Tesoros diarios para el alma necesitada.
Día 22 de septiembre
“Conoció Adán a su mujer Eva, la cual concibió y dio a luz a Caín...después dio a luz a su hermano Abel”(Génesis 4:1-2).
Crecí en un hogar donde continuamente viví siendo comparado con mi hermano mayor en todo. Ahora, pasado el tiempo, y con una evidente experiencia acumulada, comprendo que esto no es bueno ni conveniente para el desarrollo personal de cualquier niño, tanto en la vida del que es obligado a imitar al hermano de referencia como para el que es objeto de esta privilegiada posición. Es innegable, que ambos crecen con unas connotaciones familiares preconcebidas de antemano, lo que produce diferencias no deseables en el ámbito familiar. Posiblemente, muchos de vosotros habéis sido testigos de estas palabras en labios de un padre determinado: “¿Por qué no eres como tu hermano? ¡Ojalá fueras como él! ¡Grave error educativo el de estos padres que utilizan como ejemplo a un hermano para corrección de otro! ¡Cuántos hermanos han vivido separados, sin comunión entre ellos, por causa de esta distancia comparativa establecida por los mismos padres!
Encontramos en la Biblia un ejemplo que ilustra esta aseveración: es el caso de Esaú y Jacob, dos gemelos que mostraron grandes diferencias desde su nacimiento: “ Y crecieron los niños, y Esaú fue diestro en la caza, hombre del campo; pero Jacob era varón quieto, que habitaba en tiendas. Y amó Isaac a Esaú, porque comía de su caza; mas Rebeca amaba a Jacob” (Génesis 25:27-28). La diferencia entre ambos era evidente, al igual que entre los padres: La astucia de Jacob, “el suplantador”, para ganar la primogenitura que pertenecía por nacimiento a Esaú, le llevó a conseguirla por un precio ínfimo: un plato de lentejas, pan y vino. En tal maniobra colaboró, de forma inconsciente e irresponsable, el propio Esaú: “Dijo Esaú: He aquí yo me voy a morir; ¿para qué, pues, me servirá la primogenitura?...Así menospreció Esaú la primogenitura” (Génesis 25:32-34). Más adelante, nos asombramos al ver como Rebeca, con artimañas y engaños no propias de una madre íntegra y justa, induce a su hijo Jacob a robarle a su propio hermano la irrevocable bendición paterna. Dolorosa experiencia que sirvió para romper la familia para siempre.
Amado hermano, al igual que ocurre en la familia natural, el pueblo de Dios está formado por miembros que han nacido del mismo Padre, formando una familia espiritual indivisible. Mientras que en las relaciones naturales ocurren cosas como las descritas anteriormente, en la familia de Dios debe imperar la unidad en el amor. Jesucristo ora al Padre para que esta unidad en el Dios Trino sea una realidad visible y gloriosa ante el mundo (Juan 17:20-23). Nosotros, según la Palabra, estamos llamados a “guardar la unidad del Espíritu en el vínculo de la paz” (Efesios 4:3). Si atendemos el siguiente texto joánico, asumiremos más fácilmente la importancia del amor entre los hermanos en Cristo: “El que dice que está en la luz, y aborrece a su hermano, está todavía en tinieblas” (1ª Juan 2:9). “Y nosotros tenemos este mandamiento de él: El que ama a Dios, ame también a su hermano” (1ª Juan 4:21). ¿Amas a tu hermano de palabra o de hecho y en verdad? ¿Huyes de aquellas intrigas que no agradan a Dios?
(J. Mª V. M.)
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Día 23 de septiembre
“Entonces mandó el rey...que sacasen del templo de Jehová todos los utensilios que habían sido hechos para Baal...y los quemó fuera de Jerusalén “ (2ºReyes 23:4-16).
Es parte de nuestra cultura latina el guardar en nuestras casas todo aquello que ya no nos sirve pensando -entiendo que erróneamente-, que más adelante puede sernos de utilidad. No llego a comprender, cómo algo que demuestra su inutilidad, puede servirnos en el futuro. Posiblemente, todos hemos heredado parte del pensamiento de la posguerra, cuando las cosas se guardaban "por si acaso". O, tal vez, todos tengamos algo del “síndrome de Diógenes”, aquel que se caracteriza, principalmente, por un afán acumulativo de grandes cantidades de deshechos materiales en las casas. La verdad, es que vivimos rodeados de cosas que ocupan, inútilmente, un lugar en nuestra vida cotidiana, en menoscabo de aquellas que realmente sí deben de importarnos. Nos falta la determinación necesaria para desechar aquello que nos entorpece y condiciona negativamente adquiriendo, de esta forma, un protagonismo que no merece. En cierta manera, podemos considerarlo como “la dictadura del pasado”.
Esto mismo ocurre en la vida espiritual. Muchos cristianos sienten nostalgia por aquellas cosas heredadas del pasado, tales como imágenes, festividades católicas, primeras comuniones, bautizos, etc., y les cuesta desprenderse de ellas, a pesar de las continuas advertencias del Señor por medio de su Palabra (Hebreos 4:8-9). En el texto inicial, encontramos al piadoso rey Josías, hijo del rey Amón (el cual “hizo lo malo ante los ojos de Jehová” 2º Reyes 21:20), restaurando el templo agrietado, entronizando la Palabra abandonada en su lugar, confirmando el pacto de Dios y purificando la casa de Jehová de imágenes impías y de utensilios contaminados que su padre había introducido en el Templo, las cuales fueron quemadas sin contemplaciones (2º Reyes 23:4-16). Entonces, sólo entonces, se podría celebrar la Pascua del Señor en ese lugar purificado y santificado (vers. 21-22).
Amado hermano, la Palabra nos confirma que somos “templo del Espíritu Santo”, el cual está en nosotros (1ª Corintios 6:19); pero también nos interpela: "¿Qué acuerdo hay entre el templo de Dios y los ídolos?" (2ª Corintios 6:16). Más adelante, exhorta: “...limpiémonos de toda contaminación de carne y de espíritu, perfeccionando la santidad en el temor de Dios” (7:1). "Limpiaos, pues, de la vieja levadura, para que seáis nueva masa, sin levadura como sois" (1ª Corintios 5:7) En tu confiada dejadez, posiblemente estés olvidando que “la noche está avanzada, y se acerca el día" (Romanos 13:12) . Por ello, todo aquel que tiene la esperanza de ver a Jesús “tal como él es...se purifica a sí mismo, así como él es puro”(1ª Juan 3:2-3). ¿Te has decidido, como el rey Josías, a arrojar al fuego aquellas cosas contaminadas, inútiles, que tienes guardadas en tu corazón? ¡Hadlo ahora mismo en el nombre de Jesucristo !
¡Pero cuántas cosas eran para mí ganancia,
las he estimado como pérdida por amor de Cristo"
(Filipenses 3:7)
(J. Mª V. M)
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