insensato. Todo ser humano trata -de una forma u otra, lícita o ilicitamente- de construirse una seguridad a base de elementos del mundo: ahorros "para el mañana", seguros que le aporte una sólida cobertura, acumulación de bienes materiales, etc.; y todo a costa de sacrificar en el altar de su insaciable codicia  y egoísmo las irrenunciables necesidades de sus prójimos.

 

Pero esta falsa seguridad, esta riqueza efímera, no pueden satisfacer la necesidad interior del alma humana. Las cosas , por muy valiosas, abundantes o bellas que sean no consiguen, en manera alguna, llenar el vacío que todo hombre arrastra con relación a su Creador. En su terca obstinación ante la demanda amorosa de Dios, cierra sus oídos una y otra vez, llegando a cuestionar no sólo su mensaje de vida, sino la propia existencia de la Divinidad y su necesidad para el mundo.

 

Al mismo tiempo, en su engañosa felicidad o seguridad, pierde de vista la brevedad de su propia existencia sobre la tierra, llegando a decir con soberbia: "Alma, muchos bienes tienes guardados para muchos años" (Lucas 12:19). Evidentemente, en su desvarío, se ha entronizado como su propio "dios", al igual que hizo el orgulloso rey Nabucodonosor: "¿No es ésta la gran Babilonia que yo edifiqué para casa real con la fuerza de mi poder, y para gloria de mi majestad?" (Daniel 4:30). La respuesta de Jehová no tardó en llegar desde el cielo: "El reino ha sido quitado de ti; y de entre los hombres te arrojarán, y con las bestias del campo será tu habitación, y como a los bueyes te apacentarán" (v.32). De igual manera, aunque con otras palabras , Dios respondió en la parábola de referencia al hombre necio que confió en sus inestables riquezas en lugar del Dios Altísimo.

 

Dios no está en contra de que sus hijos disfruten de los bienes que Él hace abundar sobre la tierra, sino de la codicia y el afán desmesurado del hombre por acapararlos para sí egoístamente. Si hacemos caso del Evangelio, nos daremos cuenta de que los creyentes estamos llamados a ser desprendidos y generosos con nuestro prójimo, no a atesorar bienes de este mundo. Bien que lo recomendó el Maestro: "No os hagáis tesoros en la tierra, donde la polilla y el orín corrompen, y donde ladrones minan y hurtan; sino haceros tesoros en el cielo, donde ni la polilla ni el orín corrompen, y donde ladrones no minan ni hurtan" (Mateo 6:19-20). ¡Cuidado, hermanos, "Porque donde esté vuestro tesoro, allí estará también vuestro corazón" (v. 21)!   (Texto: Jesús Mª Vázquez Moreno/ Ilustración: "La sopa de los pobres", de Giudici  Reynaldo)                       

 

 

La realidad de nuestra condición cristiana

 

"Por extraño que parezca, a veces los extremos se tocan: el pecador de conciencia empedernida y el creyente eminentemente santo, en un aspecto se parecen: ninguno de ellos se percata realmente de su condición propia. El uno no descubre su propio pecado; el otro no descubre su propia gracia. ¿Pero aún así no diremos nada a estos cristianos que crecen? ¿Tenemos alguna palabra de consuelo que podamos dirigirles? La suma y sustancia de todo lo que podemos decirles se encuentra en dos palabras: ¡Adelante! ¡Continuad!

 

