La vida cristiana: ¿Aventura o  carrera?

 

La verdad es que nunca ha sido fácil ser cristiano. Más aun, es humanamente imposible. La conversión es un milagro que requiere el mismo poder que Dios ejercitó al resucitar a Jesucristo de entre los muertos. La misma vida cristiana no se podría vivir si no fuese porque el que comenzó en nosotros la buena obra , “la perfeccionará hasta el día de Jesucristo” (Filipenses 1:6).

Sin embargo, las cosas parecen ponerse hoy más dificiles aún. El mundo actual es más “mundo” que nunca: sus libertades son mayores; sus tentaciones, más fuertes; su influencia, más poderosa; su secularismo, más descarado. Si bien nunca hubo nada en el mundo que nos indujera a ser cristianos, lo cierto es que ahora todo parece militar en contra de que lo seamos. En vista de esto, quizá no resulte exagerado decir que, si bien todas las conversiones han tenido siempre un gran valor, las conversiones en nuestro tiempo tienen un valor doble.

 

El peligro de la influencia y de la visión humana.

Por otra parte, sin embargo, no debemos dejarnos influir excesivamente por la óptica humana en estos asuntos. Porque ni Dios ni su poder han cambiado, ni la naturaleza esencial del hombre ha cambiado tampoco. Los que sí están cambiando son los cristianos, que paulatinamente están perdiendo su fe en un Dios todopoderoso y soberano, para ponerla en sus propios métodos, sus estrategias y su humana sabiduría.

Un claro exponente de lo que decimos lo tenemos en el cambio de enfoque que se está dando a la vida cristiana, Cristo enseñó (y siempre se ha predicado): “Si alguno quiere venir en pos de mí, niéguese a sí mismo, y tome su cruz, y sígame” (Mateo 16:24). Pero hoy se anuncia (por citar lo que dicen algunos folletos): Dios te ama, y tiene un plan maravilloso para tu vida”. Y no es que esto no sea cierto, pero lo que no se aclara es que este “plan maravilloso” incluye pruebas y tribulaciones, y que “todos los que quieran vivir piadosamente en Cristo Jesús padecerán persecución (2ª Timoteo 3:12). Por supuesto que esto no resulta muy atractivo, y no es probable que provoque muchas “decisiones” por Cristo, resulta más conveniente omitirlo en la oferta.

 

¡Cuidado con el evangelio que hoy predican muchas iglesias!

El evangelio que hoy se predica en muchas iglesias y campañas “de poder y milagros”, presenta la vida cristiana como una maravillosa aventura que nada tiene que envidiar a las emociones más fuertes que pueda ofrecer el mundo (y, por supuesto, las agencias de viajes). En lugar de la frustración, la monotonía y los problemas de la vida cotidiana, se ofrece un paraíso de felicidad y satisfacción aquí en la tierra, así como una prosperidad sin límites. El problema es que, por tratarse de verdades a medias, los convertidos bajo el sonido de este evangelio están abocados a la decepción al afrontar las duras realidades que conlleva la vida cristiana real y verdadera.

Influidos por este tipo de enseñanza, algunos cristianos se dedican a vivir de dudosas“experiencias”, y cuanto más emocionantes, mejor. Si no experimentan sueños, visiones, milagros, acontecimientos extraordinarios o emociones fuertes, parece como si la vida cristiana no tuviera sentido para ellos.

 

El concepto apostólico de la vida cristiana.

El apóstol Pablo tenía un concepto muy distinto de la vida cristiana: “Pero de ninguna hago caso, ni estimo preciosa mi vida para mí mismo, con tal que acabe mi carrera con gozo, y el ministerio que recibí del Señor Jesús, para dar testimonio del evangelio de la gracia de Dios” (Hechos 20:24). Su bienestar e intereses personales eran secundarios para él: lo importante era servir a Dios, aunque ello significara “prisiones y tribulaciones” (v.23).