Nunca podremos tener demasiada humildad, ni demasiada fe en Cristo, ni demasiada santidad, ni una mente demasiado espiritual, ni demasiada caridad, ni demasiado celo para hacer bien a los demás. Por consiguiente, olvidémonos continuamente de las cosas que quedan atrás, y extendámonos a lo que está delante (Filipenses 3:13). Aún el mejor de los creyentes, en todas estas cosas, está a un nivel infinitamente inferior al ejemplo y modelo de vida del Maestro. Desechemos como vana y superflua aquella noción tan común de que podemos ir "demasiado lejos" en la profesión cristiana. Esta es una de las mentiras favoritas del diablo y que hace circular a granel. No hay duda de que hay fanáticos y entusiastas en los círculos cristianos que, con sus extravagancias y locuras son motivo de desgracia y hacen que la gente del mundo se forme un concepto equivocado dela fe cristiana.. Pero sería una locura e impiedad decir que una persona puede ser demasiado humilde, demasiado caritativo, demasiado santa, demasiado celosa para hacer bien a los demás. Como esclavos del placer y del dinero, la gente puede ir demasiado lejos; pero en las cosas del Evangelio, y en el servicio de Cristo no se conocen extremos.

 

No evaluemos ni midamos nuestra profesión de fe comparándola con la de los otros; ni pensemos que "ya vamos bien" por el hecho de que hemos avanzado más que nuestros vecinos. Esta es otra trampa del diablo. No miremos a los demás; preocupémonos de lo nuestro. "¿Qué a ti?" --dijo el Maestro en cierta ocasión, "Sígueme tú" (Juan 21:22). Sigamos adelante, y hagamos de Cristo nuestro ejemplo y modelo. Sigamos adelante, y recordemos que aún en nuestros mejores momentos espirituales, no somos más que pecadores. Aún estando en la cima de nuestra profesión, somos pecadores. Siempre hay posibilidad de más perfeccionamiento y progreso en nosotros, y hasta el mismo fin de nuestras vidas seremos deudores de la misericordia y la gracia de Cristo. Dejemos ya, pues, de una vez, eso de mirar a los demás y de compararnos con otros creyentes; demasiado trabajo tendremos con sólo mirar a nuestros corazones."

                                                                                                                  (Juan Carlos Ryle)

 

 

EL GRAN DAÑO  DE LOS DESEOS  PARA EL ALMA

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De las cosas que el mundo nos ofrece con preocupante insistencia, muy pocas de ellas deben ser objeto de nuestros deseos.

Cuanto más deseamos, más somos captados y atrapados en la trampa de nuestros propios deseos satisfechos o no. Según la Palabra de Dios, en boca del apóstol Pablo, los malos deseos y la avaricia es idolatría, un grave pecado al que hay que hacer morir sin más dilación ni contemporización (Colosenses 3:5).

 

El desenfreno de nuestros deseos es una verdadera y sutil trampa que nos atrapa y manipula sin ninguna clase de piedad. Es una engañosa esclavitud que anula la capacidad volitiva del hombre.

¡Cuánto más se desea en esta vida, más y más somos dominados por estos deseos! Esto produce en el corazón del hombre un incontenible temor: el de vivir en una permanente infelicidad si no se satisfacen estas indomables apetencias. El gran peligro radica substancialmente no en la satisfacción de esos deseos, sino en el temor de perder la paz del alma si no se satisfacen.

 

Ante este peligro que acecha cada día nuestro corazón, podemos y debemos hacer tres cosas de manera radical: La primera, sobre todo, buscar en el Señor los verdaderos deseos que nuestra alma anhela, y no mirar ni amar las cosas que están en el mundo, tal como nos aconseja el Señor en su Palabra (1ª Juan 2:15-17). En segundo lugar, no proveer para los deseos de la carne, osea, evitar con firmeza toda ocasión que produzca el despertar de los deseos contrarios a la voluntad santa de Dios (Romanos 13:14). Por último, no conformarnos, como hijos obedientes, con los deseos que antes, en nuestra vida de muerte espiritual e ignorancia teníamos (1ª Pedro 1:14). Para ello, debemos humillar nuestro corazón delante del Señor, y exclamar con confianza y libertad: "Señor, delante de ti están todos mis deseos," (Salmo 38:9). También: "¿A quién tengo yo en los cielos sino a ti? Y fuera de ti nada deseo en la tierra" (Salmo 73: 25).                               