La visión de la vida cristiana como una carrera no resulta agradable a la carne. Entraña disciplina, abnegación, perseverancia y sacrificio, que sólo se verán plenamente compensados al alcanzar la meta. Es por eso que en nuestras iglesias hay más “aventureros” que “corredores”. Es fácil encontrar creyentes que participen en programas especiales, actividades musicales o teatrales (payasos incluídos), proyecciones de películas cristianas , excursiones de iglesias, etc. Pero ¿dónde están los cristianos consagrados que asisten con regularidad y puntualidad a los cultos, que apoyan la reunión de oración, que evangelizan, que dan generosamente tiempo y dinero a la obra? Esto no resulta muy “atractivo” ni “emocionante”, pero es el verdadero termómetro de la temperatura espiritual del creyente y la iglesia.

 

Querido hermano, no entiendas mal lo que has leído. Por supuesto que la vida cristiana es maravillosa y emocionante, Es, en realidad, la única vida que merece la pena vivirse. Pero no nos engañemos: es también una vida dura y difícil. Gracias a Dios, sin embargo, que no es la vida absurda y estéril del asceta contemplativo, sino una gozosa carrera hacia el “premio del supremo llamamiento de Dios en Cristo Jesús” (Filipenses 3:14).

 

(D.C.M.)

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"Toda la Escritura es inspirada por Dios, y útil para enseñar, para redargüir, para corregir, para instruir en justicia" (2ª Timoteo 3:16)

   Solo la Fe

  Solo la Gracia

  Solo Cristo

  Solo la Escritura

  Solo a Dios gloria 

    Habiendo recibido misericordia,

              sé misericordioso

"El Señor espera que trates a los demás de la misma manera que Él te ha tratado a ti. No te pide un comporta-miento conforme a la justicia. Él espera que no pidas justicia a los otros. El Señor te perdona tu deuda de acuerdo a la misericordia. En la medida en que Él te ha dado a ti, Él quiere que tú des a los otros.Él te ha dado mucho, de muchas formas y en abundancia; Él quiere que tú hagas lo mismo. Al igual que Él te trata a ti, tú debes tratar a tu hermano.

Es reprobable a la vista de Dios que la persona perdonada no muestre perdón. Nada puede ser más el que la persona perdonada no perdone; que el que haya recibido misericordia no se muestre misericordioso, y el que haya recibido gracia no dé muestras de gracia.  Debemos aprender ante Dios a tratar a los otros conforme al modo en que Él nos ha tratado. Dejemos que lo que nos ha sido concedido nos haga humildes de modo que tratemos a los otros según este mismo principio.

(...) El principio que debe regir la comu-nión de los creyentes es la gracia. No es que tu compañero no te deba nada; pero si le metes en la cárcel, el Señor inmediatamente te meterá a ti en la cárcel. Su deuda es de veras, pero la tuya también." 

(Tomado de "Consejos para una vida santa", de Watchman Nee)

 La gracia, favor inmerecido de Dios

La gracia, al ser un favor inmerecido, ha de ser concedida de una manera soberana. Por ello, declara el Señor: "Tendré miseri-cordia del que tenga misericordia" (Éxodo 33:19). Si Dios mostrara su gracia para con todos los descendientes de Adán, estos llegarían enseguida a la conclusión de que Dios estaba obligado a llevarles al Cielo como compensación por haber permitido que la raza humana cayera en pecado. Pero el gran Dios no está obligado para con ninguna de sus criaturas, y mucho menos con las que le son rebeldes.

La vida eterna es una dádiva y, por tanto, no puede conseguirse por las obras, ni reclamarse como un derecho. Si, pues, la salvación es una dádiva, ¿quién tiene derecho alguno para decir a Dios a quién debería concederla? Y no es que el bendito Dador niegue este don a quien lo busca con todo el corazón, y según las reglas que Él ha prescrito. No.  La gracia divina es el favor inmerecido y salvador de Dios, ejercido en la concesión de bendiciones a los que no tienen mérito propio, y por los cuales no se les exige compensación alguna ."

(Por Arthur W. Pink. Tomado de la revista "Nueva Reforma")