  (Texto: Jesús Mª Vázquez Moreno/ Ilustración: Obra de Lionello Spada)

"No temas delante de ellos, porque contigo estoy para librarte, dice Jehová. Y pelearán contra ti, pero no te vencerán; porque yo estoy contigo, dice Jehová, para librarte" (Jeremías 1:8, 19)

 

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               IMPORTANCIA DE LA PACIENCIA EN LA VIDA CRISTIANA

"No perdáis, pues, vuestra confianza, que tiene grande galardón; porque nos es necesaria la paciencia, para que habiendo hecho la voluntad de Dios, obtengáis la promesa"  (Hebreos 10:35-36) .

"El escritor de Hebreos afirma que la paciencia es necesaria, no sólo porque tenemos que soportar hasta el fin, sino porque Satanás tiene innumerables ardides con los cuales nos acosa; y de aquí que si no tenemos una paciencia extraordinaria, nos derrotará una y mil veces antes de que podamos llegar siquiera a la mitad de nuestra jornada.

 

La herencia de la vida eterna está segura, mas como la vida es una carrera, debemos seguir adelante hacia el blanco. Pero en nuestro camino hay muchos obstáculos y dificultades, que no únicamente nos detienen, sino que también pararían nuestros pasos, si no tuviéramos gran firmeza mental para sortearlos. Satanás mañosamente sugiere toda clase de dificultades para desanimarnos. En suma , los cristianos jamás avanzarán dos pasos sin desmayar, a no ser que les sostenga la paciencia. Esta, pues, es la única forma por la cual podemos avanzar con firmeza y constancia; pues no podremos obedecer a Dios de otra manera, ni disfrutar de la herencia prometida, la cual es llamada aquí metonímicamente, la promesa."

                             (Juan CALVINO)

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"Por tanto, nosotros también, teniendo en derredor nuestro tan grande nube de testigos, despojémonos de todo peso y del pecado que nos asedia, y corramos con paciencia la carrera que tenemos por delante, puestos los ojos en Jesús, el autor y consumador de la fe"  (Hebreos 12:1-2)

El cristiano está llamado a ser espectáculo para el mundo impío

"Porque según pienso, Dios nos ha exhibido a nosotros, los apóstoles como postreros, como a sentenciados a muerte; pues hemos llegado a ser

espectáculo al mundo, a los ángeles y a los hombres" (1ª Corintios 4:9)

El apóstol Pablo, a través de estas palabras describe, con extrema crudeza y realidad, las duras circunstancias por las que han de atravesar aquellos fieles y abnegados servidores del Evangelio que están siendo destinados a las más crueles sentencias por causa de su inquebrantable fe en Jesucristo. 

Desde su llamamiento, son conscientes de que están destinados a la muerte, expuestos a las insaciables fieras que les esperaban en esos sórdidos espectáculos de sangre y muerte. Por este motivo,  se dirige a los tibios e indolentes miembros de la iglesia de Corinto --hombres llenos de una vacía autoestimación que les hacía menospreciar a los propios apóstoles que les anunciaron el Evangelio de salvación--con el fin de mostrarles cuánto sufren por causa de su entrega a ellos y al Señor.

 

Nosotros, aquellos que hemos sido objeto de la gracia salvadora de Cristo, contemplando ésta vívida descripción de los trabajos, sufrimientos y humillaciones del apóstol y sus compañeros de ministerio, no podemos sentirnos ajenos como si de algo extraño se tratase. Todos nosotros, tenemos una gran deuda de gratitud con aquellos que --a costa de sacrificar sus vidas, familias y haciendas-- nos predicaron el  poderoso Evangelio de Jesucristo, llegando a sufrir en ocasiones el más ultrajante desprecio y rechazo. 

 

Ellos, sin tener en cuenta su propia seguridad y estimación,combatieron con el poder de la Palabra nuestro errores, idolatrías, supersticiones, blasfemias y malos tratamientos. Ante este firme testimonio de fe, la pregunta sería: ¿Estamos nosotros comprometidos con Cristo hasta este punto de entrega y obediencia por amor a las almas?"                         (Jesús Mª Vázquez Moreno)